Comentarios de una disidente al gran ser humano

He sido dada a comprender cuán importante es la vida para lo que vive, y cuán ilegí­timo es arrebatar la vida a los demás seres.

Comentarios de una disidente al gran ser humano


€œTodo quiere vivir€, Agnieszka Władzińska

Hoy quisiera hablar de mí­, querrí­a explicar de un modo breví­simo que, cuando murió papá, yo me morí­ con él, como suena, así­: de imprevisto y antemano. Fue una de esas muertes que la vida comete con una y a las que una se acostumbra en cierto modo, si más remedio no queda. Me he tomado esto de morir una y otra vez como algo imprescindible para crecer, para nacer de nuevo y ser quien creo ser a medida que sucedo en mis cambios, coherente con los cambios totales de células que en el cuerpo nos ocurren cada siete años y, por extensión, en el intelecto y la sensibilidad. Una yo diferente que durará hasta el siguiente cadáver, quien sabe si el definitivo. Cuando papá murió, como decí­a, tuve que derramar todo aquel llanto que él, frí­o y duro, no podí­a llorar por sí­ mismo. Porque él  amaba la vida y jamás quiso morir, como cabí­a suponer, de modo que tuve que sufrir por las dos pérdidas que suponí­an su muerte: la del extraví­o de su propia vida y la del extraví­o de lo que su vida habí­a supuesto para mí­. Sigo sabiendo, por contra, que un no sé qué de él -para abreviar conjeturas podrí­amos denominarlo coloquialmente €œalma€-, se quedó prendido de los paisajes que amó desde crí­o, en los almendros en flor y en la disposición de ciertas rocas y barrancos impregnados de tomillo y romero que ambas dos conocí­amos y sabí­amos apreciar.

Papá no fue una persona especialmente abierta a los cambios morales más allá de lo que ya fuera; uno o dos años antes de fallecer lo habí­a sorprendido en casa, apoltronado en su sillón preferido y contemplando no sé si con morbo o con curiosidad las corridas de toros que se retransmiten desde hace demasiadas décadas por la televisión; apreciaba mi sensibilidad aunque me llamaba €œidealista€ y €œecologista€ con sorna, venza en su descargo añadir que no dijo ni mu cuando me hice vegetariana, ni siquiera cuando osaba hacer breves conatos de apologí­as de ello en la mesa, de un modo discreto, claro, porque conozco bien que el 99,99 por ciento de mi familia come carne, digieren agoní­a y, en ocasiones, le niegan a la voluntad la posibilidad de ver realidades que quizás les abrirí­an los ojos a la empatí­a y al amor. Digo esto sin intenciones pedagógicas ni recriminatorias, ya no sólo porque se trate de mi familia -lo cual no €œexime de su cumplimiento€-, sino porque creo que todas las personas nacemos dúctiles y de cuánto comprendamos dependerá la riqueza de nuestras vidas, nuestra actitud ante ella y ante nuestras hermanas vitales. Teniendo en cuenta que cada una tenga su proceso temporal en función de su propia sensibilidad.

Papá no me enseñó que la vida y la tierra eran hermosas, le bastó con colaborar en darme la vida y mostrarme los paisajes, ponerme ante ellos y ante cuanto animaba esos panoramas, las floras y las faunas, después, el resto, tuve que hacerlo yo solita, empleando los seis sentidos de que fuimos dotados. Pero, ojo, que para ello tuvo que ponerme ante esos paisajes. En ese aspecto y en otros la fortuna siempre me sonrió.

Cuando papá murió y me vi obligada a nacer de nuevo, descubrí­ que era más vulnerable y más resistente al mismo tiempo; más lúcida, dado que habí­a aprendido y aprehendido, de manos de la propia muerte, que sólo la vida importa; que ni el antes ni el después de vivir desvirtúan o minimizan el absoluto valor de lo que supone estar viva. La vida es el bien por excelencia, sin el cual nada de cuanto nos ha sido dado a conocer tiene importancia, sin el cual la libertad, la igualdad o la justicia, para los animales que en él nos meneamos, carecen de fundamento y sentido. Entonces ya participaba en la lucha antiglobalización, asistiendo e involucrándome activamente en manifestaciones, asambleas, en contacto con varios movimientos de carácter polí­tico y social, en acciones informativas y de otras naturalezas que una muy amplia lectura de la dignidad del ser humano precisaban, según sigo entendiendo, para evolucionar moralmente. Era y sigo siendo una humanista, adoro el potencial que el animal humano posee para conducirse y armonizar con su entorno, para crecer y hacer crecer a cuanto le rodea.

Y porque soy una humanista, he dispuesto mi descrédito de la raza humana, la cual, en cuanto se despista un minuto, se aleja a una velocidad vertiginosa de las enseñanzas de Da Vinci para arrojarse a los soberbios y arrogantes brazos de Himmler, de las esclavistas norteamericanas, de las verdugas, de las fundamentalistas religiosas... de la ciudadana de a pie y de a acelerador. De aquella gente que, siendo incapaz de vivir en la vida y con la vida, construye su vida matando y legitimando la muerte como material con el cual construir la sociedad venidera. Despreciando, así­, cuanto se le antoja inferior o carente de sus valores, como si estos fueran mejores que los del resto, y en base a esa sencilla digresión merecieran pagar el tributo de la infamia. Aquellas gentes que segregan por una cuestión de raza, género, forma o especie, a las hermanas de ánimo que la naturaleza creó con fin de estar a nuestro lado, para bien o para mal, para compartir y no para usufructuar, para interactuar y no para disponer. Entonces, a medida que supe más de nosotras/animal, me extremé en pensar que la naturaleza quizás habí­a creado al ser humano como una herramienta perfecta de suicidio, que le evitarí­a el deber penoso de inmolarse a sí­ misma. Un pensamiento peligroso, sí­, pero sigo cavilando esa hipótesis.

El espectro, entonces y por otro lado, de lo que debí­amos amar para hacernos hermanas de la vida y no sólo de nuestra propia vida, transgredí­a ya los lí­mites del sexo al que incidentalmente pertenecí­amos, de la raza blanca a la que circunstancialmente me tocó parecerme, de la cultura que me rodeaba, a veces con hostigamiento, otras con dulzura y, por supuesto, de la forma y código genético o etológico que heredé, tan al parecer distante del código etológico y los deseos de las aves, los cetáceos o los mustélidos.

La toma de conciencia ( adoptada en alguno de mis distendidos monólogos con la almohada, cuya datación se me escapa ),  fue la siguiente: nací­ simio y simio moriré, siendo eso algo que yo no pueda alterar ni que me desagrade especialmente. Debo pagar, eso sí­, un precio de dolor al saber que algún dí­a moriré, un pago que muchos animales, por lo que creemos saber de ellos, no poseen. Aunque siempre me ha consolado apreciar que los abrazos y los besos, el sabor de la lluvia, el olor de la tierra mojada, el sexo, la serena candidez del vuelo de los buitres, Bach, o el tacto del agua, por citar ejemplos tangibles, son, han sido y serán una importante recompensa por la conciencia de la muerte, una nómina excelente, tan excelsa que será difí­cil renunciar a ella cuando el minuto me llegue. Y el minuto llegará.

He sido, pues, dada a comprender cuán importante es la vida para lo que vive, y cuán ilegí­timo es arrebatar la vida a los demás seres, bien sean antropomorfos, piscimorfos o avimorfos, por ejemplos. Respeto con veneración cuanto vive y si me veo obligada a alimentarme de plantas, cortándolas o pagando para que alguien lo haga por mí­, se debe sólo a que no conozco otro modo de sobrevivir, puesto que quiero sobrevivir porque me debo a la vida, como las cucarachas y las ballenas. Como el resto de mis congéneres.

Será por eso que, disponiendo de un tiempo que quizás podrí­a dedicar a elaborar complejas teorí­as sobre el porqué de la interesantí­sima forma de las nubes, o apuntar minuciosamente los variados tonos de las hojas del olivo, o conocer a la perfección cada una de las inflexiones en las notas de las cantatas de Bach, sus cadencias y tempos, he decidido dedicarme a continuar luchando por los derechos de todo lo que vive, ya sean palestinas, cerdos, colombianas, delfines, mujeres, perros, bosques pluviales, homosexuales, koalas y la infinita lista de nombres que congratulan a las especies amenazadas, y las variantes que conforman este precioso precioso precioso planeta azul. Aunque quizás sea un poco arrogante aseverar eso de que €œhe decidido€, porque ya es sabido que hay biografí­as que la escogen a una sin permiso ni consultorio, a bocajarro, y quién soy yo para afirmar que esta pretendida decisión que me arrogo no es fruto de mi voluntad, sino de una voluntad azarosa que de mí­ dispone a sus anchas y a sus largas.

Así­ que, para mayor eficacia, decidí­ asilvestrarme en todos y cada uno de los conceptos que me hicieran distraerme del concepto de unidad atómica con la vida conocida, decidí­ dar un pasito atrás en la escalera que nos aleja de la tierra y pude ver más globalmente la masacre que el ser humano comete consigo mismo y con el resto de las especies. Vi mares de sangre, chillidos ocultos, estertores agónicos, sufrimiento inenarrable, dolor, mucho dolor, demasiado dolor para ignorarlo. Vi las cárceles, las salas de tortura, las plazas de toros, los campos de concentración, los campos de batalla, los mataderos... Vi la Historia que mis antecesoras edificaron para mí­, en su nombre y en el mí­o. Me hice vegana ( aunque cuando era vegeta consumí­a huevos de gallinas en libertad ), porque creí­ también -y ese es otro estrato- que no sólo la vida de los demás seres con quienes compartimos respiración y latido es esencial, sino que también, como la del resto de los seres humanos con los que similo fisonomí­a y digestión, y modo de caminar, y de llorar y de reí­r... , repudio esclavizarlos de algún modo, rentabilizar sus existencias, obligarlos a ser algo para mí­, en lugar de ser lo que deberí­an ser: todo para ellos.

La vida de cada una es individual e intransferible, pretender que tenemos algún tipo de poder sobre lo que vive a nuestro entorno es regresar al concepto racista, especista, clasista -y no sé cuántos €œistas€ más-, que en algún momento dado de nuestra historia nos condenó a señorear sobre las demás voluntades, destruyendo al perfecto animal vital que pudimos haber sido, y al que quién sabe si algún dí­a lograremos llegar a ser. 


Autor: Xavier Bayle