Polí­tica Zoológica

Cuando las animalistas reivindicamos mediante estrategias institucionales derechos para los animales, no hacemos sino tratar de enfrentar a la clase polí­tica con la historia, acuciándola a posicionarse y trabajar un progreso ético de la talla de la aboli

Polí­tica zoológica

 

 

"Cuando un hombre mata a un tigre lo llaman deporte, cuando el tigre mata al hombre lo llaman ferocidad", George Bernard Shaw

 

Existe un tema que me preocupa desde tiempos a esta parte y que, incluso, me inquieta bastante, y es el del uso de herramientas polí­ticas a la hora de defender a los animales. Todo esto viene dado gracias a que mi autoformación social ha tendido a un descrédito profundo de las instituciones, de los organismos. Cuya meta en la mayorí­a de los casos -cuya ideologí­a-, se establece por encima de las personas que lo conforman.

 

El totalitarismo de la revolución puede ser tan drástico como la dictadura de la injusticia, ello parece haber sido demostrado en múltiples ocasiones.

 

Yo querí­a hablar, concretamente en lo que a España se refiere y en cuanto al animalismo aboga, del PACMA, del Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal, una entidad que surgió hace unos años con la intención declarada de ser "un paraguas legal al movimiento animalista español", encomiable tarea, sin duda, incluso para las personas que, como yo, estamos dispuestas también a llevar a cabo, de forma individual, acciones paralegales e incluso ilegales por los bichos. Porque así­ nos sale y así­ nos duele.

 

Si he llegado a esta manifestación de disidencia social que acabo de mencionar ha sido solamente en base a un bien estructurado concepto de desconfianza hacia el ser humano y a la sociedad por él construida, siempre de un modo chapucero y barato, a costa de millones de muertas, colonizaciones, invasiones, atracos a mano armadí­sima. Quiero decir que no es gratuito este resquemor, sino fundado y bien fundado. Es por ello que el hecho de que conociera la existencia un partido polí­tico que dijera defender los derechos animales me causó una primera impresión condimentada por el delicado aliño de la suma cautela, reacción lógica si nos atenemos a los prolegómenos que he especificado y al abanico de fechorí­as cometido por la gente, al amparo del poder estatal y de la "razón de estado", la "disciplina de partido" y otras exquisiteces.

 

Conozco personal e impersonalmente a algunas de las componentes de este partido polí­tico, conozco los modus operandi que emplean y -salvando las diferencias metodológicas que obliguen a cambiar el mundo mediante las leyes y no mediante la voluntad ética-, creo que hacen una gran labor a la hora de dignificar el trato a los animales en España. Sin desmerecer un ápice a las asociaciones proanimalistas, cuyo trabajo -en muchas ocasiones impecable-, también conozco y apoyo. Pero cuidado, que esto que escribo no pretende tan sólo alabar al PACMA, sino plantear a quien leyera este texto, porqué el plano polí­tico es importante, con mesura, a la hora de luchar contra la barbarie sistemática que rige nuestro trato al resto de las especies, contra el especismo.

 

Llegado a este punto, tampoco me callaré en incidir, dicho sea de paso, en que, como vegana, estoy en contra frontalmente del consumo de carnes, en concreto, y, en general, de la curiosa divergencia que hace que un sector del movimiento animalista apoye selectivamente ciertos animales, y desprecie a otros. Me ha dado por suponer, más allá de todo esto, que defender el toro contra la taurofobia imperante -en el imperio uno, grande y relativamente libre que nos acoge-, pero ser capaz de comerse a su señora, la vaca, y vestirse con su cuero es un poquito así­ como machista, donde el individuo varón ofrece todo tipo de respeto pero la individua hembra es aturdida, desangrada, despiezada y deshuesada con la más flagrante impunidad, por ejemplo. Y aunque sé que es un proceso interno que necesita tiempo, tampoco deberí­amos relegarlo a lo "último por hacer en nuestra agenda". Lo dejo sobre la mesa, pero, por favor, que se revise. Y que nadie se me ofenda ni se me incomode, porque hay que bregar con nuestras incoherencias, pero sin llegar a institucionalizarlas, porque entonces ya no nos dirigiremos ni siquiera hacia nuestras propias palabras. Hay que decir que  NO con contenido, no sólo con forma, hay que decir que NO con emoción, no sólo con razón. Porque es esencial armonizar acto y  palabra, pues si no el mensaje pierde estructura y legitimidad, y acabamos jugando a la doble moral, acabamos haciéndole el juego al especismo que he mencionado, a la brutalidad elegante, a la historia mala.

 

Las animalistas, cuando reivindicamos mediante estrategias institucionales derechos para los animales, no hacemos sino tratar de enfrentar a la clase polí­tica con la historia, acuciándola a posicionarse y trabajar un progreso ético de la talla de la abolición de la esclavitud o el sufragio universal sin género. Les pretendemos obligar a hacerse responsables, en contra veces de su punto de vista, de la dimensión de sus cargos y su deber respecto a la sociedad. Es como presionarles para que sus decisiones se substraen en algo más que sisarle euros al erario público y engordar unos kilitos en el escaño estratégico; al fin y al cabo la clase polí­tica está a nuestro servicio, según reza la Constitución, aunque parezca lo contrario y gane terreno este concepto.

 

Las animalistas, las que defendemos a todos los animales, incluidos los humanos, les queremos recordar también que esos cargos públicos son en cierto modo prescindibles, puesto que los Estados hoy dí­a se rigen por una conducción dinámica de inercia sujeta a condicionantes globales, y que su valí­a como polí­ticas sólo se plasma en la capacidad que hayan adquirido para representar a la identidad de los pueblos, de su ética práctica, de la capacidad de proyección de los valores humanos en relación a si mismos y al resto de las especies y del medio ambiente.

 

En resumen, con qué actividades y costumbres desean ser reconocidos fronteras allende, con qué cultura interna identificar el nombre de un grupo social en un territorio. Somos predecesoras de un prisma de sociedad ética que enfoca otros paisajes dentro del mismo paisaje. A todas nos pertenece, por especie, el progreso tecnológico, pero el progreso moral -el contenido del continente-, es más importante porque parecemos a veces habernos olvidado de él. Más allá del aparato (trasto) del Estado, somos predecesoras de un ser humano más equilibrado y respetuoso; como el hacerse cargo de esa niña a la que se le puede enseñar a construir o a destruir porque aprenderá una u otra cosa como metodologí­a vital. Y pese a que potencialmente poseamos ambas tendencias, el cultivo predominante de la una o de la otra se traducirá en nuestro pensamiento/acto cuando podamos valernos por nosotras mismas.

 

Por todo lo expuesto acabé convenciéndome de que debí­a firmar con mis datos para conseguir la cifra suficiente de aspirantes a la candidatura al Parlament de Catalunya, que debí­a traicionar mi imponderable toma de posición al respecto de mi actitud polí­tica -escéptica, como reseñé, hasta la médula-, para que el PACMA pudiera traducir las voces de dolor y muerte que escuchamos ní­tidamente, inconfundiblemente, las personas sensibles a la tragedia, al holocausto animal. Y, aún más allá, que en las próximas elecciones al Parlament de Catalunya, desoyendo a la anarquista que me habita, votaré en favor de la única ví­a animal de carácter polí­tico que existe en España. Ojo que esto no es trivial: por vez primera en mi biografí­a haré uso de mi derecho a voto, después de veinte años de negarme a colaborar con el sistema democrático a medias que vivimos ya desde la desaparición fí­sica del fascista asesino. No es que haya visto la luz, sino que es la única luz que veo hasta la fecha. Y luce bastante templada.

 

Porque la lucha por la defensa de la pureza y de la inocencia, de lo cristalinamente natural como son las especies animales y los derechos humanos me ha conquistado, porque estoy enamorado de la vida y no solamente de mi vida. Porque soy un animal cultural, y practico la cultura, porque soy un animal económico y velo por un cierto bienestar del futuro, también soy un animal polí­tico; entonces, como tal, opino o disido en función de mi razón y de mi pasión. Si he decidido desnudarme por los animales, variar mi dieta por ellos, exponer mi integridad  fí­sica, invertir un porcentaje importante de mi biografí­a en su defensa, hacer y deshacer aún en contra de aquellos "principios" que he ido evolucionando, por qué no, entonces,  votar por los animales. Vamos a ver qué sale de todo ello: habrá que intentarlo.

 


Autor:
Xavier Bayle