No mire al toro

Sé que es solo un problema mí­o. Es que debo tener una incapacidad congénita para entender la belleza, el señorí­o, la tradición, de eso que llaman fiesta brava. O tal vez ocurre que las poquí­simas veces que ido a una corrida no he podido evitar mirar al

No mire al toro

Sé que es solo un problema mí­o. Es que debo tener una incapacidad congénita para entender la belleza, el señorí­o, la tradición, de eso que llaman fiesta brava. O tal vez ocurre que las poquí­simas veces que ido a una corrida no he podido evitar mirar al toro.

Me han dicho que es incomparable, pero a mí­ la fiesta se me pierde porque solo puedo atender a la mirada de impotencia de esa mole gigante que, por mucho que me digan que fue criado para eso, no sabe qué diablos le está ocurriendo, ni entiende por qué unos sujetos que nunca ha visto le hincan el cuerpo, le pasan un trapo rojo por la cara y, al final, le hunden una espada en el lomo hasta la empuñadura.

Sí­, claro, los brutos no piensan. Y eso me produce más escalofrí­os porque el toro no es capaz de procesar lo que le pasa. Como un cachorrito de perro no procesa por qué lo meten en una bolsa y lo tiran al rí­o. í‰l no entiende que es el protagonista de una obra de arte y su única defensa es irse por delante y agarrar a cornadas aquello que le molesta. Porque él solo tiene cuernos. No muerde, no patea, no tiene veneno que inocular. Y, como me decí­a un amigo, si los toreros son tan valientes, ¿por qué no torean leones hambrientos?

Tendré que educar mi sensibilidad. Como los aficionados a las snuff movies, quienes, donde todos los demás vemos la más cruel de las perversiones, solo admiran el asombroso espectáculo de la muerte humana. Al igual que los aficionados al toreo, tal vez solo son unos artistas incomprendidos.

Maritza Espinoza. Editora del suplemento Domingo del diario La República