LA TRIBUNA DE LA RIOJA / 18.06.08

Las orejas del lobo

El pasado 5 de junio celebramos el Día Mundial del Medio Ambiente, un concepto que utilizamos con mucha asiduidad pero que no sabemos muy bien de qué se trata. Según la definición de la Real Academia de la Lengua Española, medio ambiente es un término utilizado en biología (del griego bios: vida, y logo: ciencia) que define el conjunto de circunstancias o condiciones exteriores a un ser vivo que influyen en su desarrollo y en sus actividades.

Puede que en los comienzos de la especie humana esta definición se ajustase a la realidad. La vida de los animales y, cómo no, del animal humano, estaba supeditada a las circunstancias que le rodeaban: se asentaba allá donde podía desarrollar las actividades que le aportaban alimento y ropa (la caza, la agricultura y la ganadería) y donde podía cobijarse. Su vida dependía de la vegetación del lugar, de la fauna, del clima y huía, lógicamente, de las condiciones extremas que dificultarían su vida.

Pero todo eso ha cambiado. Y no a mejor, precisamente. El hombre explotó su inteligencia hasta la saciedad, ese don que supuestamente lo sitúa como rey de la creación, pero que ha resultado ser un arma de doble filo absoluta e irremediablemente destructiva. Pasó de depender de las circunstancias que lo rodeaban a crear él mismo las condiciones que le beneficiasen. Pasó de utilizar los recursos naturales para cubrir sus necesidades básicas a crearse otras nuevas totalmente artificiales que han conseguido cortar el hilo de unión entre el ser humano y la 'Madre Tierra'. Usar es una cosa; abusar, otra bien distinta. Y todo tiene sus consecuencias. Las veíamos muy lejanas, pero nos pisan los talones. Hemos provocado un drástico cambio climático que justificamos diciendo que es un proceso natural. Y cierto es que se han dado varios a lo largo de la historia de nuestro planeta, pero éste es el primero provocado por los abusos nefastos del ser humano.

Pero, ya lo decía el refrán, el que avisa no es traidor. Los ecologistas, animalistas y las personas que intentamos llevar una vida respetuosa en lo posible con la naturaleza, llevábamos advirtiéndolo durante mucho tiempo, pero se nos ha callado acusándonos de catastrofistas. Una agricultura invasiva, desordenada e ilógica, y una ganadería explotadora y totalmente insostenible son pruebas irrefutables de nuestro pecado. Los que vivían ajenos al asunto le han visto las orejas al lobo y anestesian sus conciencias dejándose llevar por la moda 'ecológica', pero no llegan al fondo del asunto. Es hora de actuar. De sentir la imperante necesidad de comprender el problema y de educar y concienciar a las generaciones venideras.

Por suerte, alguno de nosotros ya hemos logrado esa primera victoria, y hemos elegido ser 'verdes' (aunque para algunos este calificativo tenga un matiz ofensivo) y luchar porque nuestros hijos puedan disfrutar del lujo de una tarde en la pradera junto a nuestros perros, de una puesta de sol en el mar o de un amanecer en la montaña. Porque estos son los lujos de los que queremos disfrutar y por los que realmente creemos que merece la pena seguir luchando. Recuperemos ese hilo de unión con la nuestra 'Madre Tierra'.

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Autor
Diana Blanco
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