Intenten visualizar una lanza con una ancha hoja alveolada de 33 centí­metros de longitud. Es un arma terrible cuya visión produce espanto.

Más sangre

Intenten visualizar una lanza con una ancha hoja alveolada de 33 centí­metros de longitud. Es un arma terrible cuya visión produce espanto. Ahora imaginen a una horda de energúmenos enarbolando esa cuchilla atroz y acosando a un toro al cual hieren, pinchan, tajan y alancean atropelladamente, allí­ por donde atinan a hincarle el hierro. Ha habido lanzas que han atravesado el cuerpo del animal, que aún ha seguido corriendo despavoridamente durante media hora más, con el asta deshaciendo sus entrañas. Porque son criaturas fuertes y, para su desgracia, aguantan el inaguantable sufrimiento durante mucho tiempo. Al final, el 'vencedor' le corta el rabo, a veces con el toro todaví­a vivo, y cuelga el triste despojo de su lanza, ufano de ser verdugo y matarife. Todo este sadismo, que parece salido de una pelí­cula de psicópatas, es una pálida descripción de un hecho real: del Toro de la Vega, en Tordesillas.

Los partidarios de esta monstruosidad sostienen que es una fiesta, y llevan a sus niños a verla y aplaudirla, y celebran la lenta sesión de tortura cada año. Hoy es ese dí­a infamante; mientras están leyendo este artí­culo tal vez el pobre bicho esté siendo martirizado por una docena de lanzas. En mayo de 2003, el Procurador del Común (el Defensor del Pueblo) de Castilla y León sacó dos resoluciones calificando muy duramente "la crueldad del espectáculo". Poco después de la matanza del año pasado, y ante el escándalo y el asco general que esta atrocidad siempre produce, el Ayuntamiento de Tordesillas y la Junta de Castilla aceptaron las resoluciones del Procurador para "humanizar" el espectáculo, y el Ayuntamiento se comprometió a reformar las bases del torneo. Pero las bases no han sido reformadas y los hierros están desgarrando una vez más las carnes del toro. Pobre Tordesillas, una ciudad tan bella y con tan larga historia, de la que hoy sólo se habla por las salvajadas que cometen unos cuantos cientos de salvajes. Y pobres todos nosotros, que en este mundo agónico y feroz, tan anegado de sangre, seguimos permitiendo esta orgí­a de sufrimiento y crueldad, esta enfermiza celebración festiva que añade un dolor innecesario al dolor insoportable de la vida.


Rosa Montero
Publicado originalmente en El Paí­s, Martes 14 de septiembre de 2004.

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