Poesia de Erica Jong

"Antes, los animales y el hombre fuimos uno.Y aunque ahora ocupamos cuerpos separados, el amor persiste," dijo una vez el sultán Saladino, quien era medio poeta también.

La poesí­a de Erica Jong

"Antes, los animales y el hombre fuimos uno.  Aunque ahora ocupamos cuerpos separados, el amor persiste", dijo una vez el sultán Saladino, quien era medio poeta también. Entre los poetas que más han cantado a ese amor fiel, constante y puro que existe entre el humano y los animales, me encontré a Erica Jong, una hermosa judí­a norteamericana que dio bastante guerra en la década de los 70 cuando escribió la novela Miedo a volar. Feminista, lenguaraz y pavorosamente erudita, Erica Jong es además una gran poetisa y defensora de los derechos de las minorí­as, las mujeres y los animales.

Entre sus otros escritos en prosa está la novela Cómo Salvar tu Propia Vida, que también leí­ y recomiendo, pero es en sus poemas donde Erica más nos asombra y tiene una cualidad rarí­sima que comparte con grandes como Guillén, Blake, Guillermo de Aquitania y Solimán el Magní­fico: nos arranca una sonrisa involuntaria.

Una de mis tareas cuando estudiaba lenguas fue traducir poesí­a, y he aquí­ un ramillete de bellezas de la pluma de esta brillante judí­a gringa.

 

 

Mejores amigos

Los hicimos
con la imagen de nuestros miedos
para llorar en las puertas, en las despedidas-
aún las más breves. 
A rogar por comida en la mesa
y para mirarnos con esos ojos
enormes dolorosos,
y para quedarse a nuestro lado
cuando nuestros hijos nos huyen,
y para dormir en nuestras camas
en las noches más oscuras,
y temblar cuando truena
como nosotros en nuestros
miedos infantiles.

Los hemos hecho de ojos tristes,
amorosos, leales, miedosos
de la vida sin nosotros.

Hemos cultivado su dependencia
y pena. 
Los mantenemos como recordatorios de nuestro miedo.
Los amamos
como los anfitriones sin reconocimiento
de nuestro propio terror
de la tumba-y del abandono.

Sostén mi pata
que me estoy muriendo.
Duerme sobre mi ataúd,
espérame,
con ojos tristes
en medio del camino
que hace curva más allá de la pared del cementerio.

Te oigo ladrar,
yo escucho tu aullido luctuoso-
oh, que todos los perros que yo he amado
lleven mi ataúd,
aúllen al cielo sin luna,
y se acuesten conmigo durmiendo
cuando me haya muerto.

Autora: Cecilia Ruiz de Rí­os, publicado en Bolsa Cultural (enero, 2001)