Polémica taurina

Interesante la polémica de Antonio Caballero y Daniel Samper Ospina. El primero, pontí­fice de la fiesta brava; una corrida que no comente Caballero es corrida que no se dio. Daniel Samper Ospina, antitaurófilo, sueña con los toreros ensartados como pinchos.

Caballero defiende la fiesta brava, dice que gracias a ella subsiste el toro de lidia. Recuerda que el hombre es violento por naturaleza y que en la corrida de toros este sublima la violencia, combina el ritual del sacrificio con la alegrí­a del juego entre toro y torero. Samper Ospina rí­e del exorcismo a la muerte, ¿por qué no lo hace con sus tí­as, las zarandea y les clava cuchillos frente a una graderí­a que aúlla y grita?

Caballero escupe como es su costumbre: nadie los está obligando a ir a toros y que asistan los que quieran. Samper Ospina insiste en que se prohí­ban las corridas en donde un señor “medio maricaâ€, vestido de medias rosadas, embutido en un panty forrado de lentejuelas, que camina como si tuviese una arveja donde sabemos, distrae y se distrae sádicamente torturando un toro. La polémica está buena y no ha terminado.

En Colombia las cosas se toman tan a pecho que pronto veremos en las corridas cada quien defendiendo sus argumentos a trompada limpia o a puñal. Confieso que con el tiempo me han venido gustando menos las corridas de toros. Ahora me parece un espectáculo deprimente y bárbaro cuando antes me parecí­a un ritual extrañamente bello.

Con los toros me ha sucedido como con las mujeres a quienes he dejado de amar, no repetirí­a la corrida ni de fundas, pero están ahí­, escarbando en la arena, dispuestas a embestir y espantan. Idénticas al bos primigenius que era feroz. No se si fue Ortega y Gasset o Domingo Ortega el legendario torero, o Rafael Ortega el odontólogo, o Iván Ortega el abogado, en todo caso por alguno de esos Ortega taurófilos, me enteré que Julio Cesar, el Romano, en sus momentos de solaz, cazaba el uro, toro primigenio que pastaba en las llanuras europeas.

El toro de lidia en el campo aparece majestuoso, mucho más que cuando galopa en la plaza enceguecido de luz y de rabia. Tuve la oportunidad de conocer al Toro de lidia en su hábitat, en la ganaderí­a de Pepe Cáceres que tení­a en compañí­a de un señor Garcí­a. Garcí­a era un hombre viejo y sabio que con tres generaciones anteriores habí­a hecho aquella tierra descuajando montaña. Cercas y corrales de piedra, obra de titanes pensando en tener algún dí­a, reses de lidia. Mis compañeros de viaje Ramón Santamarí­a y Lilian su señora, no aceptaron la invitación a pasear a caballo por los potreros donde estaban las manadas de toros. Yo me fui con el caporal portando una garrocha que difí­cilmente la podí­a sostener del miedo. Llevábamos costales con sal, los toros se nos acercaron y nos lamieron las botas. La cornamenta afilada de los toros rozaba el hijar del caballo. Hoy no entiendo cómo pude divertirme viendo torturar un animal tan noble y hermoso.

Sergio Rangel Consuegra
palmitex@virtual.umb.edu.co
06/02/2005

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Autor
Sergio Rangel Consuegra
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