A Antoni Gendrau, cazador

Este artí­culo va en respuesta a una carta al director que, dirigida al presidente de la Federación Catalana de Caza, Josep Jordá, escribió el señor Antoni Gendrau. No entraré en el tema de la carta, que por lo que supuse tiene que ver con cuestiones “internas” de cazadores, y de las cuales, como creo que es público y notorio, no sé nada. Ni me interesa, para ser más explí­cita. Pero la carta me motivó, otra curiosidad que me motiva, al mismo tiempo, este artí­culo. Hablaba el señor Gendrau como cazador ya experimentado –“desde los 17 años y ya tengo 70”- en términos que reconozco que me resultan altamente chocantes: “He matado de toda la fauna”; “de joven, a los rebecos, con la astucia y mis piernas, les ganaba la partida”; “los primeros disparos fueron con cartuchos recargados con pólvora de balas de la guerra, sin licencia ni permiso, y al verano! (veda)”. Añadí­a que es médico cardiólogo, y para resumir, tengo que decir que tanto el tono como la carta en general hacen suponer un carácter juicioso y bienintencionado. Es esto último, mencionar la profesión –médico- y la forma de ser que le intuyo lo que me producen una muy extraña y contradictoria sensación: no lo puedo entender. No lo puedo entender, y perdóname señor Gendrau, que personas honestas, seguramente buenas, sensatas, de aquellas que pasan por la vida sin molestar a otros, pueden gozar, al mismo tiempo, de la muerte de animales también nobles, con derecho a vivir su destino.

No, no soy capaz de entender la caza, como seguramente no soy capaz de entender muchas otras cosas vinculadas con la tortura de los animales. Desde las corridas de toros –o la tortura añadida que representa permitir la entrada de menores: valiente pedagogí­a!- hasta la salvajada y el calvario que sufren los pollos que finalmente nos comemos, sin descontar a los animales abandonados en las carreteras, nuestra sociedad no merece buena nota de ninguna de las maneras. La caza forma parte de esta cultura incomprensible que, a favor de un mayor grado de categorí­a moral, espero que vayamos superando.

¿Moral? Es justamente el termino: porque señor Gendrau, su moralidad no me atreverí­a nunca a cuestionarla, pero la moralidad de la caza no sólo la cuestiono, sino que la niego. No puede haber categorí­a moral en el gusto por matar, como no la hay en el menosprecio a un ser vivo, auténtico milagro de la naturaleza. Habla del gusto de matar rebecos o urugallos, y su lenguaje me resulta un jeroglí­fico de significado imposible. El gusto de contemplarlos, si fuese posible. El gusto de protegerlos, de crear un espacio donde fuese posible la vida la margen de la voracidad humana. El gusto de saberlos, de conocerlos, de entenderlos. El gusto de respetarlos. El gusto, hasta, de silenciarlos... Pero, el gusto de matarlos!!! Usted que dice que es cardiólogo, y tantos otros cazadores de trabajos nobles y seguramente de valores sólidos, por favor explicarme que queréis decir. Explicar de que manera se puede vivir con la conciencia digna y a la vez pasar los fines de semana destruyendo bonitas vidas. Destruyendo a seres que tienen el mismo derecho a vivir que nosotros.

No os dirí­a nunca que no se puede matar nada, y soy plenamente consciente que nuestra sociedad de bienestar se sustenta en la injusticia y en el dominio. En el dominio de los humanos por encima de otros animales. Y en el dominio de unos humanos encima de otros. Es cierto y no seré yo quien considere la caza como la primera injusticia de nuestra sociedad. Es posible que sea de la últimas. Pero cuando encuentro a un cazador que me parece inteligente, razonable, sensato, y al mismo tiempo le escucho defender la caza se me cruzan unos cuantos cables y, sinceramente, pienso que alguna cosa seria nos falla. Si no percibimos la muerte de un animal como una tragedia, sino que la disfrutamos como un éxito personal, la ejecutamos con alegrí­a, quiere decir que todaví­a no hemos entendido que los animales no son trapos de cocina a los que podemos hacer pedazos, no tenemos ningún derecho. Quiere decir que nadie, por muchas leyes que le protejan, tiene el derecho a salir un domingo con perros hambrientos por las montañas de este paí­s a perpetrar un instinto salvaje, ancestral, tan antiguo que nos aleja de todo aquello que define a una civilización: el instinto de matar.

Matar por placer, señor Gendrau, es una contradicción tan fuerte que me parece casi una patologí­a. ¿Cómo se hace para asociar el concepto de placer, que es una idea en principio positiva, al concepto radical negativo de la muerte? ¿Explí­queme que placer siente cuando ve un rebeco tendido en el suelo, inerte, ya sin vida, sin posibilidad de campar por las montañas, o de vibrar con el viento, o de huir veloz cuando su finí­simo oí­do le avisa del peligro? ¿Explí­queme cómo se siente cuando es usted quien lo ha matado? ¿Cómo se siente cuando vuelve a casa con el triste mérito de haber impedido que aquel animal pueda continuar su vida?

Leer, jugar con los hijos, fatigarlos hasta el lí­mite en las mimas montañas que ven campar a los rebecos, hacer puntas de cojí­n, señor mí­o hay tantas maravillas que pueden llenar su vida de domingo, que la última cosa que se me ocurre es ir a matar. Si la caza la practican personas sin valores, puedo llegar a entenderlo. Al fin y al cabo nada impide que pueda haber auténticos salvajes entre gente sabia. Forma parte de la contradicción de nuestra sociedad: el bien y el mal, que dicen. Pero cuando la practica, y la defiende, y se llena la boca de éxitos alguien que parece realmente una persona con valores, entonces estamos delante de un extraño dilema: por una parte podemos razonar y debatir el tema. Por la otra ¿cómo se puede ser razonable y defender el gusto de matar?

¿Instinto? ¿Aquel punto de salvajada que todos tenemos dejado en un rincón del alma? Puede ser, pero la cultura nos enseña a dominar los instintos y nos reconduce la parte salvaje hacia actividades más nobles y altamente divertidas. Creo sinceramente que tenemos que superar la caza como hemos aprendido a superar otras prácticas igualmente bárbaras. Como tenemos que superar un dí­a u otro todas aquellas “fiestas” que tienen a un animal como objeto de tortura. Ponis de feria, toros de “corridas”, animales comprados en navidad y lanzados a una carretera en verano, ¿qué es todo esto sino una cultura basada en el menosprecio a los animales y en una arrogancia humana devoradora y asesina? Tan devoradora que nos devora a nosotros mismos.

Perdone la intromisión señor Gendrau. Pero es que me ha parecido una persona con sentido común. Y es en ese momento cuando no he entendido nada.

Pilar Rahola 

Diari Avui. Barcelona

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Autor
Pilar Rahola
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