Peligro: palomas sueltas

Según un estudio de ADDA, uno de los motivos por los que las palomas cuentan con detractores es la fobia de algunas personas a los animales alados. Lo confieso, yo soy una de estas personas.

Peligro: palomas sueltas

Según un estudio de ADDA, uno de los motivos por los que las palomas cuentan con detractores es la fobia de algunas personas a los animales alados. Lo confieso, yo soy una de estas personas. No me gusta tener aves cerca, las grandes me aterran, las pequeñas me producen una angustia extraña, y cuando extienden las alas me dan escalofríos. Pero que no se froten algunos las manos: soy fóbica, no detractora. Porque igual soy una de las pocas personas que no ha sido víctima de las letales enfermedades con las que los pájaros, especialmente las palomas, supuestamente están diezmando la población hasta regar la ciudad de cadáveres infectos y de seres mutantes sobreviviendo en las estaciones del metro. Como todas las fobias, la mía es tan irrazonable como irremediable, pero definitivamente me descalifica como “amante” de los animales.

Y menos mal, porque yo sólo amo (con locura) a los perros y a los gatos, con los que convivo y a los que, por lo tanto, conozco. Y de manera tan absurda como la fobia mencionada, adoro a los burritos a los que paradójicamente desconozco porque no convivo con ellos. Por favor ahórrense el chiste fácil, que aburre. Es más, la definición de “amante de los animales” sólo muestra el desprecio, a veces inconsciente, que se tiene a la defensa de sus derechos. Según esta definición, para defenderlos hay que amarlos, siendo todo tipo de acción en su defensa producto de un sentimiento subjetivo que exime a los que no los aman de actuar hacia ellos con el respeto debido. A los defensores de los derechos de las mujeres o de los homosexuales (entre los que también me encuentro) no se nos llama “amantes de las mujeres” o “amantes de los gays”. Tampoco se les llama “amantes de (cualquier raza o grupo étnico)” a los que luchan contra el racismo, si bien en plena efervescencia del movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos los racistas llamaban “nigger lovers” (siendo “nigger”, además, un insulto terrible para los negros) a los blancos que luchaban por la igualdad racial. Por otra parte, es evidente que la lucha por cualquier causa emana en parte de un sentimiento, o por lo menos de una sensibilidad. Así que si bien sólo amo a algunos animales, por el resto siento admiración, fascinación, simpatía, ternura, dolor y respeto. Aunque con el respeto debe bastarnos para tratarlos con justicia, al margen de fobias y preferencias que, si dejamos que gobiernen nuestros actos, nos convierten en criaturas mezquinas.

Es precisamente de mezquindades de lo que hablamos cuando el periodismo tramposo aviva la paranoia esquizo-aséptica de muchos barceloneses hacia las palomas. Este fue el caso hace algunos años de la periodista de renombre internacional Empar Moliner, que hizo suya una frase de Woody Allen: “las palomas son ratas voladoras”, comprensiblemente dando por hecho que ninguno de sus lectores veía películas de Woody Allen. En una de sus tantas aspiraciones a la comicidad, su artículo además defendía el derecho del césped a no ser infestado por los excrementos de estas aves y se burlaba del colectivo humano más vulnerable de la ciudad, los ancianos que las alimentan.

Hace unos días, Patricia Castán de EL PERIODICO, con un estilo más digno pero no exento de sensacionalismo y desinformación, nos recordaba en un artículo sobre las palomas de Barcelona que su completo exterminio “es mal visto por los defensores de los animales”. Aunque difícil de creer de una ciudad entre cuyas atracciones se encuentra la exhibición y venta de animalitos hacinados en jaulas en su calle más emblemática, sospecho que el completo exterminio de las palomas horrorizaría, no sólo a los defensores de los animales, sino a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Aun así, supongo que Castán da por hecho que las capturas controladas (de unas doscientas palomas) y posterior eliminación nos hacen bailar de alegría; será por eso que se realizan en la alevosa madrugada, hora en que todos los barceloneses salimos a lanzar serpentinas a los aguerridos capturadores.

Según Castán, la esterilización es demasiado cara para ser asumida por el Ayuntamiento que, aun así, doblará los recursos económicos para las capturas y para estudios sanitarios que detecten en “qué áreas puede haber más prevalencia de enfermedades bacterianas en las aves, que podrían ser transmisibles”. Y usted, señora, y el Ayuntamiento, también podrían empezar a contar los casos detectados de enfermedades transmitidas de palomas a humanos durante los siglos que ambas especies han convivido en Barcelona, en lugar de gastarse nuestro dinero buscando fantasmas. Teniendo en cuenta, según un amplio estudio realizado por la UB en 1998 que “matando palomas en la ciudad sólo se consigue que vengan otras de fuera a reemplazarlas” y que “el número de palomas vuelve a ser el mismo tres días después de las capturas”, los métodos cruentos del Ayuntamiento no son más que una estafa pagada con nuestros impuestos.

Los palomares ecológicos, que Castán no menciona y que ya funcionan en ciudades francesas e italianas para satisfacción de todos, son la única alternativa honesta, efectiva y ética a la sobrepoblación de palomas. En los palomares ecológicos se alimenta a las aves con grano salpicado de anticonceptivos derivados de la progesterona, a la vez que se van retirando los huevos de los nidos. Allí las palomas viven en las más óptimas condiciones sanitarias en comunidades estables, causando así la descongestión de aves en el resto de la ciudad. Además, los palomares ecológicos se convierten en zonas donde los ciudadanos pueden acudir a observar a las aves y alimentarlas con el grano adecuado. Y por fin, el excremento de paloma se recupera como abono para la agricultura y jardinería. El coste de estos palomares para el Ayuntamiento podría ser nulo ya que uno o varios espónsors podrían anunciarse en los laterales de las instalaciones. O si no, el Ayuntamiento siempre podría mantenerlos con las ganancias que sacará de la gigantesca montaña rusa del Tibidabo, para cuya construcción se talarán doscientas cincuenta encinas. Es una idea. Mientras tanto, por si les sirve de consejo, permítanme decirles a los que no sienten especial cariño por las palomas lo que yo hago cuando vienen a visitarme a mi balcón o a la mesa de la terraza donde tomo el café: me aguanto.