Resulta escandaloso el modo en que progres trasnochados y sectores del más rancio conservadurismo español se dan la mano en unánime repulsa a cualquier intento de ampliar nuestra esfera de consideración moral a los animales no humanos. Así suele suceder cuando de acabar con la barbarie en las plazas de toros se trata. Unos abanderan esa reconsabida majadería del €œprohibido prohibir€, reivindicando el supuesto carácter emancipatorio del arte; los otros, el inmovilismo social más acérrimo. Da ganas de llorar comprobar que la vieja fórmula del €œpan y circo€ de los romanos sigue teniendo vigencia en sociedades supuestamente civilizadas como la nuestra.
Pero aquí no acaba la cosa. En una especie de frente de defensa de un malentendido y beligerante humanismo, son muchos quienes han puesto el grito en el cielo ante la proposición no de ley del grupo socialista en el Congreso sobre los derechos de los simios. Se preguntaba esa cabeza pensante que es Ana Rosa Quintana, en su programa matinal, si ahora los humanos íbamos a tener que hacer cola junto a chimpancés y orangutanes en los colegios electorales. Bendita inocencia la de esta señora. Porque, de no ser inocencia el origen esa confusión sobre el auténtico significado de este proyecto, sólo podría ser un nivel de ignorancia impropio de una de las periodistas mejor pagadas de España o, lo que es peor, puritita maldad.
Para entender los postulados del Proyecto Gran Simio, en el que está inspirada la iniciativa socialista, no es necesario ser filósofo. Basta con disponer de una cabeza mínimamente amueblada y, sobretodo, con tener la voluntad de entender. Sin la existencia de personas desprejuiciadas que hayan puesto en tela de juicio las injustificadas preconcepciones en que se basa buena parte de la cultura de cada época, el progreso social jamás hubiera sido posible. Los negros seguirían siendo esclavos de los blancos; las mujeres, las criadas y las siervas sexuales de los hombres; y los homosexuales seguirían asfixiándose en armarios cerrados con doble llave.
Dicho proyecto, presidido por el prestigioso filósofo australiano de la moral Peter Singer, trabaja por la supresión de la categoría de €œpropiedad€ que ahora tienen los antropoides no-humanos, y por la inclusión de éstos en la categoría de personas, otorgándoles la protección moral y legal de la que, actualmente, sólo gozan los seres humanos. Se trata de incluir a los grandes simios en nuestra comunidad de iguales. Pero la igualdad que se defiende no es una forma de identidad (sabemos que los seres humanos y los gorilas no son idénticos, como tampoco lo son los hombres y las mujeres, los rusos y los argentinos, los listos y los tontos, Pedro y Juan,...), sino una idea moral, es decir, una norma relativa a cómo debe ser tratado cada individuo en virtud de sus necesidades y de sus capacidades. Porque, en lo esencial, sí somos iguales: en la capacidad de sufrir. Y el sufrimiento no entiende de sexo, de raza, de coeficiente intelectual, ni de especie.
Por eso, por muy loable que sea la iniciativa socialista, resulta incoherente defender derechos fundamentales para los grandes simios y no hacerlo para otros animales no humanos, como los toros, por ejemplo (por no hablar de los cerdos, vacas, etc., a quienes torturamos en infames condiciones de hacinamiento en las granjas industriales, y posteriormente matamos para nuestro deleite gastronómico). Dado que lo moralmente relevante es la capacidad de sufrir, y no el nivel de inteligencia, ¿cómo es que sólo nos parecen dignos de consideración aquellos que piensan o actúan de forma similar a la nuestra, y no aquellos que sufren de idéntico modo?
Porque, si no fuera así, si el valor de una vida no viniese dado por su capacidad para sentir placer y dolor, sino por su destreza para las matemáticas, la poesía, o el pensamiento abstracto €“por su inteligencia, en definitiva-, ¡qué poco valdría la vida de una persona con síndrome de Down, de un demente senil, o incluso de un recién nacido!
Lo que Peter Singer defiende es una redefinición del concepto de persona para poder resolver los dilemas morales a los que nos vemos enfrentados: distingue entre €œser humano€ y €œpersona€, es decir, entre ser €œmiembro de la especie homo sapiens€ (ser humano), y ser €œun ser racional y autoconsciente€ (persona). Esto le lleva a considerar que algunos miembros de otras especies (como los grandes simios) son personas, mientras que algunos miembros de la nuestra (como los seres humanos en estado comatoso, los fetos, o quienes padecen discapacidades intelectuales tan profundas que viven en un estado semi-vegetativo, incapaces de percibir su entorno) no lo son (lo cuál no quiere decir que debamos tomar a la ligera el modo de tratar a estos individuos).
Esta distinción sólo puede resultar ofensiva para quienes defienden el prejuicio especista de que los intereses humanos son intrínsecamente más importantes que los de cualquier miembro de otra especie. Para quienes amamos y respetamos a los demás, no en función de su inteligencia (aunque podamos admirar a quienes la poseen), sino de su vulnerabilidad, no es ninguna afrenta que alguien compare nuestro sufrimiento al de un chimpancé, una gallina, o un caballo, del mismo modo que ningún blanco debería sentirse insultado porque un negro también defienda su derecho a no sufrir y a no ser discriminado injustamente.
El €œ¿cómo se atreven a hacer tales comparaciones?€ debería avergonzar a quien cree que mitigar el sufrimiento, en cualquiera de sus formas, puede alguna vez ser considerado un acto de fascismo (no faltan quienes califican de nazi el pensamiento de Singer y las reivindicaciones del movimiento animalista). Yo creo que lo ignominioso es tener la desfachatez de afirmar que sólo yo, y los que son como yo, sufren. O lo que es peor: que lo único importante del sufrimiento ajeno, es precisamente eso, que es ajeno, y que así, silenciado y lejos de nuestra mirada, debe seguir per secula seculorum.
Alicia Martín Melero
Autor : Alicia Martín Melero
AnimaNaturalis (c) 2008 , http://www.animanaturalis.org/20060501_De-grandes-simios-y-pequenos-hombres