Loa al Minotauro
A veces parecen ser buenas personas, prójimos, amables. Nos hablan de sus glorias de ayer como si otros las hubieran hecho... pero atribuyéndoselas a sí mismos. Hablan del ser humano como si fuera siempre Leonardo Da Vinci, como si el ser humano no fuera Mengele o Von Bismarck o Hernán Cortés. Hablan del ser humano como un animal poderoso y brillante y, ya de paso, sueltan que ellos son seres humanos y se atribuyen automáticamente tal poderío y tal lustre. Eso sí es mezquindad, y lo demás son tonterías.
Las nuevas hornadas de jóvenes entusiastas de la taurofobia no son sino las viejas hornadas de acólitas a la sangre fácil y legal: panes secos, endurecidos y enmohecidos a los cuales se les ha aplicado una laca de modernidad, se les ha facilitado un teléfono móvil, la vocalización correcta de la palabra tolerancia y una sin par capacidad de chatear, el resto es básicamente lo mismo; la misma concepción miope del honor, la misma mediocridad en referencia a la exclusividad territorial, el mismo tiro corto en su lectura de las raíces. Pero, y dado que la sociedad se rige por los aspectos, son aceptadas como piezas frescas y andan cotizando en el mercado social, la mar de bien fingidas con la mentira de que pertenecen a este siglo y aún a este milenio. El trabajo de las responsables de marketing es, como se verá, impecable.
Sin embargo, apenas una fracción de milímetro por debajo de la capa embellecedora, sigue respirando el ser incompleto, el necróvoro primitivo y brutal que organiza guerras, batidas de caza y peleas de gallos: el ser humano originario que construye la historia de sangre que heredamos, y que llena las enciclopedias con sus tratados de paz cosméticos, los libros de culto con su amor a sí mismo y, en definitiva, la civilización con que nos vistieron al venir a este mundo.
Disfrazan de derechos democráticos y de diversidad cultural cuanto ellas hacen y dicen, porque aquí hay que respetar a todas como si todas las personas fuéramos iguales. Pues no, señora, no todas somos iguales, porque si ello fuera así, acabarían cenando juntitos en el carnaval de la historia el señor Gandhi y el señor Milosevich, por ejemplificar. Por mucho que las ascetas nos quieran convencer de la relatividad del universo, existe el bien y el mal, al menos en lo que respecta a nuestra concepción científica de la vida. El bien es la vida y el mal es la muerte. Se oyó de vivas hablando de muertas pero nunca de muertas hablando de vivas
Ya basta de confundir evolución tecnológica con progreso ético. Hay idiomas dentro de los idiomas, hay metalenguas más acá de los lenguajes, por eso las taurófobas y yo no nos entendemos. Por eso las taurinas, las que amamos a los animales vivitos y coleando, no aceptaremos nunca ninguno de los manoseados y asquerosos argumentos por los cuales, de seis en seis, los toros deben morir en un anfiteatro de horror, por unas leyes económicas sucias y malversadas, por una idealización subnormal del concepto de "lucha" y por las podridas raíces, sin las cuales, dicen las taurófobas, no somos nada.
Los animales se acercan a nosotras, confiando en los códigos genéticos naturales de empatía intergenérica, en las posturas del cuerpo y en las pautas odoríficas, y nosotras les destruimos con nuestro códigos económicos, con nuestra bastardía emocional. Podríamos ser hermosos animales y somos los peores animales, los únicos que poseemos el refinamiento del mal y de la venganza, los únicos que matamos por el placer de hacerlo, los únicos que desoímos el bosque. Pero creemos ser mejores porque construimos autos veloces, pintamos cuadros y escribimos poesía.
La historia nos juzgará en común, sí, pero también por separado. Y cuando se hable de los treinta mil toros asesinados en España también se hablará de la complicidad o la objeción a tal atrocidad, y solo de cada persona dependerá qué responder, con qué frase excusarse la indiferencia. Cada año que transcurre es más difícil ocultar por el ser humano moderno la abulia y el poco interés que le causa la sangre ajena, las objeciones son excusas de saldo, tan legítimas como delegar nuestras vidas a las demás, y tan corriente y absurdo como ello. La sociedad nos envuelve con su calor plástico.
Es ya la hora de los animales, de todos los animales, es hora de empatizar y ser amados y amar. Es hora de que el tauro y el hombre se fundan y el resultado no se encierre en el Laberinto de Minos, sino se extienda por el planeta. Es hora que el toro recupere su nombre, sin el apellido idiota de "bravo" con que las brutales le bautizaron. Ya no se puede tolerar que gentuza que afirma disfrutar con un herbívoro ahogándose en su sangre y que busca con la mirada desorbitada a su madre, un pasto, una salida en el hermetismo del coliseo, puedan pasar como personas de este milenio sólo porque han llorado la, al parecer trágica, desaparición de Rocío Jurado, vayan a misa cada domingo y fiesta de guardar o sean gente trabajadora y puntual. La evolución no puede esperar a las rezagadas por incapacidad sensitiva, los toros de España, de Francia, de Perú, ...de todos los países donde matar está aceptada la rebaja constante del precio de la vida nos lo están pidiendo en el idioma que olvidamos, el de la Naturaleza. Volvamos a la escuela de los sentidos y las sensaciones, atendamos esta vez en la clase aquella donde se nos enseñaba que la Razón y la Emoción siempre deben ir de la mano... y en la cual nos quedamos dormidas. Abrámosle las manos a los cambios, abrámosle los ojos al amor.
Autor: Xavier Bayle










