Lorca no contaba con la posibilidad de que existieran diferentes clases de duendes cada vez que afirmaba que en la tauromaquia se podí­a apreciar la influencia de la magia del duende.

Lorca, duendes y toros

Sin duda, Lorca  no contaba con la posibilidad de que existieran diferentes clases de duendes  cada vez que afirmaba que en la tauromaquia se podí­a apreciar la influencia de la magia del duende, sobretodo cuando el que lidiaba al toro era un muy enduendado torero. 

España es el único paí­s donde la muerte es el espectáculo nacional y es en esta fiesta de clarinetes, capotes y estoques, donde, afirma Federico Garcí­a Lorca, donde el duende adquiere sus acentos más impresionantes. "Porque tiene que luchar, - dice - por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometrí­a, con la medida, base fundamental de la fiesta".

Se dice que el duende es un niño que murió sin ser bautizado o un niño malo que golpeó a su madre. Otros dicen que los duendes provienen de los ángeles y son hermanos de las hadas. ¿A qué tipo de duende se referirí­a Lorca cuando hablaba de esa magia, esa vibración que han sentido los artistas en muchos momentos de su vida, y que se materializó en las mejores obras de arte?

Habla siempre, eso sí­, de un duende relacionado con la muerte, que se encuentra en la sangre, en lo más hondo de nuestro ser. Es alguien que nos posee desde dentro, y no desde fuera como hacen las musas o los ángeles que inspiraban a los grandes pintores y escultores italianos y franceses.

Tal vez sea verdad que los buenos toreros tienen duende, y no dudo que en sus momentos de esplendor hagan vibrar y emocionen al público y a ellos mismos. Pero los duendes, habiéndose comprobado que nos poseen por completo en un profundo éxtasis de inspiración sublime, necesitan del control y el cuidado de las musas y los ángeles, para que nos guí­en y derramen su gracia.

Pero Lorca propone rechazar al ángel y dar un puntapié a la musa. Y eso son los toreros, efectivamente: seres poseí­dos por un duende perverso que persigue la muerte hasta el último soplo de vida, de quién sea que vaya a morir.

Al duende le gusta merodear la muerte o la posibilidad de muerte. Es travieso y le gusta jugar y esconderse en la oscuridad, disfrazarse de malo y simular matar o ser matado. Pero cuando el juego va más allá y finalmente la obra culmina con la muerte real de un ser vivo, el duende llora, y finalmente muere. Hay que recordar que los duendes son niños, a quienes gustan los bordes del pozo, como dice Lorca, pero yo dudo que quieran caer en él.

El duende en los toros es un duende perverso y macabro, manchado de sangre y completamente absorbido por una brutalidad abrasadora, un niño abandonado sin familia con quien ni musas ni ángeles quieren ya jugar. Un duende enloquecido que supera el lí­mite y sin horizonte, perdido entre las más oscuras entrañas de seres humanos e inhumanos.

A mi parecer, el arte se caracteriza precisamente por ese constante flirteo con el lí­mite, pero nunca lo traspasa.

El duende que hizo hervir la sangre de Leonardo para crear pintura y de Becker para crear poesí­a no puede ser el mismo que lleva a un mal nombrado artista a destruir y corromper la vida, aún cuando esa creación de la muerte, es decir, la aniquilación, provoque emociones y haga sentir vivos los corazones de aquellos que normalmente nunca sentirán similar emoción ante las obras de Caravaggio, Boticelli o Van Gogh, y mucho menos con Matisse, Kandinsky o John Cage.

A los que les llega la emoción del duende de la sangre y de la muerte quedaron de por vida tristemente insensibilizados ante las vibraciones más sutiles pero verdaderas del duende del arte que aspira a ser una continuación de la naturaleza, la vida y la creación, y no una interrupción de esta.

España es un paí­s de muerte y abierto a la muerte, dice Lorca, no sin toques de cierto orgullo nacional, al ser junto con México el único paí­s "donde el chiste y la contemplación silenciosa de la muerte son familiares a los españoles". Donde matar puede llegar a ser considerado arte, y disfrutar con ello, ser la máxima expresión de la sensibilidad.

Si todo esto es cierto, si es un duende el que impera en la sangre de los toreros y no un demonio, debo admitir, pues, que España está poseí­da por una oleada negra y oscura que emborrachó y ahogó los corazones de sus habitantes, sumiéndolos en la creencia de que matar toros podí­a ser arte.

El duende ama el borde, la herida. Se encarga de hacer sufrir por medio del drama, como en el baile español, y como en los toros, dice Lorca. Pero en el baile español, como en otras formas artí­sticas como la música, el teatro, la pintura... el sufrimiento es alegórico y mental, es poesí­a siempre. En los toros el sufrimiento es real y es por ello que despierta a la vez el sufrimiento del público, no porque haya duende necesariamente, y aún menos arte, sino porque en efecto se trata de la muerte en persona, que embriaga los corazones de todos aquellos quienes la están observando.

"España es un paí­s de muerte y abierto a la muerte", dice. Supongo que lo que Lorca querí­a decir con "abierto a la muerte" es que en España se observa a la dama de negro actuar desde una posición cobarde y lejana.

Que España sea un paí­s de muerte, eso sí­. Y con un duende totalmente pervertido.

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