Hubo siempre un lobito bueno

Hace algún tiempo que, acorralada por la incorruptible necedad de la raza a la que pertenezco, me dio por establecer una seria diferencia cualitativa -y cuantitativa, por desprendimiento-, entre las personas, llegando a dividir terminológicamente al géne

Hubo siempre un lobito bueno

 €œHabí­a una vez un lobito bueno
al que maltrataban todos los corderos€.
José Agustí­n Goytisolo
                                                  

Hace algún tiempo que, acorralada por la incorruptible necedad de la raza a la que pertenezco, me dio por establecer una seria diferencia cualitativa -y cuantitativa, por desprendimiento-, entre las personas, llegando a dividir terminológicamente al género humano en dos grandes subgrupos: las brutales y las sensibles.

 A todas aquellas personas que hayan elaborado unas conclusiones mí­nimas de la prehistoria y la historia mundial ( denominarla Universal lo encuentro pedante ), ya se habrán percatado en qué flagrante porcentaje las personas brutales, la incompletas, forman, como decí­a, un grueso mayoritario aplastante, pese  a que se disfracen con pieles ( arrancadas ) de oveja -demócratas de toda la vida, tutoras ejemplares y etcéteras-, llevan al lobo dentro.

Las brutales, hace miles de años que acorralan, despedazan y extinguen al canis lupus, allá donde se encuentre. Lo hemos reciclado y remodelado en forma de perro doméstico para amansarle las conductas y lograr que nos traiga las zapatillas, pero seguimos invadiendo los espacios naturales del lobo para poner allí­ el ganado de turno que satisfaga los paladares de una masa humana concentrada en la acumulación de lí­pidos y de enfermedades coronarias. Demasiados rebaños de ovinos, caprinos y bovinos que formarán las imprescindibles filas de condenadas a patí­bulo, a la gran fosa común que la humanidad ha decidido situar entre los riñones y el ombligo.

Las brutales matan al lobo para satisfacer su gula, y aunque me repitan sus argumentos hedonistas usando una aparente señal de razón para sustentar su actitud, no hay que ser sino un poco razonable -de Razón, digo-, para advertir la ruindad, la mediocridad espiritual, el especismo practicado por las brutales en cada minuto de tiempo que nos fue dado y en cada centí­metro de la común geografí­a planetaria.

 El humano es el peor enemigo del lobo y de todos los animales del universo ( no es preciso datar esta aseveración, baste echar un vistazo a qué hacemos con nuestras hermanas de especie ). El ser humano, habiendo consagrado la gula y la gastronomí­a como argumento axiomático contra aquellas voces que le sugieren comedimiento y caución, roba sus territorios al lobo, al oso, al ciervo, al urogallo, a la cabra montesa, al muflón, a... , peligrando la biodivesidad de todo animal que sobrepase cierto peso y tamaño. No queremos competencia, no existen lí­mites combinatorios a nuestro paladar. Esa pieza cóncava que ha causado y causará más destrucción que todas las bombas atómicas lanzadas hasta la fecha, esa cavidad que quemará más ecosistemas que toda la radioactividad vertida en la naturaleza en la historia de la energí­a nuclear.

La gente más lista usa su inteligencia para justificarse los vicios, priorizando sus costumbres y prolongar su punto de vista más allá de si resulta razonable o cauto, simplemente lo hacen porque es suyo. Así­ sucede con el veg*anismo. Pero hoy en dí­a ser veg*ana no es un acto espiritual o saludable... solamente, ser veg*ana es negarle también la legitimidad a una industria totalitaria e inhumana que mata para gozar de salud económica, ser veg*ana es ser absolutamente ecologista y no a medias, de un modo chapucero, reformista, ineficaz. Ser veg*ana es lo más antisistema que una puede llevar a cabo sin infringir la ley.

 Se está usando, por contra, ya demasiado el término €œsemivegetariano€, propio de las personas que ayer decí­an simplemente que comí­a muy poca carne, como si el número de cadáveres condicionara la ilegitimidad moral. Como si pudiera una ser una fascista a medias, una racista... pero no del todo, un poquito asesina, violador en ratos libres... , creo que todo esto forma parte de la ligereza identificativa de la civilización actual, botoxizada hasta las cejas ( en ocasiones DESDE las mismas ), a la par que cretinizada de qué modo. Y que usa la válvula de escape de las religiones para revestir sus embrutecidas €œalmas€ de un halo mí­stico que las engrandezca, y las diferencia cualitativamente de los animales. Digo todo esto porque, básicamente, se está trivializando una situación real demasiado terrible para ser ninguneada. De ese modo, a través de ese prisma de semivegetarianización de las personas, TODAS las personas, durante TODA nuestra historia hemos sido, somos y seremos vegetarianas, porque comemos TAMBIí‰N vegetales. ¿ No ?.

 En el mes de abril del año que concluye 39 cisnes fueron eliminados en la ciudad de Torun, en Polonia, se hizo mediar el aséptico método de la inyección cerebral de una solución mortal destinada a destruir todo el sistema nervioso de los cisnes, a licuarles la masa encefálica y provocarles una muerte tan rápida como dolorosa. Al parecer estaban contaminados de uno de los virus pertenecientes a las muchos cultivos de gripe aviar que están asaltando desde hace varias décadas las granjas masificadas de Asia, desde donde se exportan millones de aves €œde corral€ para abasto de las panzas del mundo. Las muertes humanas en los últimos años, desde que se detectara esta enfermedad, no han pasado de unas pocas, en cambio los animales sacrificados han ascendido a muchos millones, bajo el sagrado principio de caución al peligro alimentario y social que alarma a las consumidoras y a los gobiernos inteligentes que quieran conservar sus sillas. Los métodos de eliminación de los animales infectados pasan desde los golpes, las cámaras de gas o la incineración en vivo. No hubo ninguna diferencia ética: era un problema de superpoblación de seres enfermos y habí­a que hacerlos desaparecer de modo rápido y con poca dispensa de medios. Teorí­a capitalista al cien por cien: máximo benefí­cio, mí­nimo esfuerzo. Del mismo modo se acaba con los estorninos que manchan: a lo bestia, o se rastrillan conzienzudamente los fondos oceánicos para que nada parecido a la vida reste en ellos y la gente pueda seguir atiborrándose de pescado a bajo precio dejando auténticos y vertiginosos desiertos submarinos, o del mismo modo se hacen desaparecer millones de perros y gatos porque estan enfermos o porque no sirven para nada. Del mismo lobo que se está extinguiendo al lobo porque tiene la firme decisión de vivir en libertad, a su manera, o perecer.

 El inicio del declive en el proceso civilizatorio podrí­amos datarlo, con escaso márgen de dudas, en el momento exacto en que el regocijo natural del acto de vivir -dicha, por otro lado, compartida por el resto de los seres vivos, más o menos intelectuales-, pasó a degenerar hacia el simple mezquino orgullo de sentirse un animal humano. La comprensible tendencia de todo animal hacia su propia perpetuación fue a dar de bruces con la insostenible barrera que la humana levanta a su alrededor, pretendiendo además, testaruda, poder existir en un espectro superior a cuanto le rodea. La diferencia de los niveles artificales impuestos entre las especies por la raza humana, como cabe comprender, no existe de ningún modo.

 Los argumentos intelectuales dogmáticos en torno a los cuales el animal humano danza su rito de prepotencia, podrí­amos compararlos a la adoración tribal al tótem del fuego. Un mero gozo accidental y primitivo, sin fundamento estable. O acaso sin un fundamento más estable que el que podrí­a emplear, por ejemplo, la garza imperial para sustentar una hipotética superioridad sobre, por ejemplo, los animales reptantes o zapadores, basada en su elegancia y resistencia en el vuelo aéreo. Asimismo esos mismos animales zapadores o reptantes, defenestrados por la hipotética sobrevaloración personal que la garza ejercerí­a acerca de sí­ misma, pudieran sostener a su vez una especie de mí­stica hacia su persona, sustentada en su capacidad cavadora con respecto a la irrisoria capacidad para excavar que poseen, digamos, las medusas.

 Nada de cuanto construimos permanece en el tiempo, sin una labor de conservación, todo se vendrí­a abajo por las propias dinámicas naturales. Tan sólo, y es tan triste, nos sobrevivirán en los milenios los residuos nucleares, la contaminación y, en conjunto, nuestra capacidad de destrucción.
 Lo único transtemporal que el ser humano aporta al universo es su basura. Con lo cual la ecuación de que la máxima expresión del logro intelectual de nuestra especie es la basura. ¿Es acaso ese todo el legado que queremos dejarle a la historia de las que vendrán?.

 Xavier Bayle