Cómo el nugget de pollo se convirtió en un símbolo de nuestra era

El símbolo más revelador de la era moderna, no es el automóvil o el smartphone. Es el nugget de pollo. De hecho, el pollo es el tipo de carne más popular en USA y se prevé que sea la carne favorita del planeta para el 2020. Esto es lo que sucede cuando conviertes el mundo natural en una máquina lucrativa.

Cómo el nugget de pollo se convirtió en un símbolo de nuestra era

El símbolo más revelador de la era moderna, no es el automóvil o el smartphone. Es el nugget de pollo. De hecho, el pollo es el tipo de carne más popular en USA y se prevé que sea la carne favorita del planeta para el 2020. Las civilizaciones futuras encontrarán rastros de los 50 mil millones de aves consumidas al año en el registro fósil, un marcador de lo que ahora llamamos Antropoceno . Y, sin embargo, la responsabilidad del cambio dramático en nuestro consumo radica no tanto en la actividad humana en general, sino también en el capitalismo. Aunque se nos enseña a entenderlo como un sistema económico, el capitalismo no solo organiza las jerarquías del trabajo humano. El capitalismo es lo que sucede cuando el poder y el dinero se combinan para convertir el mundo natural en una máquina lucrativa. De hecho, la forma en que entendemos la naturaleza le debe mucho al capitalismo.

Cada civilización ha diferenciado de algún modo el "nosotros" del "ellos", pero el capitalismo marca un límite entre "sociedad" y "naturaleza" - una frontera violenta y estrechamente vigilada con profundas raíces en el colonialismo.

Empezó a tomar forma en la era de Cristóbal Colón, y así el capitalismo creó un orden binario peculiar. "Naturaleza" se convirtió en lo opuesto a "sociedad" en la mente de los filósofos, en las políticas de los imperios europeos y en los cálculos de los centros financieros mundiales. "Naturaleza" era un lugar de ganancias, una vasta frontera de regalos que esperaban ser aceptados por los conquistadores y los capitalistas.

Esta era una visión peligrosa de la naturaleza por diversas razones, sobre todo porque degradaba la vida humana y animal de todo tipo. Lo que llamamos "naturaleza barata" incluía no solo bosques, campos y arroyos, sino también a la gran mayoría de la humanidad. En los siglos transcurridos entre Colón y la revolución industrial, los esclavizados y comercializados africanos, asiáticos, pueblos indígenas y prácticamente todas las mujeres se volvieron parte de la "naturaleza" y, como resultado, recibieron un trato barato. Cuando los humanos se les puede dar ese trato, no sorprende que a otros animales les vaya aún peor en el capitalismo, especialmente a los que son comida.

Los animales han estado en el epicentro de cinco siglos de transformación dietética, que se aceleró bruscamente después de la segunda guerra mundial. La creación del mundo moderno dependió del movimiento de vacas, ovejas, caballos, cerdos y pollos en el nuevo mundo, reforzando el avance asesino de microbios, soldados y banqueros a partir de 1492. La "huella ecológica" del capitalismo, (término acuñado por el estudioso alimententario Tony Weis), se ha globalizadoradicalmente desde entonces. Desde 1961, nos dice Weis, el consumo de carne y huevo per cápita se ha duplicado, y la cantidad de animales sacrificados ha aumentado ocho veces, de 8 a 64 mil millones.

Para aquellos con una visión romántica sobre la procedencia de sus alimentos, la carne sin cocinar parece ser un ingrediente no procesado. Todo lo contrario. El cultivo de pienso y semillas oleaginosas forman parte de lo que Weis denomina "el complejo industrial de granos, oleaginosas y ganado". Los mercados de estos cultivos permitió no solo que la carne se convirtiera en comida barata, sino también en respaldo de los instrumentos financieros. Los contratos futuros requieren uniformidad, homogeneización e industrialización de los cultivos. La carne cruda en el supermercado es, en otras palabras, cocinada por un brazo sofisticado e intensivo de la ecología del capitalismo.

Donde hay ganancias, hay todos los incentivos para realizarlas de manera eficiente. Los modernos sistemas de producción de carne pueden convertir un huevo fértil y una bolsa de alimento de 4 kg en un pollo de 2 kg en cinco semanas. Los tiempos de producción de pavos casi se redujeron a la mitad entre 1970 y 2000, menos de 20 semanas desde el huevo hasta 16 kg de ave. Otros animales han visto avances similares a través de una combinación de cría, operaciones de alimentación concentrada y cadenas de suministro globales. Las consecuencias del aumento sostenido del consumo de carne también son un asunto planetario: el 14.5% de todas las emisiones antropogénicas de dióxido de carbono (CO2) provienen de la producción ganadera.

Las consecuencias ambientales de la producción de carne son, por supuesto, externas al resultado final de la agricultura industrial. La naturaleza es simplemente el estanque de donde se obtienen y se crían en granjas los animales y el vertedero en el que desaparece su (y nuestro) desecho. El peligro radica en creer que la división entre la naturaleza y la sociedad es real, en ver la "agricultura industrial" como una cuestión ambiental y la "producción industrial" como una cuestión social. Las cuestiones sociales son cuestiones ambientales, y viceversa.

Los pollos no se convierten en nuggets

Los pollos no se convierten en nuggets por sí mismos. Los capitalistas necesitan trabajo barato. Con la invasión europea del nuevo mundo en 1492, ese labor se presentó a sí misma en los cuerpos de los indígenas. A finales del siglo XVI, cuando los españoles trataban desesperadamente de revivir la producción de plata en la gran montaña plateada de Potosí , en la actual Bolivia, comenzaron a usar la palabranaturales” para referirse a los pueblos indígenas. A través del trabajo duro y la oración, aquellos pueblos indígenas y africanos esclavizados esperaban encontrar la redención divina y quizás, un día en el futuro, entrar en la sociedad como iguales.

Nunca se esperó que el trabajo fuera divertido. Etimológocamente hablando, la palabra “trabajo”, viene del latín “trepaliare” que significa"torturar, infligir sufrimiento o agonía". Pero la forma en que funciona el trabajo ha cambiado.

La supervivencia humana dependía de un conocimiento holístico

Durante milenios, la mayoría de los humanos sobrevivieron a través de relaciones más o menos íntimas con la tierra y el mar. Incluso aquellos que no lo hicieron estaban estrechamente relacionados con las tareas y los aparejos del trabajo. La supervivencia humana dependía de un conocimiento holístico, no fragmentado: pescadores, nómadas, granjeros, curanderos, cocineros y muchos otros experimentaban y practicaban su trabajo de una manera directamente conectada con la red de la vida. Los agricultores, por ejemplo, tenían que conocer los suelos, los patrones climáticos, las semillas, en resumen, todo, desde la siembra hasta la cosecha. Eso no significaba que el trabajo fuera agradable; a los esclavos a menudo se los trataba brutalmente. Tampoco significaba que las relaciones de trabajo fueran equitativas: los maestros del gremio explotaban a los oficiales, los señores explotaban a los siervos, los hombres explotaban a las mujeres y los viejos explotaban a los jóvenes. Pero el trabajo se basaba en un sentido holístico de producción y una conexión más amplia con la vida y la comunidad.

En el siglo XVI, eso comenzó a cambiar. El agricultor holandés o inglés y el plantador de azúcar de Madeira,y más adelante luego de Brasil, estaba cada vez más conectado a los crecientes mercados internacionales de productos procesados, y por tanto más interesado en la relación entre el tiempo de trabajo y la cosecha. Los mercados internacionales impulsaron las transformaciones locales. En Inglaterra la tierra se consolidó en recintos haciendo que una porción cada vez mayor de la población rural se quedara sin los bienes comunes que habían utilizado, en los que se habían apoyao y de los que habían sobrevivido. Estos campesinos recién desplazados eran “libres” de encontrar otro trabajo y podían morirse de hambre o enfrentar la cárcel si fracasaban.

Algunos operadores de pollos contratan presos por 25 centavos la hora

Esta historia está muy viva en los modernos nuggets de pollo A los trabajadores avícolas se les paga muy poco: en los EE. UU., dos centavos por cada dólar que se paga en un fast-food de pollo. Es difícil encontrar personal cuando, de acuerdo con un estudio en Alabama, el 86% de los empleados que cortan las alas sienten dolor debido a los movimientos repetitivos. Para llenar los vacíos en la cadena de produccioón, algunos operadores de pollos contratan presos por 25 centavos la hora. En 2007 en Oklahoma, los ejecutivos de las compañías de pollo regresaron a una fusión colonial de trabajo y fe, estableciendo un centro de tratamiento de adicciones, Christian Alcoholics & Addicts in Recovery. Con los jueces dirigiendo a los adictos al centro de tratamiento en lugar de a la cárcel, el programa de recuperación ofrecía un suministro de trabajadores. En CAAIR, la oración se complementó con el trabajo no remunerado en líneas de producción de pollo como parte de una terapia de recuperación. Si una persona trabajaba y rezaba lo suficiente durante la duración de su tratamiento, se le permitía volver a entrar en la sociedad.

Los reclutas de CAAIR eran predominantemente jóvenes blancos, pero la mayoría de los trabajadores de la indústria avícola son personas de color. Los inmigrantes latinx son una fuerza vital en la agricultura estadounidense, y su trabajo barato fue posible gracias a la reestructuración de clases en dos frentes. Uno, en los EE. UU., hubo un fuerte movimiento en la década de 1980 por parte de las empresas de embalaje de carne que se estaban volviendo agresivas, para destruir el poder sindical y reemplazar a los trabajadores sindicalizados por mano de obra inmigrante con bajos salarios. El otro fue la desestabilización del orden agrario de México después de 1994 por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que resultó en flujos de mano de obra inmigrante barata: trabajadores desempleados desplazados por la ecología del capitalismo de un lado de la frontera estadounidense al otro.

Una línea en un mapa entre dos estados es una poderosa abstracción , que ha sido utilizada recientemente por la extrema derecha para reclutar y difundir el miedo, y durante mucho más tiempo por los capitalistas en busca de trabajadores cada vez más económicos y rentables. Bajo el capitalismo, los territorios nacionales, las tierras de propiedad local y los nuevos trabajadores migratorios se producen simultáneamente.

Con la llegada de trabajadores inmigrantes, entre la élite surgió un miedo a los pobres itinerantes. En la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, este pánico dio lugar a duras leyes contra el vagabundeo y al desarrollo de organizaciones benéficas para aliviar los peores efectos de la destitución forzosa. Las amenazas de encarcelamiento llevaron a los pobres al trabajo asalariado, una actividad que tomó la inteligencia, la fuerza y la destreza de los humanos y los disciplinó al trabajo productivo utilizando otra invención moderna: una nueva forma de medir el tiempo.

Si la práctica del trabajo moldea la ecología del capitalismo, su máquina indispensable es el reloj mecánico. El reloj, no el dinero, surgió como la tecnología clave para medir el valor del trabajo. Esta distinción es crucial porque es fácil pensar que trabajar por un salario es la firma del capitalismo. No lo es: en la Inglaterra del siglo XIII solo un tercio de la población económicamente activa dependía de los salarios para sobrevivir. Ese salario se ha convertido en una forma decisiva de estructurar la vida, el espacio y la naturaleza le debe todo a un nuevo modelo de tiempo.

A principios del siglo XIV, el nuevo modelo temporal estaba dando forma a la actividad industrial. En las ciudades productoras de textiles como Ypres, en lo que hoy es Bélgica, los trabajadores se encontraron regulados no por el flujo de actividad o las estaciones sino por un nuevo tipo de tiempo: abstracto, lineal, repetitivo. En Ypres, el tiempo de trabajo se midió con las campanas del pueblo, que sonaban al principio y al final de cada turno de trabajo. En el siglo XVI, el tiempo se midió en tics constantes de minutos y segundos. Este tiempo abstracto vino a dar forma a todo: trabajo y juego, sueño y vigilia, crédito y dinero, agricultura e industria, incluso oración. A fines del siglo XVI, la mayoría de las parroquias de Inglaterra tenían relojes mecánicos.

La conquista de las Américas por parte de España implicó inculcar en sus residentes una nueva noción del tiempo y del espacio. Dondequiera que penetraron los imperios europeos, apareció la imagen del nativo "perezoso", ignorante de los imperativos de Cristo y el reloj. El tiempo de vigilancia fue central para la ecología del capitalismo. Ya en 1553, la corona española comenzó a instalar "al menos un reloj público" en sus principales ciudades coloniales. Otras civilizaciones tenían sus propias reglas temporales sofisticadas, pero los nuevos regímenes de trabajo desplazaron los tempos y las relaciones indígenas con el mundo natural. El calendario maya es una compleja jerarquía de tiempos y lecturas del cielo, que ofrece un amplio conjunto de arreglos humanos dentro del universo. Los invasores españoles lo respetaron solo en esta medida: sincronizaron sus ataques coloniales con los momentos sagrados del calendario.

Como observa el historiador social EP Thompson en su estudio “Time, Work-Discipline and Industrial Capitalism”, gobernar el tiempo sigue una lógica particular: "En la sociedad capitalista madura todo el tiempo debe consumirse, comercializarse, ponerse en uso; es ofensivo que la fuerza de trabajo simplemente "pase el tiempo". La conexión de actividades específicas con grandes objetivos productivos no permitió el robo de tiempo, y la disciplina del reloj se vio reforzada por la violencia en todo el planeta.

Enseñar el valor y la estructura del tiempo capitalista a nuevos sujetos fue una parte clave de la empresa colonial. Un colono observó en 1859 que los australianos indígenas "ahora ... tienen la ventaja de salir del 'Nip Nip' o el tiempo de corte anual regular de los colonos. Esto parece proporcionarles un modo de indicar años, que antes no tenían. Los meses o las lunas los satisfacían ". Pero la regulación del tiempo también fue un foco de resistencia. Otro colono escribió en un diario: "Esta noche hubo un gran Korroberry (una reunión exuberante, posiblemente espiritual) intenté disuadirlos, diciéndoles que era domingo, pero ellos dijeron: "compañero negro, ningún domingo". ¿Por qué la resistencia? Porque sabían muy bien que su trabajo era objeto de robo, que los colonos se apropiaban de su trabajo.

La industria procesa 200 aves por minuto. 

Las luchas sobre la regulación del tiempo continúan incluso ahora.En las líneas avícolas de los Estados Unidos, existe una ley federal que limita la velocidad de procesamiento de las aves: 140 aves por minuto. La industria está presionando para eliminar el límite, para que pueda competir con las fábricas en Brasil y Alemania, donde la tasa está más cerca de 200. Las preocupaciones sobre las tasas más altas de contaminación de los alimentos y las lesiones de los trabajadores se ven contrarrestadas por los beneficios que reportan más pollos muertos.

El capitalismo siempre ha experimentado con cada tipo de sistema de trabajo disponible al mismo tiempo. Una plantación de azúcar en 1630 en Brasil, por ejemplo, sería fácilmente reconocible como una operación industrial moderna en, por ejemplo, la industria textil de Bangladesh. Así como los trabajadores de líneas de producción ensamblan piezas simplificadas e intercambiables y los trabajadores de comida rápida fabrican hamburguesas estandarizadas, los esclavos africanos también trabajaron en tareas especializadas en un paisaje simplificado de monocultivos de azúcar.

Detrás de la fábrica moderna, siempre ha habido un pastel de capas de explotación. Los gerentes de las fábricas cobrarban más que los trabajadores, que trabajaban con materias primas adquiridas a través de varios tipos de peonaje y explotación de recursos naturales, y todos dependían del trabajo doméstico libre, generalmente de las mujeres. La fábrica depende de una mina, una granja y una familia.

Actualmente hay 40 millones de personas en condiciones de esclavitud

De ahí la persistencia hoy de la esclavitud. Una agencia de la ONU, la Organización Internacional del Trabajo, estima que actualmente hay 40 millones de personas en condiciones de esclavitud, la mayoría de las cuales son mujeres, muchas de ellas en matrimonios forzados. Los campamentos de trabajo de guerra en, digamos, la República Democrática del Congo suministran los metales de tierras raras como el tantalio, que alimentan la infraestructura física detrás de la economía virtual.

Pero así como la administración busca nuevas formas de generar ganancias, los trabajadores encuentran formas de resistir. Las grandes fronteras de los productos básicos del capitalismo -el azúcar, la plata, el cobre, el hierro, los productos forestales, la pesca e incluso la agricultura de cereales- eran zonas de experimentación en estrategias de control del trabajo en Europa y sus colonias, y siempre eran espacios de conflicto. Las huelgas, las rebeliones, las negociaciones y la resistencia caracterizaron la aplicación de las disciplinas de trabajo capitalistas. Toda resistencia por el trabajo fue una nueva razón para introducir máquinas. Los regímenes y tecnologías modernos de trabajo surgieron del crisol de experimentos, estrategias y resistencias de los primeros trabajadores modernos.

Los disturbios obreros en las fábricas y las rebeliones de esclavos , pasados y presentes, están vinculados no solo porque son expresiones de resistencia, sino porque son protestas contra la ecología del capitalismo. Cada fábrica global necesita una granja global: las empresas industriales, tecnológicas y de servicios confían en la extracción de trabajo y la naturaleza barata para prosperar. Las aplicaciones en un iPhone, diseñadas en Cupertino, California, podrían haber sido codificadas por ingenieros de software independientes y el teléfono se ensambló en lugares de trabajo draconianos en China y funciona con minerales extraídos en condiciones inhumanas en el Congo. La fabricación moderna se basa en regímenes de trabajo en capas, simultáneos y diferentes. Y en respuesta a cada acto de resistencia en su contra, el capitalismo ha movido las fronteras del trabajo una vez más.

La hegemonía sobre los trabajadores ha sido facilitada a través de comida barata y la promesa de un pollo en cada olla. La comida barata ha sido fundamental para el mantenimiento del orden durante milenios. Pero en la ecología del capitalismo, ese orden se ha mantenido a través de la transformación planetaria.

Desde el siglo XV, algunas tierras se han convertido en el dominio exclusivo de tipos específicos de cultivos y sistemas de cultivo: campos de monocultivos diseñados para atraer flujos de efectivo. Otras áreas estaban reservadas para alojar a aquellos humanos que habían sido excomulgados de esas tierras, para estar mejor situados al servicio de los capitalistas en las ciudades. Siempre fue una geografía socialmente inestable, con bajos salarios industriales respaldados por salarios campesinos más bajos, apoyados por obsequios gratuitos de la naturaleza, las mujeres y las colonias. Después de que las revoluciones de los siglos XIX y XX ofrecieron a los trabajadores la promesa de alternativas a la explotación, los temores capitalistas de un levantamiento urbano y el comunismo alcanzaron un punto álgido. Para disipar este temor existencial, los gobiernos y las fundaciones no abordaron la desigualdad o la explotación. En su lugar, financiaron el desarrollo de cultivos que crecerían lo suficiente como para proporcionar alimentos baratos y frenar el hambre en las ciudades.

Que era el hambre urbano, y no rural, lo que preocupaba a los políticos es de vital importancia. La alimentación y el empleo para las personas en las zonas rurales, donde se concentraba la mayor parte del hambre en el mundo, eran poco preocupantes. El hambre comenzó a importar políticamente solo cuando los pobres llegaron a las ciudades y lo tradujeron en ira, y de ahí, potencialmente en insurrección y en desafío a la regla de la naturaleza barata. Es aquí, en la preocupación burguesa acerca de esa regla y su necesidad de quietud de los trabajadores, que encontramos el origen de lo que llegó a conocerse como la Revolución Verde.

La revolución no fue simplemente una transformación agraria

El objetivo era generar variedades de cereales que pudieran fluir libremente a través de las áreas urbanas. Pero la revolución no fue simplemente una transformación agraria. Requería más que semillas mágicas. Para que los agricultores cultiven los cultivos, los gobiernos nacionales tuvieron que subsidiar la compra de cultivos a través de juntas de comercialización agrícola, establecer la infraestructura para el riego y suprimir la disidencia política en torno a sistemas alimentarios alternativos. La Revolución Verde de principios y mediados del siglo XX fue un paquete de reformas diseñadas para evitar el objetivo político revolucionario de muchos movimientos de campesinos y trabajadores sin tierra: la reforma agraria y agraria integral.

Si uno entrecierra los ojos, es posible ver la Revolución Verde como un éxito. Globalmente, la producción y los rendimientos de grano (la cantidad de producción por unidad de área) se duplicó con creces, entre 1950 y 1980. Los rendimientos de trigo de la India se dispararon un 87% entre 1960 y 1980, similar a lo que experimentaron los agricultores de maíz estadounidenses en las dos décadas posteriores a 1935 Una parte creciente de todos estos alimentos se comercializó en el mercado mundial, con un aumento de las exportaciones mundiales de granos de 295% durante los años 60 y 70. Si estas son las métricas del éxito, entonces el compromiso político de hacer que los alimentos sean baratos a través del subsidio estatal y la violencia funcionó.

Pero la prodigiosa producción no redujo el hambre. La producción de trigo en India se disparó, pero la cantidad que comieron los indios apenas mejoró. El hambre, especialmente en una economía que depende de la agricultura, no termina si las personas siguen siendo pobres: no importa cuánto grano hay si no puede permitirse comprarlo. De hecho, es un fenómeno mundial que, de 1990 a 2015, los precios de los alimentos procesados aumentaron mucho menos que los de las frutas y verduras frescas, y que en casi todos los países de la actualidad, la población más pobre no puede permitirse comer cinco alimentos frescos frutas o vegetales al día.

Aunque los trabajadores en países pertenecientes a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) vieron un aumento en su participación en el ingreso nacional después de la Segunda Guerra Mundial, que se revirtió en la década de 1980. Esta fue una consecuencia directa de las políticas antilaborales que los estudiosos llaman acertadamente "represión salarial". Dado que los salarios son consistentemente bajos en la era neoliberal, tiene sentido considerar la comida barata como barata, no meramente en relación con los costos salariales, sino directamente en términos de precio. Cuando lo hacemos, surge como un accidente que, un producto alimenticio cuyo precio ha caído drásticamente es el pollo en México, una consecuencia directa del Nafta, la tecnología y la industria sojera de los Estados Unidos.

Nafta originalmente excluía los productos agrícolas, pero se incluyeron ante la insistencia del gobierno mexicano, que quería "modernizar" a su campesinado al trasladarlos de la agricultura a los circuitos urbanos de la industria. La estrategia funcionó: la economía agrícola "campesina" de México se torció , como lo demuestran las manifestaciones de “El Campo No Aguanta Más” que se extendieron por todo el país en 2003. Circuitos de migración y las bolsas de trabajo para la agricultura de los EE. UU. fueron el resultado. Pero al menos el pollo era barato.

Los alimentos baratos: no garantizan que las personas se alimenten bien

Llegamos a un punto importante sobre los regímenes de alimentos baratos: no garantizan que las personas se alimenten ni que se alimenten bien – como demuestran las enfermedades relacionadas con la alimentación y la malnutricion. Las fronteras agrícolas del capitalismo siguen presionando contra los campesinos del mundo, que proporcionan el 75% de los alimentos en gran parte del hemisferio sur. Pero mientras el presente es sombrío, con las fronteras agrícolas empujando a través de la Amazonía y desplazando a los campesinos de todo el mundo, en el siglo XXI apareció una nueva grieta que socavará fatalmente el régimen alimentario de cinco siglos del capitalismo: el cambio climático.

La imagen de la frontera se presta a pensar solo en la tierra. Pero los últimos dos siglos han sido testigos de un tipo muy diferente de movimiento fronterizo: el cerco de los espacios comunes atmosféricos como un vertedero de emisiones de gases de efecto invernadero. En el siglo XXI, la agricultura y la silvicultura (que incluye el desmonte de tierras para cultivos comerciales) producen entre un cuarto y un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Esto es inevitable, porque consumen mucha energía y se han vuelto más intensos. Ese es un gran problema, porque no hay más bienes comunes atmosféricos de los que disponer, y no hay una manera obvia de mantener los costos del cambio climático fuera de los libros contables del capitalismo. En ninguna parte es esto más claro que en la granja global, cuyo crecimiento de la productividad se ha estado desacelerando, tal como lo hizo para los agricultores ingleses a mediados del siglo XVIII. La promesa de la agrobiotecnología de una nueva revolución agrícola ha sido hasta ahora peor que nula: no ha logrado generar un nuevo boom de rendimiento, creando supermalezas y superbacterias capaces de resistir el glifosato y otros venenos, y manteniendo el modelo de alimentos baratos que está impulsando el cambio en el sistema climático del mundo.

El cambio climático representa algo mucho más que una frontera de cierre

El cambio climático representa algo mucho más que una frontera de cierre; es algo parecido a una implosión del modelo de la naturaleza barata, que trae consigo el final de naturalezas fáciles y baratas, y una reversión dramática. Como demuestra un creciente cuerpo de investigación, el cambio climático suprime la productividad agrícola. "Clima" se refiere a fenómenos extremadamente diversos, que incluyen sequía, precipitaciones extremas, olas de calor y de frío. La soja, el cultivo paradigmático neoliberal, ya experimentó lo que los agrónomos llaman supresión del rendimiento como resultado del cambio climático. Lo que sigue siendo un tema de debate, pero muchos análisis calculan una reducción alrededor del 3% en el crecimiento desde la década de 1980, por un valor de $ 5 mil millones por año desde 1981 hasta 2002.

Peor aún, el cambio climático promete disminuciones absolutas. Cada aumento de 1ºC en la temperatura global anual se acompaña de un mayor riesgo de efectos dramáticos en la agricultura mundial. Los rendimientos agrícolas disminuirán entre el 5% y el 50% (o más) en el próximo siglo, dependiendo del marco de tiempo, cultivo, ubicación y extensión con la que el carbono continúa siendo bombeado al aire a las velocidades prodigiosas de hoy. La agricultura mundial absorberá dos tercios de todos los costos del cambio climático para el 2050. Eso significa que tanto el clima como el modelo agrícola del capitalismo se encuentran en medio de un momento abrupto e irreversible de cambio.

Hay pocas razones para imaginar que el cambio climático no romperá el sistema alimentario moderno. Peor aún, la producción industrial de alimentos es un caldo de cultivo para enfermedades pandémicas, y el análisis razonado sugiere que el tipo de explotaciones ganaderas intensivas que nos traen carne barata también traerá virus que podrían diezmar a la población humana. Nuevamente, esto no es nada nuevo. Así como el cambio climático temprano y moderno y la plaga trajeron el fin del feudalismo y el comienzo del capitalismo, enfrentamos un futuro en el que el cambio climático y la vulnerabilidad a grandes crisis sistémicas auguran un final dramático para la ecología del capitalismo.

Somos estudiosos astutos de la historia para ver que lo que sigue al capitalismo podría no ser mejor. Alrededor del mundo, el fascismo ha emergido del suelo del liberalismo. Sin embargo, precisamente a medida que venzan los proyectos de ley del capitalismo, las comunidades se resisten y desarrollan respuestas complejas y sistémicas en las fronteras del capitalismo. Alrededor de cada una de las siete cosas baratas que hacen posible el capitalismo: naturaleza, trabajo, cuidado, comida, energía, dinero y vida, hay movimientos que están desarrollando alternativas. Ya sea en un movimiento obrero que revitaliza globalmente, en las demandas del Movimiento por las Vidas Negras en torno a la comida, las reparaciones y la soberanía económica local, o el feminismo campesino y popular desarrollado por La Vía Campesina el movimiento campesino en América Latina para unir preocupaciones en torno a la comida, el cuidado, la naturaleza y el trabajo, los movimientos luchan y desarrollan alternativas interseccionales.

John Jordan, activista y cofundador del movimiento Reclaim the Streets del Reino Unido, argumenta que la resistencia y las alternativas son "las hebras gemelas del ADN del cambio social". Ese cambio necesitará recursos y espacio para desarrollarse. Si estamos hechos por la ecología del capitalismo, entonces podemos ser rehechos solo cuando a la vez practiquemos nuevas formas de producir y cuidarnos unos a otros, un proceso de rehacer, repensar y revivir nuestras relaciones más básicas.


Publicado originalmente en "How the chicken nugget became the true symbol of our era", por Raj Patel y Jason W. Moore.
Traducción: Elena Falgueras

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