Los redaños y los rebaños

El Toro de la Vega equivale moralmente al comercio y matanza de mujeres en Ciudad Juárez, al tráfico de órganos de las niñas de la calle en Rí­o de Janeiro, a las peleas de perros y osos en Eurasia, a la venta de adolescentes como juguete sexual en el sud

Los redaños y los rebaños


"Quien es piadoso con los crueles acaba por ser cruel con los piadosos€, Talmud
                                                                            
Tontesillas ataca de nuevo. Juan, el que le mete alguna hostia que otra a su señora cuando le replica, recuerda cómo le brincó el bicho unos cuantos años a, al meterle la lanza y retorcérsela. Julio, el que carga bloques de hormigón de dí­a y se rasca a puñetazos de noche, también ha pinchado con gracia al negro en alguna que otra ocasión. Y es que no hay nada más honroso que tener los cojones bien puestos y plantarse con ellos delante del toro. Tanto es así­ que en la web de Tontesillas y su Toro de la Vega están planteándose transformar su emblemático lema €œSin raí­z... nada€, por €œSin cojones... nada€.

Supongo que las gentes de Tontesillas ya se habrán percatado de que sólo son eso, raí­ces, seres latentes en subterranidad, sin posibilidad de hojas, flores, tallo o frutas. Otra variación que baraja la webmaster es que el espectáculo circense de horripilantes y sanguinolentos bufones pasara a llamarse €œToro de la Verga€, en honor a los mancebos ebrios de virilidad que, haciendo uso y costumbre de su fortaleza rural y naturales atributos, y en base al simple y visionario objeto de pavonearse ante las hembras en celo, tendrán a mal ensartar el tremendo cuerpo del bovino con unas lanzas desenterradas de las excavaciones de Atapuerca para la ocasión, y poder así­ juguetear a la muerte ajena, ante un ser asediado y condenado a morir de antemano, sin escapatoria posible. Digan las leyendas de honor, valentí­a y sí­miles chorradas, lo que digan; porque nada ha habido nunca más fácil en esta España dicharachera y chirripitifláutica que desvirtuar las palabras, hasta tal modo que Torquemada pudiera pasar por hombre de fe, Fraga por demócrata, Bisbal por artista o Ana Rosa Quintana por periodista, por ejemplos. Esas mismas personas que en septiembre alancearán un toro aunados en el sistema de los rapiñeros en rebaño, se cagarán de miedo algún dí­a ante la perspectiva de su propia muerte, porque entonces los resudados cojones ya no les servirán para nada más que para mendigar con tristeza un dí­a más de vida. Tiempo al tiempo.

Por lo que he visto del tontesillano reality-show de rompe y rasga, sólo he podido desprender a un rebaño de redaños mal asumidos, que acorralan a un herbí­voro y le van pinchando con escaramuzas, escarceos y largas lanzas, cuanto más largas mejor, para no tenerse que acercar tanto al bicho. El valor brilla por su ausencia y el mito se esfuma con acercarse a él, con la estridencia de la mezquindad, con el barullo de la ruindad, con ese sisear crujiente de la razón pateada. Lo que he visto en Tontesillas ha sido una horda de acojonados que matan al toro de costado, no de frente, entre los pinos, no a campo abierto, y le golpean desde las vallas, y  le tiran piedras y palos y piñas. Lo que he visto en Tontesillas no es sino la eterna desvirtuación de las palabras que subsiguen: €œcampo de honor€ ( ¿u horror? ), €œlegado etnográfico€, €œpatrimonio del mundo/universo€ ( puritita humildad, como se ve ), €œforjado€, €œbatalla de poder a poder€, €œen igualdad de condiciones€, €œvencedores en torneo€, €œorgullo€ y una retahí­la de autoabluciones que a una le parece haber regresado a la Edad Media, con sus medianos habitantes, con sus personas a medio hacer y su angosto entendimiento del precio de la vida. Entes tan a medio hacer que se han quedado, como dije, en las raí­ces. Tontesillas deberí­a figurar como parque temático para estudio conductivista de cómo éramos hace demasiados siglos.

El toro es sacado del toril, se resbala, no atina, es aturdido durante horas por ataporcinos que apenas saben deletrear su nombre y que se insultan entre sí­ ( gilipollas, cabrón, imbécil, que te pego una hostia, vete a la mierda (y) vete a tomar por culo, y otras lindezas no aptas para menores ), y que se destriparí­an sin pestañear sólo por tener la posibilidad de subir al balcón consistorial a que digan su nombre ( los famosos diez minutos de €œgloria€ ), mostrando las orejas del bovino -lamentando no poder ya pinchar lo cojones del astado en su lanza, como trofeo de postí­n-, porque al cabo sólo son miserables aspirantes a personas cuya patética existencia se justifica en la sangre ajena y a cuyo cerebro y corazón no podrí­an encomendarle la ardua tarea de ponerse en funcionamiento. Entretanto las tontesillanas de pro, que animan el cotarro, las castizas cheerleaders de estos deportistas del dolor, se ponen calientes. Porque de las tontesillanas no podemos prescindir, que si la historia ha estado llena de asesinos no menos cómplices eran las mujeres que los secundaban y les consolaban en sus casas. Y aquí­ no se me enfaden las mujeres-no-machistas, que mentiras no digo, y que cada palo aguante su vela. Se evidencia que en Tontesillas el macho y la hembra ejercen bien sus roles.

La igualdad de justas, ahora lo he entendido, consiste en que mil babeantes gañanes -pertinentemente redefinidos como €œcaballeros€ por la historia oficial-, espoleados al cohete que inicia la apertura de la veda, y con la licencia de sangre en ella implí­cita, se enfrenten ( de costado, insisto ), a un toro uno en las condiciones descritas, como se aprecia: en la absoluta desigualdad. Como sea que el cuero resiste los lanzazos resulta que hay que clavar bien el arma, no como hacen los lanceros tontesillanos, que propician una sangrí­a lenta y agónica, muy alejada de la lidia que ellos publicitan. El toro se arrima a las vallas y burladeros, a los matojos, a los troncos, asustado, exhausto, vencido por el pánico y la impotencia, acuciado por esa muchedumbre sin voluntad ni capacidad de segregación del bien y el mal. Esa masa idéntica a la que, en otros contextos, cometen lesa humanidad contra la raza; porque todas las acciones u omisiones de que la historia se condimenta para construir su estructura de crí­menes ha sido incentivadas por la falta de voluntad individual y la carencia de discernimiento entre lo correcto y lo incorrecto. ¿ O podemos hablar ya de auténtica mala leche ?. Es sólo cuando el toro está agotado y se mueve poco cuando los envalentonados mozos lo alancean a destajo y le apuñalan la nuca, porque el honor es un concepto delicado que permite que sea €œhonroso€ incluso comer alcachofas o cederle el paso a las ancianas.

Para mí­, que la Reina de Todas las Españas Posibles y Probables fuera salvada de la agresión de un toro descontrolado, gracias a un mancebo tan arrojado y agilipollado como tantos a su lado gastaban las reinas entonces, según cuenta crónica, no es motivo de perpetuación de nada; pues de actos de generosidad con exposición de integridad propia se realizan cada dí­a en todo el mundo por personas anónimas, sin la más mí­nima necesidad de matar nada ( valgan de ejemplo los Bomberos, que eso es un cuerpo, y no el de Policí­a). Más nos habrí­a valido, en aquel entonces, que el toro €œloco€ enganchara a su majestad por el miriñaque y la revolcara, la verdad, porque reinas hay demasiadas y el más pequeño torico vale más que cualquiera de sus vidas. Creo que escribir esto es ilegal, pero peores delitos se cuecen en estos y otro lares para andar con tisquismiquis.

A favor de la monarquí­a, por ejemplo, se inventó el progreso tecnológico, que sirve para bombardear más rápidamente los paí­ses con gobiernos rebeldes a la lógica capitalista, o sirve para gasear más judí­as, arruinar más palestinas, desmembrar más tribus no contactadas, aumentar la producción de pollos y de gripes aviares, despiezar cerdos con más rapidez... El progreso sirve para envenenar sin dejar huella, matar hermanas en accidentes cinegéticos, joder la capa de ozono, envenenar los acuí­feros del mundo, provocar lluvia ácida y, en definitiva, conseguir el siempre entrañable reto de que unos cuantos paí­ses del mundo ostenten el tí­tulo de señoras de la tierra y aún del universo conocido. El progreso moral, en cambio, es un estorbo, sólo hace que provocar que matar mujeres sea desagradable al vecindario, insultar y ahorcar negras sea denunciable, esclavizar niñas sea punible... El progreso moral hace que ya no podamos explotar a las trabajadoras dieciséis horas al dí­a, ni podamos quemar una brujita para celebrar san findesemana, sirve para que resulte deleznable fusilar a las disidentes polí­ticas o culturales, o, en algunos paí­ses, para poder morir cuando una quiera si considera que la vida no vale la pena, o para que meter un gato en el microondas carezca de apoyo popular. Sí­, el progreso moral es un rollo. Pero sucede que el progreso conlleva ambas vertientes, indisolubles por su naturaleza.

En septiembre se celebra otra vez en Tontesillas ese acto de tradición incomparable, de orgullo de estirpe, de loa a la raza, de rancio abolengo, que tanto sitúa a las tontesillanas en lo más elevado de la pirámide de la estupidez y la insensibilidad. Y, aunque me consta que existe un grupo importante de tordesillanas en Tordesillas que rechaza de pleno esta barbarie, seguirá siendo, en general y a unos ojos empáticos y amorosos, una población de tontesillanas que permiten que suceda la masacre irracional, bestial, totalmente humana y aniquiladora de una muchedumbre sin cerebro ni individualidad, que se entretiene asesinando con gesto, palabras, miradas y metales a un toro que jamás supo que existí­a sólo para morir en tan infradotadas manos.

Pese a todas las apologí­as, vale constatar que cada vez que las taurófobas abren la boca nos ayudan a hacer caer la €œfiestorra€. La profundidad de su discurso es cóncava, ni siquiera superficial. Es, en resumidas cuentas, estulta. Si no fuera por el teatro pánico que su verborrea esconde, invertirí­a más tiempo deslegitimándoles al dejarles hablar y que ellas solitas mostraran lo ní­veo de sus circunvoluciones. Pero siguen muriendo toros, constantemente, especialmente en fechas de calor, y es urgente actuar y evidenciar sus peroratas de milenio pasado, el olor a grasienta fritanga de sus conversaciones, la peste a serrí­n meado de su €œcultura€.

En septiembre se organizará de nuevo una manifestación en contra de tal evento, llegará gente de todas partes, así­ que animo a las activistas a sumarse al encuentro, a constatarles en su misma tierra que lo que hacen con tanta legitimidad, subvención institucional y orgullo, ya no pertenece a ninguno de los mundos de este mundo. Que el Toro de la Vega equivale moralmente al comercio y matanza de mujeres en Ciudad Juarez, al tráfico de órganos de las niñas de la calle en Rio de Janeiro, a las peleas de perros y osos en Eurasia, a la venta de adolescentes como juguete sexual en el sudeste asiático, a la violacion sistemática de los códigos morales que tantas muertas y tantas denostadas ha costado a la historia de la humanidad, en los abyectos confines de nuestra evolución, a las letrinas del ser humano, que cada vez tienen menos sitio en paí­ses autodenominados civilizados. Que el calificativo de €œevento cultural histórico€ no es sino otro de los muchos disfraces que el horror usa para legitimarse en las centurias. Nada nuevo, como sabemos.

Mañana, cuando el Toro de la Vega sea erradicado, nacerá una niña en la villa vallisoletana de Tordesillas, una niña que no será sometida a la pedagogí­a del especismo. Una tordesillana que no verá cómo se divertí­an sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos y sus tatarabuelos, y que desoirá con asco las crónicas acerca de los í­nclitos cojones del vecindario y de cómo se castigaba, torturaba y asesinaba  al más potente y elegante herbí­voro de la pení­nsula ibérica.
                                                                            
Autor: Xavier Bayle

¡Pincha aquí­ para unirte a la concentración contra el Toro de la Vega!


  • Suscrbete

    Recibe todas nuestras alertas y noticias:

En esta sección