Taurómacos al ataque

He leí­do una noticia de aquellas que, a no ser por mi propensión proteccionista, cuya befa me produce cierto enfado, son solamente aptas para hacer morder los labios de risa hasta al individuo más huraño.

Se trata de una pobre ofensiva de los taurómacos que, una vez más, demuestran hacerse el cerebro un nudo a la hora de utilizar el lenguaje y la argumentación sosegada. Ellos saben solamente perseguir, torturar y acabar con unas cuantas vacas. El lenguaje no es lo suyo; ellos no hablan, ¡actúan! Y eso, a causa de múltiples razones que voy a listar:

  1. No saben expresarse con elegancia y objetividad;
  2. Suelen recurrir a agresividad y talante violento para defender sus puntos de vista;
  3. Se lí­an con los conceptos más elementales, que no logran manejar pese a sus atrevimientos.

Todo se inició con un rebote de los violentos matarifes por la multa (anunciada, por cierto) que la alcaldí­a de Tarragona impuso a la desafiante plaza de toros de esa ciudad por permitir la entrada al ruedo de menores de 14 años, en desprecio del artí­culo 6.2.a de la Ley catalana 22/2003 de protección de los animales.

La denuncia que llevó a la sanción de la alcaldí­a fue interpuesta por el PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal), que basó sus alegaciones en pruebas fotográficas de menores que accedí­an, acompañados, al coso.

La asociación taurómaca “Burladerodos.com†se quejó de la sanción alegando que las fotos tomadas concerní­an a menores, lo que es una ilegalidad.

Al analizar su ofensiva, uno se sorprende al ver como las elementales argumentaciones desplegadas no vayan más allá de una conceptualización de parvulario, a pesar de haberles probablemente costado, a sus autores, magna fatiga mental.

Análisis de la rabieta

Cabe anticipar que, pese a la gravedad de la incorrección que afecta a todo el discurso ofensivo de ese grupo de agitados histriones, hay una debida atenuante, consistente en que es más que probable que, no obstante sus esfuerzos, los interesados no hayan detectado la simpleza y equivocación de sus argumentaciones, ni lograrán verla nunca.

Por esta limitación que les afecta, bien merecen una excusa que no otorgarí­amos a intelectos de otro nivel.

  1. No saben expresarse con elegancia y objetividad. Los taurómacos, en su perorata, atacan los conceptos fundamentales de la Ley catalana de protección animal 22/2003 de una manera chabacana, esgrimiendo argumentos puerilmente subjetivos tales como “que no es justa†(ya que les afecta). Este perorar, tí­pico de los jóvenes por debajo de los 14-15 años, es sorprendentemente empleado por personas adultas que, sin embargo, y análogamente a los pre-adolescentes, no saben aceptar la derrota ni la frustración de sus caprichos. Luego de expresarse – bastante vulgarmente –, pasan a atacar montados en su Rocinante de batalla de siempre, a saber, la monserga de la tradición y el llamamiento a la lucha para conjurar su trágica, anunciada desaparición de la pení­nsula ibérica y de su cultura. Este desgraciado argumento, refutado con amplitud y calidad de argumentos una y otra vez, vuelve a flote cada vez que los aficionados a la “violenta matanza ritualizada de bóvidos†– alias “tauromaquia†- padecen algún nuevo golpe. Personalmente no creo que su insistencia en un argumento destartalado y temblequeando se deba a estrategia o mala fe; más bien creo que no logran aferrar el sentido de las crí­ticas demoledoras que les conciernen, creo que no logran leer y comprender algo más complejo que un tebeo.

    Para terminar, de su escrito se entrevé una rabieta que se expresa mediante términos que rozan el insulto y que expresan desprecio por quienes no piensan como ellos. Y todo ello solamente porque la nación, en su mayorí­a representada en la Ley, no quiere identificarse por más tiempo con unos matarifes agresivos y chovinistas. Con esto demuestran no aceptar el principio de la mayorí­a, una de las notas distintivas de los sistemas pluralistas y democráticos. Este tipo de rasgo psicológico caracterizado por el autoritarismo, es tí­pico de las sociedades chovinistas y represivas, que ellos bien representan ya a partir de su manera de argumentar.
  2. Recurren siempre a la agresividad y el talante violento. En su crí­tica, tildan a los contrarios de “listos†y otros términos sarcásticos baratos por el estilo, lo que demuestra una agresividad gratuita alineada con su incapacidad para el debate civilizado y educado. Esto podrí­a interpretarse como una confirmación de aquella violencia que aprenden desde pequeños también yendo a ver masacres de animales inocentes como si fuera la norma del comportamiento. Además, expresan su violenta actitud cuando afirman que “nadie les puede decir como educar a sus hijosâ€, desafiando así­ hasta a la Ley que resume, por su legitimidad, los principios básicos del Derecho.
  3. Se lí­an con los conceptos más elementales, que no logran manejar. Tras toda esta confusión de conceptos, emociones y rabietas, lo más divertido llega cuando los matarifes se atreven en el terreno de la especulación intelectual. No sabemos si ello sea el fruto de la contribución de algún “docto†del grupo, pero propendemos a pensar que no, que se trata simplemente de un brote de valor intelectual autónomo, aunque lo único que consigue es hacernos pasar un buen rato de risas.

En efecto, atacan la denuncia y la sanción por el siguiente motivo, según ellos, “jurí­dicamente†fundado: dicen que, siendo ilegal la toma de fotos de menores sin el permiso de sus tutores (los inconscientes e infractores padres que los llevaban al ruedo), la denuncia estarí­a afectada por ilegalidad, y así­ también la sanción.

Este discurso puede hallar adhesiones, pero solamente entre aquellos que no conocen bien los principios generales de la ley. Esto no quiere decir que no haya administradores o juristas que puedan estar convencidos de la corrección de tal argumento, pero, si se tomaran la molestia de estudiar y comparar los ordenamientos más avanzados y de tradición democrática más consolidada, hallarí­an la constante por la que una prueba tomada en violación de ciertas normas de procedimiento se puede considerar como válida cuando no hubiese otra manera para llegar al descubrimiento de la infracción y cuando haya proporcionalidad entre la irregularidad procedimental y el interés protegido. El Derecho no permite que se recurra a él para legitimar conductas inmorales o ilegales ni escudarse detrás de supuestas irregularidades para franquear la Ley.

Es obvio que los padres de esos menores eran quienes voluntariamente incumplí­an la ley, y que ocultar el menor, como es praxis periodí­stica, afectarí­a a la totalidad de la prueba, puesto que el infractor podrí­a alegar que no conoce al menor (cuya identidad no se podrí­a revelar).

En segundo lugar, los taurómacos vuelven a insistir sobre el hecho de que son los padres los que deben decidir acerca de la educación de sus hijos.

Para sustentar sus argumentaciones recurren – ¡y cómo no! – al viejí­simo parangón entre “malos†y “malí­simosâ€, sacando a relucir, con dramatismo diletante, que “el mismo dí­a en que los padres llevaban a sus vástagos al ruedoâ€, un joven de 16 años mataba a tiros en EE.UU. a sus abuelos, profesores, un guardia jurado de la escuela, y 5 compañeros, para luego suicidarse. Ese joven “nunca habí­a ido a una corrida de torosâ€, concluyen simplonamente los taurómacos. Con esto demuestran no comprender el concepto fundamental y las debidas diferencias entre antisocialidad, asocialidad, violencia, agresividad y crueldad. Para ellos, todo es lo mismo, y la prohibición de la entrada de los menores a los “espectáculos†taurinos se habrí­a decretado para evitar que los niños conviertan en asesinos en serie o cosas por el estilo. Con esto, hacen alarde de insuficiente perspicacia, ya que eso no es exactamente el motivo.

Es obvio que no todos los asesinos, delincuentes, y sujetos violentos que gozan – o no – del sufrimiento ajeno se han formado en los ruedos taurinos, así­ como es obvio que no todos los taurinos son unos sujetos agresivos sudados y exaltados. Lo que la prohibición refleja, por el contrario, es un conjunto de factores más complejos que se resumen en:

  1. Recoger la voluntad de la mayorí­a de los catalanes que ya no se identifican con la tauromaquia y rechazan estos espectáculos;
  2. Proteger a los menores, que son psiques inmaduras e impresionables -como indica esa ciencia que los taurinos evidencian desconocer- de escenas que pueden afectar profundamente a su equilibrio mental;
  3. Proteger a los animales de sufrimientos inútiles y anacrónicos apoyados solamente por una minorí­a, al menos en Cataluña.

Como se ve, el entramado de la prohibición no es tan sencillo y llano como creen nuestros amigos matarifes.

Los taurinos dicen ser “muchos†en el mundo y llaman a la lucha para defender su tradición. Que sean muchos en el mundo es un dato relativo que hay que poner en comparación con otro término para definir esa supuesta profusión. Si lo relacionamos con los aficionados al “Tag of War†en Escocia, probablemente resultarán ser muchos; pero, si simplemente los relacionamos con las mentes normales que no aprecian ni quieren que los animales sean tratados y masacrados de esa manera, los taurinos no sumarán más que un puñado de personajes bizarros extrapolados de otros tiempos y culturas.

E incluso de querer concederles el beneficio del número, resultarí­a bastante sorprendente que esa cantidad se esparza integralmente entre América Latina y España, mientras que Cataluña se quiere alejar de ese tipo de cultura, y en Francia, el otro paí­s europeo que aún mantiene esa sandez, los taurinos sean justamente “4 gatosâ€.

En cuanto a la afirmación taurómaca de “ausencia de estudios cientí­ficos†que prueben que la violencia hacia los animales conduce a serios disturbios de la personalidad, los taurinos demuestran no haber aún aferrado la siguiente proporción: “no todos los maltratadores de animales son psicópatas; la inmensa mayorí­a de los psicópatas tienen un historial de maltrato de animalesâ€. Ser un perturbado mental no es sinónimo de haber llegado a padecer un trastorno a través de presenciar espectáculos violentos con toros a una tierna edad. Sin embargo, no hay duda de que algún que otro espectáculo violento Jeff Weise debe de haberlo vivido en sus carnes. El problema, pues, no está en los toros en sí­, sino en la violencia* que ellos engloban. Sobre el nexo entre disturbios de la personalidad y crueldad con animales, hay consenso entre los estudiosos y existe copiosa literatura e investigaciones que ya he mencionado difundidamente en otros escritos. Los taurinos deberí­an leer dichos estudios antes de dejarse tentar en proferir tan fáciles cuan infundadas conclusiones.

Pero su propensión para la auto-justicia y rebeldí­a agresiva se demuestra patentemente en su rechazo a conformarse a Derecho, insistiendo obtusamente en que “nadie puede decirles como educar a sus hijosâ€. Aquí­ la confusión mental que evidencian es titánica, mezclando en una menestra incomestible valores elevados y viles bajezas, como cuando fusionan “educación de los menores†(una actividad delicadí­sima que incide sin retorno en la construcción de la personalidad) y “espectáculo violentoâ€, “crueldadâ€, “desobediencia civil e infracciones a las leyesâ€. El hecho de que quieran educar a sus hijos en estos valores deberí­a justificar ya de por sí­ el retiro de la potestad.

Contrariamente a su creencia, la sociedad en la que ellos quieren insertarse e insertar a sus hijos, sí­ que puede legí­timamente exigirles que se conformen a ciertos valores generalmente aceptados (en el objeto que nos concierne, alejar a los menores de ciertas influencias nefastas), cosa que hace a través de la Ley. El hecho de no quererse conformar a dichas exigencias sociales es lo que se califica como “a-socialidad†y, cuando llega a infringir las normas jurí­dicas, como “anti-socialidadâ€.

Esperarí­a que esta explicación excitara en los taurómacos una debida revisión de sus prioridades y construcciones intelectuales, pero no me hago ilusiones, sé que no entenderán ni un tercio de lo escrito. Por lo tanto me lo tomo como un pequeño desahogo para aquella propensión proteccionista que se ha sentido befada por tan bufo ataque.

En conclusión: bien hicieron los del PACMA en fotografiar a los menores que eran llevados al ruedo por sus irresponsables padres, puesto que de no ser así­, el apartado 2.a del artí­culo 6 de la Ley catalana quedarí­a en letra muerta. Y si esos faranduleros padres quisieran denunciar, que lo hagan, así­ la Generalitat podrá multar y perseguir directamente a los responsables directos de tanta desobediencia.

* La definición exacta de “Violencia†es: “Ejercer fuerza injusta para obligar otros a hacer o no hacer algoâ€.

Dr. M. E. Boillat de Corgemont Sartorio

Fuente: http://www.altarriba.org/bb/bb43-etica.htm

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