Omnivorismo y orgullo

La fortuna de todos los animales serí­a que el término omní­vora dejara de usarse y practicarse como arma arrojadiza, como argumento blindado contra la ternura, como rasgo de identidad de la raza humana...

Omnivorismo y orgullo


€œEl ruido no prueba nada... Hay gallinas que cacarean como si en vez de un huevo hubieran puesto un asteroide€,  Mark Twain

Uno de los últimos poemas que escribí­, acerca del veganismo, concluí­a así­: €œno lo llaméis opción alimentaria / lo nuestro con los bichos es una historia de amor€. Y así­ quisiera que comenzara esto: Lo mí­o con los bichos es una historia de amor, que luego sentó unas bases que, pomposamente, alguien puede denominar pseudointelectuales, pero que jamás desvirtuarán la naturaleza de mi conducta hacia ellos, el origen de estas nuestras sagradas relaciones. Querí­a que quedara claro desde el principio.

El vegetarianismo es un término resbaladizo, como he comprobado. Hace unos meses una amiga me dijo que ella no era €œvegetariana estricta€ porque comí­a de vez en cuando jamón. Si no fuera porque sé que le importa más la salud que procura la dieta vegetariana que la ética animal derivada de ausentarse de ingerir bichos, me hubiera dado un pasmo su lectura de la palabra €œestricta€, la cual le permití­a el €œpequeño desliz€ de comerse la mutilación de un cerdo, muñón incluido. Pero bueno, una ya empieza a estar curtida de todo. Hasta el punto que cuando una va por ahí­ soltando ( en el contexto adecuado pero sin la vergüenza reglamentaria ), que es vegetariana estricta -vegana-, no falta quien, consciente de su falta ante la evolución sensitiva de la civilización, pero incapaz de enfrentarse a ella, socava con desplante €œpues yo soy omní­vora, y a mucha honra€, como si la diferencia fuera la comparable entre preferir el color verde al color azul, el caramelo de limón al de fresa, o tal escritora a tal otra. O, extendiendo conceptos, como quien hace unas semanas, me dijo que las vegetarianas viví­amos €œdel agua y del aire€. €œPues claro€, pensé €œcomo todas las criaturas sobre la tierra€, vaya lucidez...

A todo esto que, curiosa, me ha dado por hocicar la palabra omní­vora en el diccionario y me sale que es un término aplicable a los €œanimales que se alimentan de todo tipo de sustancias orgánicas€. Poca broma con la cuestión, porque si resulta que las omní­voras que se jactan de serlo y que lo defienden a capa y espada, se alimentan -tal y como vehementemente ellas mismas promulgan-, de todo lo orgánico, entonces bien pudiera desprender que incluyen en sus estupendos menús cotidianos a los desechos en estado avanzado de putrefacción o fermentación, a la mierda ( propia, o prestada para el evento / banquete ), y/o, lo que es peor, a sus propias madres, hermanas, vecindario inmediato, o bebés que se pongan a su alcance, lo cual último me sugiere, como mí­nimo, algo muy punible. Las vegetarianas decimos que comemos vegetales, y no hay más lectura; no decimos siquiera que comemos €œtodos€ los vegetales, como enfatizan con seguridad en sí­ mismas y en su discurso apologético, las homoní­voras. Omní­voras, perdón.

Pero, a los hados debido, no es tan fiero el león como lo pintan, ni tan glotona y golosa la omní­vora como ruge serlo. La mayorí­a de las homoní­vo...¡cachis!, perdón: omní­voras, establecen algún tipo de segregación a sus conductas €œtodo para dentro€, €œbicho que vuela, a la cazuela€, y demases. No sólo por los riesgos que para la salud implica, como sugerí­, el ingerir sustancias putrefactas o excrementos, sino, y en este caso, por la fama que ello les otorgarí­a en cuestión de segundos ( fama de guarra ). No sólo, tampoco en el otro caso, por la condena penal que les devendrí­a devorar a sus congéneres, sino -y aquí­ querí­a llegar- porque existe un códice ético que prima desde hace algunos miles de años, al respecto de que comerse a un ser con el cual puedes comunicarte o jugar a cartas es de mal gusto, además de una salvajada. Si las personas tan omní­voras de hace miles de años hubieran basado su dieta en el €œcanibalismo estricto€, no estarí­a aquí­ yo tecleando improcedencias, sino que seguirí­a siendo quizás materia celular primaria en el fondo del mar.

O sea, que las omní­voras se rigen por un principio ético. Empezamos a ir bien encaminadas, porque ello les otorga ante los ojos de la criba que la evolución sensitiva guarda para los seres humanos, algo así­ como un lugar donde tener almacenado el concepto de distinción entre los actos, entre lo bueno y lo malo. Y dentro del cual a lo mejor se les podrí­a atribuir otra conducta segregacionista a la hora de establecer qué es alimento y qué no, por ejemplo: comerse a su perro o a su gatita. Una omní­vora ( una parte de asiáticas al margen ), no se come a los bichos que le andan maullando o ladrando por la casa, ni a las circunstanciales cucarachas que se cuelan por todas partes, ni a las imprescindibles hormigas que habitan la tierra a razón de siete millones por cada ser humano. No, las omní­voras no son tan omní­voras. Tienen noción de que algo que ves caminar, mirarte a los ojos, pedir tu cariño o acurrucarse a tu lado ( eximiremos de tal probable a las cucarachas, las cuales despiertan un innato asco que sigo sin comprender ), algo que te echa de menos si no estás y que celebra tu vuelta, no puede acabar siendo el desayuno del sábado, el entrante de mañana o el postre con el cual obsequiarí­as a tus amistades. No, las €œmascotas€ no se comen.

Así­ que, yéndonos por los cerrajones ubetenses, esa €œmascota€ en cuestión,  no es sino uno de aquellos animales que tuvo sin saberlo la increí­ble suerte de poderse arrimar a la omní­vora ( occidental ), para que ésta la apreciara por otros valores que su sabor, y la defendiera de las gulas ajenas y de la suya propia. Un animal, dentro de los millones que mueren cada dí­a en nuestros degolladeros, que pudo demostrarle a la omní­vora que es capaz de sentir afecto, de expresar sentimientos, de procurarse caución ante el dolor y la muerte, como todos los animales, humano incluido, son capaces de hacer, y por lo cual -y por muchas otras cosas como el concepto de identidad, de tristeza, de soledad, de humor, de sociabilidad, de empatí­a intergenérica...-, tienen el derecho de vivir. La fortuna de la €œmascota€ es enorme, sí­, pero más allá resultarí­a afortunado que la omní­vora se descubriera pensando y sintiendo al uní­sono, pensando y sintiendo como cualquiera de los entes pensantes y sintientes, en mayor o menor grado, que pueblan con nosotras esta esfera azul aplastadita por los polos.

La fortuna de todos los animales del mundo serí­a que nadie se los comiera sólo porque son sabrosos ( que lo son, como las niñas lactantes -es de suponer- ), o porque no nos hablan en el idioma que comprendemos ( como las autistas, las personas en coma profundo, las... ), o porque somos más fuertes que ellos ( y que las bebés y las minusválidas ). La fortuna serí­a que el término omní­vora dejara de usarse y practicarse como arma arrojadiza, como argumento blindado contra la ternura, como rasgo de identidad de la raza humana, y que, a partir de esa ruptura con los obsoletos absolutos, pudiéramos ser capaces de estar abiertas a regular nuestra insaciabilidad, comiendo como se ama, con respeto, con dulzura, con empatí­a.

Hacerse vegetariana no nos convierte en unas alfeñiques, resulta penoso que en pleno tercer milenio aún se propaguen esas leyendas, de la talla de la supuesta virilidad que otorga el cuerno del rinoceronte o la danza de la lluvia o la astrologí­a (¿ qué le importarán a las estrellas que hoy tengamos un €œdí­a ideal para la amistad€ ?). Ni siquiera se trata tan sólo de una opción espiritual, sino de la máxima expresión del amor, que consiste en amar a aquellos quienes no tienen por qué amarte o que no saben. El vegetarianismo supone darle una esperanza a la tierra, que ya no aguanta tantas supuestas €œomní­voras€, y darle otra esperanza a los seres humanos que nacerán mañana y esperan encontrar algo vivo sobre la tierra, algo semoviente que no tenga dos piernas, cerebro cuadriculado, un alto concepto de sí­ mismo y una infinita infinita infinita gula.


Xavier Bayle


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