Au lait
"¡ Con leche !", "¡ con leche !", vociferan entusiasmadas nuestras vecinas francesas en las plazas de toros. Desde lejos, donde las agencias turísticas las apalancan, no pueden oír los estertores ni los gemidos agónicos del toro muriéndose en manos del lider, cuyo coeficiente intelectual -ya es hora de hablar del coeficiente intelectual de los toreros ¿ no ?-, dista mucho del de, pongamos, una catedrática en, pongamos, filología arábiga o en medicina nuclear.
Las corridas de toros, las "bullkills", aguantan porque la búsqueda de la autenticidad pasa en numerosas ocasiones por la ignorancia. De facto, miles de turistas que asisten a las plazas, lo hacen imbuidas por las lecturas de literatura que, al respecto, apologizaron la barbarie en manos de escritoras visiblemente insensibles al dolor del animal no humano. "Tierras lejanas, grandes mentiras", dice el refrán, claro, por eso hay que ser bastante taruga para creerse que en Italia solamente comen pizza y fettuccini, o que las chinas comen todas con palitos. No, miss Smith, la base alimenticia de las españolas no consiste en sangría, paella, carajillo y faria, ni en España se va una a comprar el pan con la bata colorá. Las catalanas, por otro lado, sólo usamos la barretina los viernes no laborables, madame.
Hay mucho mito en aquello de las tradiciones, mucha basura. Podríamos dedicarnos a las miles de atávicas costumbres que no precisan matanzas, pero potenciamos la tortura y el derramamiento de sangre a falta de una guerra como dios manda, somos así de sanguíneas... ¡ hasta que nos enfrentamos a la sangre !: entonces nos acobardamos: como toda hija de vecina: como toda persona que ame la vida. Hemingway fue tan valiente que se metió una bala en la sien, enloquecido; por ello no nos sirve de ejemplo de amante de la vida, sépalo, frau Bergmen.
Las turistas vienen a la península buscando el sol, el alcohol barato, y la sangre legal. Somos un país de camareras. Me consta que seguirían viniendo si eximiéramos la barbarie, sólo fuera por la coherencia que debemos a los tiempos que corren; pero las agencias insisten en ofertar dentro de sus paquetes promocionales, la posibilidad de meterse a sudar unas horas al sol de agosto en un anfiteatro, y ver esa espeluznante obra de asesinato, con sus lentejuelas horteras y sus colorines, que supone que den las cinco de la tarde en las plazas españolas. Un teatro pánico que revuelve las tripas a más de una. A estas alturas de la fiesta aún me
sorprende que el suelo los tendidos de las plazas de toros no sea absorbente, habrá visto más de un vómito. A los turistas habría que explicarles que la benemérita alegría de las españolas no pasa, no debe pasar, por tajarle los pulmones a un animal de setecientos kilos, por muy fiero que lo pinte la leyenda.
Aunque de la fiereza del toro "bravo" hay demasiado que objetar... Por todo esto sospecho que uno de los objetivos de la lucha anti-tauromaquia debe ser el boicot y la presión a las agencias que, engolosinadas con la perspectiva de divisas, no distinguen entre llevar a las intrépidas y enajenadas extranjeras a un tablao cutre con rótulo de neón, o meterlas en un circo romano a que se les dispare la adrenalina viendo tronchar, humillar, ejecutar y mutilar a hermosos cuadrúpedos (si feos los hubiera ), que nos miran antes de morir, asustados como niñas perdidas, bajo el argumento de que todas las españolas, para ser quienes somos, hacemos eso desde tiempos inmemoriales y que somos un ejemplo de cultura, sobriedad y nobleza. Toma del frasco, carrasco. Si ello fuera así, oiga, que me den de baja de española...
Las corridas de toros deben acabarse YA, como se han erradicado -para mayor gloria de la evolución-, otras muchas festividades brutales en un mundo que se pretende civilizado. Hace falta ser un buen humano para disfrutar destruyendo al hermano animal....
No se me ocurren demasiados motivos más por los cuales debamos eliminar esa tradición, no creo que hagan falta razones más allá de la Razón. Soy tan ingenua que pienso que la visión de sangre vertida es suficientemente evidencial y horrorosa para tratar de detener la hemorragia, sea en el animal que sea, camine con el número de patas que camine. El precio de la vida es incalculable, digan las transnacionales lo que digan, digan las dictadoras y las asesinas lo que digan, digan las agencias turísticas lo que digan.
Y, por favor, no me aduzcan la demanda turística a favor de las corridas, ni la extinción de una raza creada para ser matada en las plazas. ¿ O acaso si se permitiera al occidental observar las lapidaciones de mujeres infieles que la ley islámica ejecuta, las agencias de viajes incluirían en sus tour la posibilidad de contemplarlas morir ?.
Xavier Bayle










