Encontrando al Otro: Hacia una Antropologí­a de los animales

En uno de su viajes solitarios a través de lo que entonces era el inhóspito Sahara español, a principios de los años 60, Jean-Claude Armen (alias Auger) se encontró con un niño viviendo entre una manada de gacelas... - Barbara Noske

Encontrando al Otro. Hacia una Antropologí­a de los animales

 

En uno de su viajes solitarios a través de lo que entonces era el inhóspito Sahara español, a principios de los años 60, Jean-Claude Armen (alias Auger) se encontró con un niño viviendo entre una manada de gacelas.

Los niños ferinos o niños lobo (clasificados por Linneo como Homo ferus) siempre han estado rodeados de una considerable controversia. Muchas personas se niegan a creer e incluso les horroriza pensar que los animales puedan adoptar niños y, lo que es peor, enseñarles a actuar (y pensar) como ellos. Encuentran difí­cil de digerir la idea de que los animales construyen culturalmente su propio mundo ¡no digamos la de que los animales puedan activamente marcar [imprint] a los humanos con su cultura! La mayorí­a de los niños hallados entre animales efectivamente desplegaban marcadas caracterí­sticas animales: frecuentemente caminaban a cuatro patas, usaban signos comunicativos de animales, exhibí­an un comportamiento animal y no tení­an lenguaje verbal.

Por ejemplo, se reportó que Amala y Kamala, dos niñas encontradas juntas en un cubil de lobo en la India en los años 20, huí­an a cuatro patas ante cualquier ser humano[1], y que tení­an gruesas callosidades en sus codos, rodillas y en las eminencias tenares e hipotenares de sus manos, así­ como coyunturas inusualmente fuertes y gruesas en las muñecas, codos y rodillas.[2] Las niñas tení­an un poderoso sentido auditivo y un agudo sentido del olfato.[3] Estaban particularmente alertas por la noche; después de medianoche nunca dormí­an, y permanecí­an en constante movimiento. El menor ruido llamaba su atención.[4] Emití­an gruñidos, ladridos, gemidos y chirridos y aullaban para hacer contacto con sus antiguos compañeros, los lobeznos que habí­an sido capturados con ellas en el cubil.[5] Las niñas tení­an apetito por la carne cruda y la carroña. Su captor, el Reverendo Singh, quedó atónito al descubrir que una de las niñas ahuyentó del cadáver de una vaca a unos buitres de una manera bien practicada y realizada, a pesar de que los buitres eran mucho más grandes que ella.[6]

Otros niños adoptados por animales también desarrollaron un comportamiento animal. Muchos podí­an olfatear y oí­r mejor que cualquier humano, y aparentar insensibilidad a los cambios de temperatura.[7] Todos los niños lobo olfatearon su comida y se olfatearon entre sí­ como lo hacen los perros.[8] Incluso después de haber sido capturados y reintroducidos en la sociedad humana, muchos de los niños ferinos continuaron mostrando al menos algún comportamiento de tipo animal y casi ninguno de ellos aprendió a hablar apropiadamente.[9]

Esto ha fomentado la creencia, incluso en alguien como Lévi-Strauss, de que por principio estos niños deben haber sido retardados mentales.[10] Se pensaba que por ser anormales o retrasados habí­an sido abandonados deliberadamente por sus padres humanos originales y que entonces un animal los habí­a adoptado. Otros creen que estos niños eran normales al principio pero que quedaron frenados en su desarrollo a consecuencia del tiempo pasado entre animales.

Al examinar la literatura acerca de los niños ferinos, una queda pasmada por el patente tono de antropocentrismo (un humanocentrismo apuntalado por una noción preconcebida de humanidad). En primer lugar, los niños criados por animales frecuentemente son amontonados de manera descuidada con otros niños criados en completo aislamiento social y con niños criados en confinamiento severo. Los tres tipos se conocen con el nombre de niños-lobo o ferinos y caen bajo el encabezado de "privación social" o "frustración afectiva".[11] Lo que está tácitamente implicado es que esa sociabilidad y afecto deben ser caracterí­sticas exclusivas del orden humano.[12]

En los últimos 600 años, cerca de 50 casos de adopción animal han sido registrados, la mayorí­a de ellos en Europa y Asia y algunos en ífrica. Muchos de estos casos refieren a lobos como animales que adoptaron niños, otros a osos, leopardos, una pantera, un león, monos, ovejas, cerdos, ganado, varias especies de aves y hubo tres casos de adopción por gacelas.[13] La evidencia documental de estas adopciones y "aculturaciones" ha sido flaca y fragmentada a veces, sin duda como resultado de lo remoto de los lugares del descubrimiento y â€