Tra-adicción

Otro año más de tradición subnormal, del Toro de la Vega en Tontesillas, Valladolid, Ejjpaña.

Tra-adicción

“El dinero puede comprar un reloj, pero no el tiempo”

Precepto chino

El alcalde de Tontesillas probablemente tiene vagina y probablemente asimismo todavía menstrua, pero es un tio, sin duda, delatando estentóreamente su complejo de inferioridad, su freudiana envidia de pene o su simple y funcional apego -vulgo adhesivación-, al cargo que ejecuta. Sólo así soy capaz de comprender el Toro de la Vega. O de la Verga, como parece realmente ser por aquellos lares.

Dejando de lado el tema de que los machos debemos dejarnos los cojones en el lavabo después de ducharnos porque andamos jorobados del peso que nos causa -o quizás luchando por mantener la verticalidad contra ese peso andamos demasiado erguidos, altaneros y soberbios-, resulta indignante que miles de personas persigan a un animal acorralado y lo linchen mientras sus cuerpos alcoholizados por la alegría del festejo patrio, exhiben sus coeficientes bajo minimos, sería cosa de burla y escarnio de no ser porque el toro sufre de verdad, se caga de verdad de miedo, y muere desangrándose ante el populacho ebrio de subnormalidad no diagnosticada y adicto a la tradición. El alcalde de Tontesillas, probablemente los cojones más sui generis de Valladolid, financia con dinero público esta tortura en el nombre de valores que ya nadie con una caja craneal y un costillar lleno de algo toma en serio. Los argumentos del Toro de la Verga, curiosamente, coinciden con algunos de los empleados por el Ku-Klux-Klan y el neonazismo actual, porque ya aprendimos que el ser humano es un animal tan fascista como su voluntad de negar este hecho. Como aprendimos que existen personas de ochenta años con el alma liviana de las niñas y personas de veinticinco que apestan a naftalina.

Existe en Ejjjpaña cañí muchas deficiencias económicas que son tratadas de un modo ciertamente subdesarrollado, la calidad en la enseñanza publica, el ingente problema de la especulación y la vivienda, el terrorismo de estado (más terrible que el convencional), los sueldos miserables de la esclavitud -pertinentemente rebautizada como trabajo temporal-, la situación lamentable del racismo, que anda necesitando otra campaña informativa a escala estatal, etc... Los millones de euros que derivan en subvencionar la orgía de sangre que supone la figura del toro (emblema nacional), bien pudieran utilizarse para tratar de paliar estas carencias. Que no es lo mismo financiar el arte que el asesinato, vamos, digo yo. Que lo de Quincey era una broma literaria y sólo las más tontas no la pillan.

Los gobiernos, por otro lado, únicos responsables de cuanto sucede en cada territorio (al igual que los pueblos pero con poder para reconducir la gestión de los recursos), son una masa amorfa minuciosamente adiestrada en ignorar, en abandonarse a la inercia de la costumbre e incluso en identificarse con esa ignorancia.

No obstante, muy muy paulatinamente, avanzar.

Ahora se me ocurre, yendo más allá (o más acá, según se mire), que tratar de hablar de veganismo a una especie que acribilla un animal pacífico (tanto como pudiera serlo el ser humano) a lanzazos, o rentabiliza durante cuatro años la vida de un toro, esperando pacientemente el peso adecuado para luego comerciar con su muerte, es de ingenuas. El pueblo llano nos busca las antenas cuando decimos que no usamos animales para existir, que compramos con responsabilidad y mesura, para ya definitivamente preguntar de qué planeta venimos con la sorna de quien cree haber confeccionado un chiste destinado a conmocionar los cimientos de la historia del humor. Ignorando al mismo tiempo -la base del pueblo llano, ya lo dije-, que no hacen sino vilipendiarse a sí mismas, como las personas que asisten a un linchamiento público -tauromafia para las entendidas-, con el mismo derecho legal y democrático de quienes practicaron sufragio universal en favor de Hitler. Y aunque pudiera parecer que somos adictas al rechazo nada querríamos más que la sociedad adoptara este método de no violencia ni rentabilizacion que se usa contra los animales no humanos, y por extensión con los humanos.

La incoherencia individual es cómplice de la indiferencia colectiva

La guinda del pastel la colocó Juan Carlos Illera del Portal (Director del Departamento de Fisiología Animal de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid... largo título para un simple pseudocientífico), manifestando hace poco que el toro segregaba betaendorfinas a manta cuando lo acribillaban, o sea que para él era un manjar esto de ser trinchado en la plaza. Si las veterinarias salen licenciadas como él, dios nos asista, este país va a convertirse en un saco de mierda, porque eso quizás significa por ejemplo también que las mujeres pegadas -poseyendo esa cualidad como muchos animales de reaccionar químicamente ante el dolor-, esperan con ansia la vuelta del marido cabreado para recibir su éxtasis místico de hostias cotidiano. Cada especie a su nivel de segregación hormonal, claro está, no vayamos a confundir y mezclar especies, ¿verdad?.

Respecto a la contra vale replicar que, enfocadas desde el prisma de la efectividad y la popularidad a corto y medio plazo, cualquiera de las luchas llevadas a cabo durante la historia de nuestra especie en aras de la evolución ha resultado, como mínimo, ingenua, cuando no tachada de aparentemente inútil, irrisoria o digna de exterminio. El ser humano, desde hace millones de años y hasta muchos años más se enfrenta al ser humano, pues no sabemos dejar de ser animales en cuanto a lo primario de nuestro conocimiento, sólo que hemos pervertido el formato. Pretender que Leonardo Da Vinci sea comparable al subnormal no diagnosticado (y delincuente, según código penal), que ejecutaba el ademán de sesgar el cuello de las manifestantes en Tontesillas en septiembre es -ahí si-, irrisorio, ingenuo y a todas luces inútil. Del mismo modo que creemos ser mejores que el ejercito nacionalsocialista o las paramilitares brasileños, podemos sin duda hablar de calidades humanas.

No tengamos miedo a abrir un debate sobre la supremacia de las personas con respecto a las gentes, el extrapolarlo a un derecho no legislativo o al exterminio es demasiado extrapolar sin embargo. Pero diferencia, haberla, haila. Con diferencia, yo me considero mejor éticamente que aquella basura que viola niñas o comercia con sus órganos, y conmigo millones de personas por supuesto. Existen como sugiero calidades humanas. Pudiera confundirse esta afirmación con la esencia del fascismo, no se me escapa, los límites y las orientaciones por otro lado dependen de muchos y profundos y altos factores éticos, anímicos, intelectuales muy de vez en cuando, y sin duda emocionales, pero el facto esencial de unas gentes poniendose cachondas hablando de armas o acariciando pistolas, afilando lanzas o fascinadas ante la imagen de un toro traspasado por una espada, vomitando grumos de sangre e incapaz de respirar, y ser capaz además de llamarlo arte es vomitivo y provoca indudablemente escepticismo entre las humanistas y las personas que saben y sienten que la evolución continúa y que en ciertos temas estamos a la altura moral de hace miles de años.

Los cuatrocientos años de la vivisección son como los quinientos del Toro de la Vega de Tontesillas, Valladolid, Ejjpaña, otro modo de canalizar frustraciones a costa de sangre inocente.

Algún día se hablará del siglo XXI como nosotras ahora hablamos de la Edad Media, donde los seres brutales y la escoria propagaban y apoyaban las matanzas y las desigualdades, blindando leyes y situaciones sociales en pro de sus costumbres y caprichos. Estaremos muertas y no podremos constatarlo, pero asi será. Mientras la situación mundial contra los seres no humanos siga teniendo estas dimensiones y esta impunidad, mientras el terrible sufrimiento impuesto por nuestra mano hacia seres esclavizados de por vida, tratados como mercancías minerales, siga gozando de tanta salud y tanta ignorante ceguera intelectual y emocional, no podemos denominarnos mejores ni evolucionadas, ni siquiera podremos aspirar a erradicar la violencia entre las individuas de nuestra propia especie. No podremos denominarnos especie entre las especies, sino contra ellas. Contra todas ellas, incluida, ya lo dije, la nuestra.

http://xavierbayle.republika.pl


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