Industria alimentaria, explotación animal y humanismo

Para cualquier persona que lo piense, debe ser obvio que algo falla en las relaciones entre los seres humanos y los animales que dichos seres usan para alimentarse. Lo que fuera incorrecto hace 100 o 150 años ha ido aumentando, como la ganaderí­a clásica que se ha convertido en una industria que emplea métodos industriales de
producción.

Hay otros muchos caminos equivocados en nuestra relación con los animales (por nombrar dos: la industria peletera, la experimentación con animales en laboratorios), pero la industria alimenticia, que transforma animales vivos en lo que eufemí­sticamente se denominan productos animales €“ productos y subproductos de origen animal €“
lo reduce todo al número de vidas animales que afecta de forma individual.

La inmensa mayorí­a de ciudadanos tiene una actitud equivocada respecto al uso  industrial de los animales: ellos usan estos productos, pero nunca sufren ni se sienten aturdidos al pensar lo que sucede en las granjas y en los mataderos. La gente diseña su vida de una manera que necesitan que se les recuerde constantemente las granjas y los mataderos, y también hacen todo lo posible para mantener a sus hijos alejados de la realidad, porque, como bien sabemos, los niños tienen un corazón más tierno y son influenciables.

La transformación de los animales en unidades de producción tiene su origen en los últimos años del siglo XIX, y desde entonces hemos tenido una sensación cada vez  mayor de que hay algo profundamente erróneo respecto a la consideración de los animales como meras unidades de cualquier tipo. El aviso que llegó a mediados del siglo XX fue tan claro y llamativo que fue imposible ignorarlo. Se produjo cuando un grupo de hombres alemanes poderosos y ansiosos de sangre, tuvieron la idea de adaptar los métodos de la industria ganadera, pionera y perfeccionada en Chicago, a la matanza €“ o como prefirieron denominarlo: el proceso €“ de seres humanos. Por supuesto que lloramos horrorizados cuando descubrimos lo que habí­an hecho. Lloramos: ¡que terrible crimen tratar a seres humanos como ganado! ¡si lo hubiéramos sabido antes! Pero nuestro llanto hubiera sido más exacto así­: ¡que terrible crimen tratar a seres humanos como unidades de un proceso industrial! Y ese llanto hubiera debido tener una postdata: que terrible crimen, pensadlo €“ un crimen contra la naturaleza €“ ¡tratar cualquier ser vivo como una unidad en un proceso industrial!

Serí­a un error idealizar el uso de la ganaderí­a tradicional como el estereotipo para producir productos animales: la ganaderí­a tradicional es también bastante brutal, solo un poco menos que la actual. El mejor patrón para juzgar ambas prácticas deberí­a ser simplemente el humanismo: ¿realmente es esto lo mejor de lo que el ser humano
es capaz?

Los esfuerzos del movimiento por los derechos de los animales, el amplio movimiento que se sitúa como una sombra en cualquier lugar entre la aflicción por el bienestar de los animales y el radicalismo de la liberación animal, son bien dirigidos a todas las personas que lo saben o lo desconocen (algo que apesta demasiado) €“ gente que dirá
"si, es terrible la miseria en la que viven estos animales y lo que sufren los terneros", pero entonces ¿por qué con un desvalido encogimiento de sus hombros añaden "¿qué puedo hacer yo?"?

La tarea del movimiento es ofrecer ideas imaginativas y prácticas para que todas las personas realicen una vez tomen consciencia de la vida que viven los animales y la muerte que sufren. La gente necesita ver que hay alternativas al apoyo de la industria animal, que estas alternativas no sacrifican la salud o la nutrición, que no hay razón para que sean costosas, y que además lo que cómodamente denominamos sacrificio, no lo es, ya que  el único sacrificio real del asunto, de hecho, lo produce el propio animal.

Respecto a ello, los niños son nuestra mayor esperanza. Ellos poseen un corazón más tierno, corazones que aún no se han endurecido a través de años de golpes crueles e innaturales. Si se les da la oportunidad, los niños pueden ver más allá de las mentiras con las que la publicidad les bombardea (los felices polluelos que son transformados de forma tortuosa en suculentos nuggets, la sonriente vaca que nos dona la generosidad de su leche). Solo hace falta echar un vistazo a un matadero para convertir a un niño en un vegetariano de por vida.

La industria farmacéutica es un fenómeno nuevo, muy reciente en la historia del uso animal. Las buenas noticias son que después de dos décadas de negocio escondido, libre y en expansión, la industria se ha visto forzada a defenderse. Las actividades de las organizaciones de derechos animales denuncian con sus actos la  responsabilidad de la industria; y como estas prácticas son indefendibles e injustificables, excepto por la mí­nima razón económica (¿quiere pagar $ 1.50 más por una docena de huevos?). La industria está derrumbándose y confiando en que la tormenta desaparezca por sí­ misma. Respecto a la guerra de declaraciones, la industria casi ha perdido la guerra.

Un apunte final. La campaña de los seres humanos por los derechos animales tiene un punto curioso: las criaturas por las que están actuando no son conscientes de lo que están haciendo, y si tienen éxito, no serán capaces de agradecérselo. Los animales aún desconocen lo que está mal. Ciertamente, ellos desconocen lo que está mal de la forma que los seres humanos lo sabemos. Así­, mientras estos bienaventurados benefactores consideren colegas a los animales, la campaña por los derechos  animales representa un proyecto humano desde el principio hasta el final.

Fragmento del discurso pronunciado el 22 de febrero de 2007 en Sydney, en la gala de los premios €œPor los que no tienen Voz€.

J. M. Coetzee fue el ganador del Premio Nobel de Literatura del 2003.

Texto traducido por Patricia Jimenez Sedeño

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