Me gustó más el libro
€œQuien no encuentra en la poesía o en los cuadros más de lo que el artista ha puesto en ellos no debería jamás leer un poema ni mirar un cuadro€, Nataniel Hawthorne
Ricardo Franco, en 1975, rodó en España su película €œLa familia de Pascual Duarte€, según novela homónima del hiriente iriense, falangista censor, aerófago olímpico, machista, hidroabductor anal, exigente de la decapitación de Julio Llamazares y premio Nóbel de literatura ( que es lo que respetará la historia oficial ), Camilo José Cela. La película fue nominada en Cannes quizás por los subsiguientes motivos que capté al visionarla:
En el minuto treinta y cinco de su desarrollo, el actor principal, José Luis Gómez, descerraja un tiro de escopeta en la cabeza de un perro cazador, del perro que lo acompaña en sus cacerías. La escena no tiene truco, el actor revienta el cráneo del animal en vivo y para la posteridad, el cual queda, eso sí, humanitaria y rápidamente muerto en el acto, según los preceptos del director, sin duda un gran amante de los animales, y un gran gastrónomo a su costa, como el resto de los guionistas. Aunque, volviendo al crimen, justo en el momento en que el actor dispara al confiado can, se sucede un imperceptible cambio de plano y -más evidentemente-, de color de emulsión que me ha sugerido que quizás el muy desgraciado errara la puntería ( un blanco a tres metros... ), y debieran repetir la escena con otro perro idéntico al anterior, descerrajándole otro disparo. Claro, desconozco esos datos, aunque no me extrañaría: casi treinta años después, en Estados Unidos, durante el rodaje de €œBabe, el cerdito valiente€, fue preciso que murieran 48 €œcerditos valientes€.
Regresando a Franco, veinticinco minutos más tarde el mismo actor, dotado de una vocación artística y una estoica fuerza de voluntad, apuñala a navajazos a una mula, con vehemencia tal que en pocas puñadas más acaba derribándola y matándola, igualmente ante las cámaras y sin ningún género de reparos ni economía de sangre. Se matan otros animales con escopeta, y se finge la muerte de tres personas, incluyendo al propio actor, ejecutado con el siempre gracioso Garrote Vil. Aquel entrañable Garrote Vil que hiciera las delicias de nuestras bisabuelas, cuando aún era posible deleitarse ante el espectáculo gratuito de una plaza llena hasta los topes para ver agonizar a una delincuente, y sentir el simpático chasquido de las cervicales estranguladas por el aro de metal, haciendo la ola si la verduga se esmeraba en su verdugaje, y comentar la jugada antes de irse a casa.
Porque España siempre ha sido conocida por su trato €œhumanitario€.
Mis alabados Héctor Alterio y Elías Querejeta participaron también en este largomierdraje. Desde entonces les guardo un cierto asco, a regañadientes con mi admiración por otros increíbles proyectos en los que se embarcaron y en los cuales no hacía falta asesinar para hacer arte. Ya veré qué hará mi memoria con ellos.
El asesinato en el cine ha sido habitual durante muchos años, el hiperrealismo cinematográfico -dentro de la legalidad, tan respetada y recurrente para justificarse por las asesinas con licencia-, ha permitido que miles de animales mueran las veces que hicieran falta para la toma adecuada. Recuerdo €œEl disputado voto del Señor Cayo€, donde el personaje de Paco Rabal abastona un enorme lagarto hasta que le revienta las tripas y le escacha el cerebro; recuerdo la decapitación de un ganso en las primeras escenas de €œEl árbol de los zuecos€ ( film que no fui capaz de continuar viendo ante las perspectivas que prometía ya desde el principio), recuerdo €œLos santos inocentes€ ( emblema del cine español y de la muerte aviar gratuita ), o €œHable con ella€, uno de los últimos hits taquilleros del mediocre Almodóvar, con cuyas tres primeras películas ya hubiera bastado para ser considerado director, porque el resto, a mi humilde juicio, dan bastante pena, por eso dan los í“scar. En todas ellas, como digo, se matan animales, y en muchísimas más, porque las directoras destalentadas usan como fingido hacer buen cine a base de emociones baratas, cuando el argumento / guión es falto de chicha o cuando reconocen su incapacidad para hacer una buena película con un desarrollo inicial aparentemente poco sustancioso. Contraejemplo de ello es la obra maestra €œArrebato€, con Eusebio Poncela, donde en una sola habitación se rueda un fascinante thriller sobre una persona fagocitada por una cámara de vídeo.
En los conductos de este tipo de séptimo arte, hiperrealista con los límites que la ley impone -de una ley completamente indiferente a considerar los animales como seres vivos y sintientes-, una no sabe si las directoras acólitas, siguiendo una línea consecuente a sus ansias de realismo extremo, acabarían haciendo snuffs, que ya es lo más de lo más en hipermegasuperrealismo. Filmando acaso en rigurosísimo directo las extracciones cabezales de ciertos países árabes, documentales sobre los modos de muerte a pena capital que alegremente se llevan a cabo en ciertos estados de USA, o la simpatiquísimas ejecuciones de criaturas por parte de los Escuadrones de la Muerte en las calles brasileñas. Siempre ciñéndose, como es de rigor, al delicado argumento de la pedagogía y de la estricta veracidad de los hechos, ataviadas con su chaqueta de fidedignidad, pero amagando ese insalubre amor por la muerte modelo Hemingway, basado en la destrucción, en lugar de la autodestrucción precoz, cuya opción tanto bien le hubiera hecho a la sociedad.
El listado de los filmes donde se ejecutan animales es horrendamente extenso, pero recopilar el elenco de aquellas obras donde se tortura animales resultaría vertiginosa labor, especialmente dentro del cine español, aunque bien podemos sumarle el del cine japonés, iraní, mexicano, colombiano... y así hasta los 180 países que componen el puzzle de nuestro planeta, que no se libra ni dios de la criba. Porque de pseudoartistas el mundo está llenito hasta la bandera. Y aunque parezca que, con las actuales legislaciones sobre precaución respecto a los animales que participan en rodajes, y de evitarles un €œsufrimiento innecesario€ o permitir €œla presencialidad de personas expertas en el tema€, la cosa es pero que muy diferente. Y aunque existan esos mensajes que aparecen tras los créditos finales de algunas películas donde se informa de que ningún animal ha sufrido durante el rodaje de tal o cual largometraje-, se trata en definitiva de auténticas mentiras. Mentiras diseñadas por energúmenas sin la más puta idea de etología y conducta animal, ávidas de protagonismo pero tan cobardes como la mayoría del género humano. Meras palabras para acallar las conciencias de quienes vieron la película y les acongoja la idea de haber disfrutado con un cine brutal, sediento de sangre, incompleto y completamente ajeno a la evolución natural del arte.
Como ser humano y como artista creo esencial no permitir de ningún modo que escenas de este tipo, que cine de esta calaña pueda pretender pasar como arte, como cultura con intenciones de perpetuarse en los siglos ( tal es la función del arte: el diálogo a lo largo de las generaciones ), sin vulnerar con estas muestras de insensibilidad el verdadero espíritu de cambio que se menea en la época que vivimos, tan contradictoria y difícil para las personas y tanto mucho más para el resto de los animales.
Autor: Xavier Bayle












