A Manel Casas, y a todos los antitaurinos

Los que estamos en batallas que no son centrales, por lo menos por lo que respecta a la centralidad informativa, saboreamos los pequeños éxitos como si fueran grandes conquistas.

Los que estamos en batallas que no son centrales, por lo menos por lo que respecta a la centralidad informativa, saboreamos los pequeños éxitos como si fueran grandes conquistas. Desde esta perspectiva, la declaración formal que ha hecho el plenario del Ayuntamiento de Barcelona respecto a las corridas de toros no representa el final de ningún proceso de lucha, pero tiene una carga simbólica muy importante. Si alguien lo duda, tan solo hay que pedir las grabaciones de la COPE durante todo el miércoles (y probablemente también hoy) y verá que, por lo menos para algunos, la cosa ha sonado como una declaración de guerra. Por cierto. Aquí­ nos lo tomamos, fundamentalmente, como una cuestión de defensa de los animales y en contra de los espectáculos de tortura. Pero en según qué micrófonos, han llegado a hablar de un "atentado a la esencia de España". Cuando Ortega dijo aquello de "les pierde la estética", realmente se referí­a a los catalanes? Pues tení­a un problema de vista...

Hablemos, sin embargo, del atentado y de sus consecuencias. Los que conocen la cuestión sabrán que hace muchos años que se lucha contra las corridas de toros. Personalmente he formado parte con insistencia y deleite de todas las batallas que tení­an como finalidad acabar con este acto antropológico ("Cultura o antropologí­a?", me preguntó un dí­a el poeta Pere Quart. Pura antropologí­a, querido), y me siento, por tanto, partí­cipe de la alegrí­a. Pero incluso esto, una simple declaración de intenciones, ha costado tantos esfuerzos, tantos miles de horas de organizaciones como ADDA, tanta lucha, que hay que recordar lo que es fundamental: que una de las cosas más sólidas, influyentes y poderosas que hay, también en Catalunya..., son los lobbies taurinos. De hecho, si lo miramos friamente, la cuestión tendrí­a que haber sido mucho más simple. En Catalunya el sentimiento contra las corridas es absolutamente mayoritario. En Barcelona, las encuestas que tiene el mismo Ayuntamiento son rotundas. Tanto que he de decir que hay muchos más taurinos en el plenario del Ayuntamiento (votos cantan...) que en la propia ciudad. Además, Barcelona lucha por tener una proyección internacional limpia, de ciudad acogedora, activa y pací­fica, y la imagen taurina destroza estas buenas intencions. Desde cualquier punto de vista, sociológico, moral, estético, internacional, deberí­a hacer años que Barcelona hubiera hecho lo que ha hecho ahora: sencillamente decir que no le gusta que, en su ciudad, se realicen espectáculos de violencia y de muerte. Nada más, porque la ciudad no puede legislar sobre la materia y, por tanto, no tiene capacidad de intervención. Pero, ¿nombrar las intenciones? ¿Hacer una declaración? ¿Por qué nos ha costado tanto? Y sé de lo que hablo, ya que le he dedicado muchos esfuerzos. Pura y exclusivamente porque los lobbies económicos que mueven dinero con este espectáculo bárbaro, están muy bien organizados, tienen una capacidad de presión extraordinaria y son realmente influyentes. Simple y llanamente, les dan miedo a los polí­ticos y a sus partidos. De aquí­ que ni la Generalitat convergente osara nunca entrar en materia..., a pesar de tener al paí­s a su favor. Si no, ¿de qué la permisividad con las corridas, a pesar e la ausencia de interés ciudadano? Esta no es una lucha sólo a favor de los animales. Como está demostrado, experiencia en mano, es una lucha contra intereses económicos muy profundos. Alguna cosa saben de todo ello las infaustas duquesas de Alba..., primeras fortunas del reino...

Sea como sea, más tarde que temprano, después de los miles de firmas que presentó ADDA, y con la escusa fantástica del Fí²rum de las Culturas (escusa por otro lado coherente), el Ayuntamiento ha hecho lo que la ciudad hací­a tiempo que sabí­a: decir que no le gusta la tortura y la agoní­a de un animal noble sólo para que unos cuantos enloquecidos griten de placer viéndolo morir. Ya sé que Joan de Sagarra o algún otro de los intelectuales que defienden las corridas, ha meblará de la plástica, de la estética de la sangre, del rituel, pero todo esto, que queda tan bien en la poesí­a, ¡qué mal le suena a la vida! En la vida, estimados, la sangre, el grito, el dolor y la muerte no tienen nada de poéticas. Son pura barbarie. Vergonzosa barbarie. Superable barbarie. Barbarie que nos aliena como personas, nos degrada y nos embrutece.

¿Y ahora qué? Ahora pasarán muchas cosas, entre ellas la histeria colectiva de los sectores taurinos más irredentos, muy poco acostumbrados a perder ni que sean batallas simbólicas. Pero habrá que pedir a nuestro alcalde que no se asuste (a veces, es muy asustadizo), a nuestros concejales que no se inquieten y a los partidos polí­ticos que lo han respaldado, que recuerden que la mayorí­a, la inmensa mayorí­a, la mayorí­a silenciosa (y no tanto) está con ellos. Que el PP, nuevamente, se haya convertido en el partido extraterrestre de Catalunya, tan solo hace buena la vieja sabidurí­a: las cosas caen por su propia lógica. Más allá, sin embargo, de histerias mesetarias, ahora hace falta seguir actuando con coherencia con el paí­s. Esto significa, primero, que no se echen para atrás. Aún recuerdo la impresentable actuación de nustro Parlament prohibiendo la entrada de menores a las corridas, y luego desdiciéndose... Segundo, que actúen en consecuencia. Es decir, que las corridas de toros no formen parte de la propaganda turí­stica de la ciudad. Tercero, que el Fí²rum se pronuncie contra la tortura gratuita de los animales. Cuatro, que los partidos que han sido coherentes lo sean también en el Parlament y eleven a categorí­a de ley la declaración moral y simbólica que la ciudad ha hecho.

Este serí­a el proceso natural de una declaración tan lógica como lógicas son las buenas ideas. Pero nunca se sabe cuando se trata de corridas de toros, experiencia en mano. En todo caso, Manel Casas, Carme Méndez, Magda Oranich, Jordi Portabella, Imma Mayol, poneros casco que van a llover piedras. Pero, debajo del casco, felicitaos por el trabajo bien hecho.

Pilar Rahola
Diari Avui. Barcelona.

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