Civilizándonos

Sobre la evolución, la alimentación, la ética...

Civilizándonos

€œ¡El amor es violento!: te transforma, mata tu vieja identidad... y es otra nueva la que nace. ¿ Estás dispuesto?€.
Jean-Claude Kauffman

Sólo existe un factor que diste de nuestro comportamiento moral de hace 400 o 200 años a la era actual en la sociedad civilizada. El vilipendio y la torpeza son los mismos, la atrocidad y la saña, la indiferencia de la agresión en armoní­a con su crueldad, eso persiste, sólo el factor ha variado. Ese factor es el ser agredido. El respeto y la voluntad de empatí­a eran igual a cero hace 400 años, cuando las negras (y cualesquiera tribu no rosada), formaban parte de la fauna mundial destinada a servir al ser humano. Bajo el mismo principio era usada la mujer hasta hace bien poco y, aunque persista el chantaje social o religioso para seguir sometiendo a ambas, tienen ciertos derechos de papel, al menos, en la cultura occidental.

Respecto a los animales, sin embargo, hemos empeorado. La propia dinámica de crecimiento poblacional impide centrarse en la mejora de la calidad de la especie (calidad moral, de armoní­a) pues el ser humano, carne y nada más, ha decidido abocarse en la cantidad. No importa si somos demasiadas: para eso está la astronáutica, para poder planear invadir otros planetas cuando el plan de destruir este acabe de funcionar a la perfección. Estrategia, como ya sabemos, que ya va viento en popa. Creced y multiplicáos, braman todos los fundamentalismos dogmáticos, no penséis, nos dicen: solamente reproducí­os. Para alimentar a toda la población humana ya es sabido que debemos hacernos veganas en masa. Porque ya no es equiparable ni sostenible la cantidad de terreno cultivable preciso para desarrollar un kilo de carne animal con respecto al necesario para formar un kilo de materia vegetal nutritiva.

Cada vez que las carní­voras hincan el diente a un trozo exquisito de carroña están también hincándoselo a una niña famélica asiática, sudamericana o africana. Es como canibalismo indirecto, una suerte de dieta elí­ptica que devora, además, doblemente: primero, al pedazo de cadáver bovino, porcino, ovino..., y después -o antes-, al ser humano condenado, que no podrá vivir por la carencia de los alimentos que fueron desviados para nutrir al animal ejecutado y convertido en compuesto de la industria alimentaria. Las carní­voras deberí­an meditar seriamente sobre esto. Pero pensar es fácil -tan fácil como excusarse los vicios y coronar la incoherencia-, sentir pensando es complicado, y el ser humano tiene al confort como el rí­o tiende al mar. Argumentos como que los animales son seres subordinados, de natural inferioridad intelectual con respecto a nosotras, son inmediatamente pulverizados cuando no usamos el diálogo para el sometimiento de los animales a nuestros intereses, sino la fuerza bruta. Cómo, pues, sino con sadismo, se puede matar un cerdo de 300 kilos, someter a un tigre siberiano o a una orca, o arrancarle la piel a un zorro adulto. La fuerza fí­sica es admirada generalmente por quien carece de ella.

Manifestando así­ su condición voluntaria de esclavitud a ese concepto. También es admirada por quien la posee, entonces pasa a ser como una especie de amor propio superdesarrollado, la persona se ama a sí­ misma, o, lo que es peor, a su aspecto. La sociedad está basada en los aspectos, nada nuevo. La fuerza fí­sica -y su carencia-, sin embargo, se manifiestan con mayor eficacia cuando el escenario es el adecuado. Una guerra, por ejemplo, desata y trabaja las pulsiones que la fuerza bruta ejercen en el alma social ya en tiempos de paz. Los conceptos de agresión, posesión y supervivencia se mezclan caóticamente, violentamente. No menos caóticamente que en tiempos de paz, pero con más ferocidad, provocando terror, barbarie, destrucción de la lógica... e involución, por supuesto. Pero sucede que no, que nuestra adaptación al medio NO es la fuerza fí­sica, sino la intelectual, en ello parecemos estar de acuerdo. Pero ¿y la ética? ¿es precisa la ética para sobrevivir?: por supuesto que no, para nada. Podemos ser completamente ciegas, mudas, sordas a los estí­mulos delicados de la sensibilidad y el respeto al entorno... engordando y acumulando riquezas. Es más: cuanto más carezca el individuo de escrúpulos tanto más éxito social se adquiere. Lo que ocurre es que necesitamos la ética para evitar que afloren los efectos secundarios de la inteligencia: la indiferencia y la ignorancia voluntaria, porque no hay animal más profundamente social y antisocial al uní­sono que el ser humano. Somos la gran contradicción, la llevamos en los genes.

Pero ello no significa que debamos aceptarla, la voluntad de mejorar la especie no se basa en educar a las hijas (esperando que ellas alcancen la calidad moral que nosotras no estamos dispuestas a a alcanzar), de la mejor manera posible -que también-, sino de trabajarse a una misma, de crecer interiormente... de no delegar lo indelegable: los deberes para con una misma. Aquellos deberes inherentes al grupo social, a una comunidad animal basada en el obligado equilibrio, cuyo quebrantamiento nos aboca en la soledad, la ruina y el desierto. En los documentales sobre animales salvajes en su medio, por ejemplificar, especialmente cuando se habla de depredadores, inciden muy especialmente en los perí­odos vitales de la cacerí­a. Eso nos fascina como asesinas pasivas, y nos justifica con las leyes de la vida, ante quienes creemos que matar es horrible, por activo o por pasivo.

En los documentales, digo, de depredadores (guepardo, mantis religiosa, leona, camaleón...) no muestran con vehemencia, con la equivalencia adecuada, ese porcentaje ampliamente superior del tiempo de la fauna dedicado a holgar, a jugar, a hacer el tonto, a fornicar o masturbarse, a estirarse y revolcarse en la superficie elegida... : los animales tienen mucha más vida de paz que de violencia, sólo que eso no vende a la ansiosa televidente, que absorbe los mensajes de violencia necesarios para justificar la masacre indirecta de sus tres comidas diarias, de la ropa que le viste, del sillón de piel en el cual ve la tele, de la vivisección y la tortura que contienen sus productos de belleza e higiene corporal y doméstica, de su connivencia con el horror de la civilización. Sabemos que queda mucho por hacer, por cambiar, por comprender y asumir, pero nos hallamos indefectiblemente, desde hace cuatro millones de años, en constante evolución, es nuestro destino, no le pongamos trabas. La dimensión de lo que desconocemos siempre será superior a lo que ya comprendemos.

Xavier Bayle

 


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