Anarquismo y veganismo

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La libertad y la dignidad, arietes del anarquismo antiguo y moderno, no son absolutamente nada si no hay vida para ejercerlas. No se puede establecer unas relaciones de poder proporcionales, sin admitir que, sin vida, no son posibles ni relaciones, ni pro
Xavier Bayle

Anarquismo y veganismo


En el paí­s donde vivo se da una curiosidad que, como muchas curiosidades, contiene horror: la frecuencia de hallar tiendas de artí­culos para animales €œde compañí­a€ que, además de venderle a una esos animales -como en el resto del mundo, y con la misma profesionalidad con que se vende una batidora o un juego de naipes, aunque sin instrucciones de uso-, se dispensan también enseres y artí­culos para practicar la pesca. Todo, como se ve, relacionado con los animales, la naturaleza, la ecologí­a...

Lo que pudiera parecer una rasgo nacional anecdótico, revela por el contrario, mucho más de lo que aparenta. Esa paradoja de facilitar artí­culos de amor y artí­culos de odio en el mismo centro no informa sino que estos son los dos materiales con los que tratamos a los animales. Repito: €œtratamos€, en lugar de relacionarnos con ellos los €œtratamos€, les aplicamos un €œtrato especial€, como decí­an los mandos de las SS acerca de las judí­as. Porque nuestro encuentro con el resto de las especies se basa en la posesión, en lugar de la equidistancia o el razonable interactuar. Y sobre posesión va hoy el tema. Y sobre dominación.

Este texto querí­a dedicarlo a las personas que se consideran anarquistas, tan anarkas como yo y que, como servidora -de nadie-, entienden que el ser humano puede y debe ser libre de toda atadura.

El anarquismo, según reza el diccionario, es una opción polí­tica, además de ( desvirtuándolo como suele hacer el diccionario con las palabras ), una tendencia inmoderada al caos y al barullo. Al márgen de estas gratuitas definiciones, tan populares como pseudofascistas, a nadie se le escapa, sin embargo, que, sumado a un ejercicio de libertad, el anarquismo se substrata no sólo en la libertad individual, sinó en la colectiva, en la capacidad y responsabilidad de que nuestro libre albedrí­o no supedite el desarrollo de la libertad legí­tima de las demás, asimismo que no condicione la dignidad de nuestras congéneres ( ni, por supuesto la nuestra ), y no atente contra la vida. La vida es muy importante para las anarquistas de hoy dí­a, que ya no vamos poniendo bombas a troche y moche, aunque motivos para ello y para más los haya en abundancia. El anarquismo, pues, es también una opción cultural, económica, emocional, intelectual y social, no sólo polí­tica.

El respeto por la vida, la libertad y la dignidad, en este orden, son la base del anarquismo, de un anarquismo que pretenda construcción y no solamente destrucción, aunque destruir sea en ocasiones preciso para construir, porque no se puede edificar nada sólido sobre los cimientos podridos de una estructura débil y deforme como la que sostiene la vicializacion -..., ! uy, perdón ¡: la civilización- actual.

Si se quiere construir algo nuevo, tiene que ser algo realmente nuevo, algo que no comulgue con los residuos anteriores. En lugar de una centralización de los gobiernos, la descentralización, la autogestión de los territorios para no masificar las decisiones, la horizontalidad del poder, el intercambio de servicios y artí­culos para destronar al papel moneda, la erradicación de las desigualdades sociales, la interrelación profunda entre las individuas de cada comunidad, la implicación social, y, por supuesto, la abolición de la esclavitud, ya sea entre seres humanos o contra el resto de los animales. No puede hablarse de anarquismo sin hablar de exoneración de la dominación de una clase social sobre otra ( clasismo ), de un sexo sobre otro ( machismo o hembrismo ) de una raza sobre cualquier otra ( racismo ),  o de una especie sobre otra ( especismo ). Sin el cumplimiento del compromiso de abolición incondicional de los mecanismos de exclusión que el sistema ha diseñado desde hace miles ( en algunos casos millones ), de años, no puede plantearse una sociedad, un mundo, totalmente nuevos, totalmente justos.

En el Estado Español una parte importante del anarquismo se come a los animales, algunas anarquistas de la vieja escuela, incluso, asistí­an a las corridas de toros y trabajaban en mataderos. Sobre este punto tengo una anécdota en la cual, hace algunos años, quise mostrar en un local anarquista del centro de Barcelona una exposición de fotografí­as sobre un matadero de ovejas. La activista que me atendió esbozó una sonrisa y me soltó a bocajarro que habí­a trabajado en uno. Huelga decir que jamás expuse allá. Pero esto sólo ilustra el tipo de concienciación que al respecto de la vida tienen las anarquistas. Otro ilustre ejemplo me lo ofreció una persona que se denominaba anarquista, y que hace un par de semanas me informó que no sólo era una gran anarquista sinó que tení­a una granja de animales, que cuidaba en condiciones magní­ficas...,  pero a los cuales degollaba cuando consideraba que su hora habí­a llegado. Lo cual me dice mucho de su catadura moral, me dice mucho de su concepto de libertad, de vida y de dignidad. O sea, que según desprendo, y sintetizando: en el Estado Español y en algunos otros donde el anarquismo presenta gran fuerza y presencia, la hegemoní­a plenipotenciaria, el usufructo del planeta y de sus vidas, todaví­a pertenece al ser humano. Importante descubrimiento dado que el anarquismo, que pasa por ser una actitud abierta, armónica y plural, no lo es en estos territorios, al parecer, un poco obscurantistas todaví­a.

Por suerte, y para no perder en este juego de hipocresí­as, incoherencias e incongruencias, también he sido dada a conocer a otros montones de anarquistas firmemente esclarecidas en su visión del mundo a construir, que son convencidamente vegetarianas e incluso veganas. Y que es a la conclusión a la que querí­a llegar.

La libertad y la dignidad, arietes del anarquismo antiguo y moderno, no son absolutamente nada si no hay vida para ejercerlas. O sea que creo que queda bien claro que no se puede establecer unas relaciones de poder proporcionales, sin admitir que, sin vida, no son posibles ni relaciones, ni proporción, ni poder, ni libertad, ni dignidad. Garantizar la vida no solamente es labor constitucional de los estados, sino una ley de preservación más antigua que el más antiguo concepto de estado. Entiendo pues que tanto para las anarquistas como para cualquier persona que se precie de colaborar con el cambio social ( un cambio que no pueda ser tildado de reformismo ), el veganismo es una condición imprescindible que debe llevarse a cabo con la mayor urgencia posible. Y por supuesto, de ninguna manera podrí­a considerar anarquista a una persona que asista a espectáculos taurófobos ( Albert Boadella, se me ocurre ahora, gran charlatán sobre anarquismo ), trabaje asesinando, detente un negocio basado en el asesinato, etc...

Podrí­a no ser tan exigente -no confundir con prepotencia-, y limitarme a promocionar el vegetarianismo, y de hecho bastante costará conseguir que la sociedad comprenda el vegetarianismo como un gran paso en el camino. Pero, en cuanto anarquismo se refiere y por lo que en él se promueve respecto a la libertad, la tiraní­a sobre los animales a los que usurpamos su leche o la usura hacia los que les arrebatamos sus huevos, su miel u otros subproductos, no cabe en una lectura de mundo libre y equitativo que pretenda tender a la autonomí­a de cada ser que lo habita, haya cometido el pecado secular y canónico de poseer cuatro patas, escamas o plumas. Un mundo donde nadie, teniendo alternativas como el ser humano tiene, ejerza sobre cualquier otro ser la razón de su fuerza, su brutalidad heredada, su opresión sistemática y su abuso de poder. En definitiva, su humanidad.


Xavier Bayle