Protección de especies en peligro

El impacto de una humanidad creciente sobre un planeta en vías de superpoblación no solamente incide sobre la calidad de vidas de las personas.

Como el aumento demográfico es acompañado por procesos de industrialización, explotación de recursos naturales y aprovechamiento intensivo de mayores superficies de tierra para la obtención de alimentos, la contaminación y el empobrecimiento de los suelos es una consecuencia natural del proceso.

Las especies animales que desde tiempos inmemoriales han acompañado el paso del hombre por este planeta también se ven afectadas por este fenómeno: se cuentan por miles las especies que han ido desapareciendo a medida que aumentaba el número de las personas. La caza, primero, la ocupación de espacios con el desplazamiento de los ejemplares animales, luego, y últimamente la contaminación, han obrado como un factor de exterminio que, paulatinamente, nos va dejando como exclusivos habitantes del mundo.

Hay regiones que, pobladas desde los albores de la humanidad, como África, Asia o Europa, son directamente zonas de desastre en materia de preservación de especies. El lugar más conocido donde se puede apreciar este fenómeno es el continente africano, donde peligran especies tan famosas y conocidas como el elefante o el rinoceronte.

El primero por su marfil, cotizado a gran precio en los mercados internacionales, y el segundo por las presuntas cualidades del cuerno que se ubica sobre su zona nasal, han sido cazados sin medida y, si la cosa sigue así, solamente los ejemplares que puedan reproducirse en los zoológicos serán los que futuras generaciones de seres humanos podrán apreciar de animales que, hasta hace solamente cien años, se contaban por cientos de miles en zonas del corazón del África.

El desastre es de nivel mundial, y zonas pobladas por seres humanos desde tiempos menos remotos, como América, no se han visto libres de la pérdida de especies tanto por la caza desmesurada (el bisonte americano, en vías de tímida recuperación, fue eliminado por millones) como por la ocupación de espacios y la contaminación, que no solamente afecta a las personas sino, especialmente, a las menos delicadas especies autóctonas.

La Argentina tiene sus negros capítulos en esta materia: el cudú, una especie de ciervo de pequeña alzada que antes habitaba en manadas las praderas de este país, está prácticamente extinguido. Y con él, animales como el yaguareté, confinados sus últimos ejemplares a zonas inaccesibles del norte nacional, o el pecarí, codiciado tanto por su carne como por su piel.

Estos son sólo algunos ejemplos de una larga lista que se difundió en una nota dada a conocer por Los Andes. Mendoza no escapa a las condiciones que se viven en el resto del mundo y el país. Aquí por poco quedó extinguido el guanaco, cazado por su piel o su carne, y hasta aves que aportan al ciclo natural que, como la lechuza, son cazadas para probar la puntería de muchos tiradores y cazadores furtivos.

Los movimientos conservacionistas han actuado con persistencia a través de varios años y han implantado alguna conciencia en nuestra población de que deben respetarse las especies animales autóctonas. La instauración de zonas de reserva aporta a esta tendencia que apunta a respetar la vida y preservar un patrimonio de imposible recuperación.

No solamente hay que establecer zonas de reserva para albergue de las especies en peligro de extinción, sino que de una vez por todas debe conformarse un servicio de guardias con medios y preparación suficientes para evitar que se siga actuando contra las especies protegidas, y con autoridad equivalente a la de la Policía como para poder actuar en casos puntuales de abusos o desobediencia.

Mucho es lo que se ha destruido del patrimonio original de Mendoza en materia forestal y animal, en nombre de un equivocado concepto de civilización. Debe procederse ahora a reparar los daños y tratar de que se recupere lo posible.

http://www.losandes.com.ar/2005/0510/editorial/nota250792_1.htm

 

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