El 'lobby' animal

Tú también eres militante, formas parte del lobby, me decía el secretario de Estado Jorge Fernández Díaz, sin entender muy bien sus palabras, esa misma expresión usó para saludar a Bet Font, diputada de ICV-EUiA en el Parlament, y a la abogada Magda Oranich.Al fin existe algo superior a la disciplina de partido, una circunstancia que va más allá de las afinidades personales: los derechos de los animales.

28 febrero 2004
Internacional.

Tú también eres militante, formas parte del lobby, me decía el secretario de Estado Jorge Fernández Díaz, sin entender muy bien sus palabras, esa misma expresión usó para saludar a Bet Font, diputada de ICV-EUiA en el Parlament, y a la abogada Magda Oranich.Al fin existe algo superior a la disciplina de partido, una circunstancia que va más allá de las afinidades personales: los derechos de los animales. Son muchos más: Josep Maldonado (ex delegado de la Generalitat), Jordi Martí (diputado de CiU), Tita Cervera (la baronesa Thyssen) y decenas de personajes públicos que utilizan en lo posible el poder de su cargo para defender a los que no pueden defenderse. A los animales les hemos arrebatado sus derechos y lo justificamos con leyes hechas a nuestra medida humana. Pero la evolución es imparable, los unos por experiencias personales, los otros por convencimiento, cada vez son más los que se sienten militantes de un partido jamás creado y que no existe. Ayer se clausuró el primer Congreso sobre los Derechos de los Animales, que tuvo lugar en el Colegio de Abogados, y en él se escucharon verdades insultantes para el ser humano: la ley sigue considerando al animal como un objeto y ante la ley es una propiedad igual que un mueble. La ley que desde hace unos meses considera delito, y no falta, el maltrato a un animal casi nunca se aplica, no hay ninguna ley ni española ni europea que reglamente los derechos de los animales como ocurre, por ejemplo, en la Constitución alemana. Aquí, la mayoría de los legisladores hacen leyes para aparentar, no para resolver, para contar a gritos que lo han hecho bien, nunca para aplicarla con rigor. La existencia de las corridas de toros es un ejemplo de cómo la crueldad puede confundirse con el arte por intereses creados. En el Congreso reciente, Jorge Riechmann, profesor de filosofía moral, contó que en China se aplicaba un tipo de tortura a los condenados en la que durante hora y media se les clavaba cuchillos para provocar una muerte lenta, el torturador defendía esta práctica al considerar que no era tortura, sino un concepto distinto del arte. Esto que entendemos todos como una aberración no sucede cuando hablamos de las corridas de toros. Los humanos no hemos aprendido a ser adultos, seguimos siendo sádicos, innobles y sin valores morales que sustenten nuestra existencia. El teólogo Salvador Panikker defendía esta semana por televisión los derechos de la Tierra, no como algo que cedemos los humanos para protegerla, sino como un bien propio que ella posee y es incuestionable.

En el Congreso sobre los Derechos de los Animales se escucharon voces muy distintas, las de la asociación Animal Help pidiendo una investigación acerca de los cientos de perros que se exportan desde España a Alemania, posiblemente para experimentación científica, la de los voluntarios de la antigua perrera municipal suplicando mayores y mejores medios para mantener en condiciones dignas a los perros que abandonamos, ahora que ya no los sacrifican, incluso se escuchó la voz de partidos desconocidos que se presentan a las elecciones del 14 de marzo como el PACMA (Partido Antitaurino Contra el Maltrato Animal). La grandeza de aquellos que protegen los derechos de los animales es que mientras les defienden actúan como personas.

Albert Castilló
Periodista

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