Entrevista con Lee Hall. Jurista estadounidense.

Entrevista con Lee Hall: "El movimiento pro-derechos animales, hoy."

Oscar Horta

Lee Hall, jurista estadounidense, es especialista −y activista− en el ámbito de los derechos animales. Como teórica, además de sus aportaciones generales relativas a los argumentos a favor de la consideración moral y legal de los animales no humanos, caben destacar su análisis de las estrategias desarrolladas con el fin de cuestionar el uso de éstos, resultado del cual es su libro Capers in the Churchyard: Animal Rights Advocacy in the Age of Terror (Nectar Bat Press: Darien, 2006). En éste cuestiona las estrategias y tácticas intimidatorias, posicionándose a favor de un activismo no violento. (Es también, por cierto, la autora del artículo que recomendé en el anterior post).

Lee Hall ha tenido la amabilidad de responder a algunas preguntas acerca de su trabajo, experiencias y punto de vista. Aquí tenéis sus respuestas:

P. Desde 2001 a 2004 enseñaste derecho y escribiste como jurista en el puesto de adjunta de facultad en la Universidad de Rutgers, en la cual se da el curso de derecho animal que lleva más tiempo siendo impartido; y desde entonces has continuado impartiendo conferencias en otras facultades de derecho. ¿Cuál es tu experiencia acerca del interés de los/as estudiantes en el tema del derecho y los animales no humanos? ¿Cómo crees que los estudios en cuestiones relativas a los animales no humanos se están extendiendo en las universidades norteamericanas?

R. El tema se está extendiendo por universidades y facultades de derecho privadas; eso es incuestionable. Sin embargo, dado el carácter de las facultades y profesores de derecho, en la mayoría de estos cursos el énfasis se pone en la forma en la que, en el plano profesional, el trato de los animales en el derecho es un ámbito en el que es posible ganarse la vida. Así que una ve que gran parte del interés no se aplica a la teoría, ni a los derechos constitucionales, sino a cuestiones bastante banales, como el modo de emprender acciones legales en nombre del propietario de un perro que afirma haberlo perdido porque el veterinario le extendió una receta equivocada. O sobre cómo argumentar en nombre de alguien cuyo perro ha mordido a alguien, en nombre de alguien que quiere proteger a sus gatos en su testamento, etcétera.

Como directora legal de Friends of Animals, en la actualidad estoy trabajando con consultorios universitarios de ley medioambiental cuando creo que se está desarrollando un trabajo mucho más interesante. Por ejemplo, los estudiantes de la Universidad de Denver están emprendiendo acciones legales en nombre de nuestra organización para que las aves tropicales −comunidades completas de aves de Sudamérica, México, Nueva Zelanda, de distintos lugares− sean registradas como especies amenazadas, y de este modo acabar con el comercio de aves tropicales a los Estados Unidos. Creemos que el proceso va a tener éxito. Aunque esto no extenderá derechos legales a estas aves, tendrá el efecto de refrenar a la especie humana [en sus actos contra estas], que, de hecho, es en lo que consiste la faceta más significativa de los derechos animales.

P. Como alguien que conoce bien ambos mundos, ¿cómo ves la conexión entre el trabajo teórico y académico y el activismo dirigido al público general (tal y como es llevado a cabo por las organizaciones pro-derechos animales)?

R. En Estados Unidos y Canada, gran parte del trabajo en las facultades de derecho es llevado adelante por una determinada organización dedicada al activismo en el ámbito del derecho animal. Así que, de hecho, están bastante conectados. Esto probablemente no sea bueno para los estudiantes de derecho, porque las organizaciones tienden a centrarse en metas a corto plazo y en la consecución de miembros. Así que una ve a estudiantes de derecho llevando al departamento del servicio de hostelería de una escuela o facultad a cambiar de proveedores, estableciendo contratos con empresas que provean huevos de gallinas no mantenidas en jaulas.

Tal esfuerzo constituirá un mérito más que la organización pueda atribuirse, pero no hace que la teoría de los derechos animales se expanda y desarrolle.

P. ¿Puedes resumir brevemente, para quienes no están familiarizados/as con tu trabajo, las ideas fundamentales que defiendes en tu libro Capers in the Churchyard: Animal Rights Advocacy in the Age of Terror?

R. En mi opinión, hay dos importantes tendencias o modas que hacen posible que el gobierno y la industria tengan controlados a quienes defienden a los animales. Una de ellas (que ha sido abundantemente discutida, por supuesto) es la disposición de grupos dedicados a la defensa de los animales a trabajar con acuerdos con las empresas que crían, usan y venden los cuerpos de los animales −comúnmente, ajustes menores en el modo en el que se tiene a los animales−.

La otra tendencia o moda que permite que la defensa de los animales esté bajo control (y esta ha pasado prácticamente desapercibida en la literatura sobre la cuestión) es la disposición de los activistas a aparecer como intimidatorios o peligrosos. Ni quienes tienen actitudes favorables a un cambio social se opondrán a que leyes cada vez más elaboradas sean creadas para controlar a los activistas intimidatorios.

Capers In The Churchyard argumenta que estas tendencias o modas van a menudo de la mano. En otras palabras, vemos activistas muy vociferantes, con una actitud intimidatoria, que intentan cerrar una empresa en particular dedicada al testado con animales porque los laboratorios de tal empresa han violado las llamadas “buenas prácticas de laboratorio”. Los activistas militantes agresivos son a menudo llamados "radicales" o “extremistas”, pero la militancia agresiva, entiendo, no está en absoluto conectada con un cambio radical (a nivel de las raíces). Los militantes agresivos operan como una especie de proyecto de control de vigilancia policial de la explotación animal, siempre preparado para sacar a la luz lo que ven, presentándolo como horrores terribles.

Tanto las campañas dirigidas al modo en que se tiene a los animales no humanos como las campañas intimidatorias son utilitaristas. Lo irónico aquí es que muchos/as activistas están convencidos/as de que estos ajustes prácticamente irrelevantes en el manejo de los animales conducirán finalmente a algún buen fin, pero ¿cuál podría ser tal fin, si no tienen confianza en la posibilidad de que se establezca una cultura vegana?

El libro defiende la integridad en el activismo. El fin de los derechos animales es respetuoso; el camino hacia tal fin debe ser respetuoso con los humanos y los demás animales. Mi recomendación a los activistas es que siempre trabajen como si tuviesen 24 horas para mostrar al público la mejor forma posible de activismo pro-derechos animales.

P. Tu libro pone en cuestión una serie de presunciones que, de alguna manera, son hoy en día asumidas sin cuestión entre muchos y muchas de quienes se oponen al uso de animales no humanos. ¿En qué modo ha afectado esto a la recepción del libro?

R. La mayoría de los activistas, cuando les presionas para que manifiesten su opinión, dicen que no creen que el futuro llegue a establecerse una cultura vegana.

Así que prefieren unirse al activismo que busca la consecución de modificaciones menores. Son pesimistas acerca de los derechos animales, y no desearían ver tal pesimismo cuestionado.

Esto ha sido así ya desde hace algún tiempo, y yo no esperaba que fuese a conseguir una popularidad inmediata un libro que apunta, por ejemplo, que el cuestionamiento exclusivo de la cría de animales en granjas industriales −y no de otros modos de ganadería− no tiene nada que ver con la difusión de los principios veganos (de hecho, Donald Watson llamó Corredor de la Muerte a una granja en régimen extensivo −el lugar "idílico" en el que ser testimonio de la muerte de un cerdo impulsó a Watson a crear posteriormente la Asociación Vegana [The Vegan Society])–.

Por supuesto, para mí la cuestión no era que esto despierte simpatías o no. La mayoría de los grupos y proyectos en defensa de los animales se quedarían contentos con buscar replicar las granjas idílicas de principios del siglo XX, pero esto supone un paso hacia atrás. Con 6,6 miles de millones de seres humanos en el mundo en la actualidad, la granja idílica es algo aun más ficticio de lo que ya lo era a principios del siglo XX. Es preocupante que los defensores de los animales no reparen en los animales viviendo en libertad cuyas comunidades son arrinconadas y finalmente eliminadas para dejar más espacio a los granjeros de animales domesticados. Los seres criados para un cierto fin no pueden nunca tener derechos; y la domesticación, como la guerra, no tiene porque ser algo intrínseco a la vida humana. Podríamos arreglarnoslas de otro modo mejor.

En cuanto al rechazo de la violencia que se da en el libro, esto es algo nuevo. Los defensores de los animales no habían visto esto escrito en el formato de un libro. Las reacciones han sido variadas, pero siempre enérgicas. Un profesor de filosofía, un kantiano, alabó en general el libro; otro profesor de filosofía lo ha vituperado (aparentemente entendiendo, de forma equivocada, que aprobaba la aplicación de leyes severas) y me ha descrito como alguien que sufre el síndrome de Estocolmo.

P. ¿Cuál es tu opinión de la situación del movimiento contra el uso de animales no humanos? ¿Cuál es tu punto de vista acerca del modo en el que este se está desarrollando en distintos países y continentes?

R. Sin lugar a dudas su mayor problema hasta hoy ha sido, en todos los continentes, su falta de interés por los animales viviendo en libertad. Los derechos animales no se pueden encontrar en la granja; los animales criados para un cierto fin dependen de nuestro cuidado o caridad. El derecho que importa es el derecho de los seres no humanos a vivir en sus biocomunidades por su cuenta, no como nosotros determinemos. Ellos serán los animales que podrán experimentar cualquier beneficio que pueda derivarse de la aceptación por parte de los humanos de esta idea conocida como derechos animales. Y la situación de los animales viviendo en libertad es más urgente que nunca, pues nos encontramos en estos momentos viviendo la sexta gran extinción. Y esta se debe a causas humanas.

Es preocupante que cuando los defensores de los animales –incluyendo a los académicos– presentan ideas que afectan a los animales viviendo en libertad, estas tienden a ser relativas al control, como el testado de anticonceptivos en comunidades de ciervos, osos, aves y caballos, animales que ciertas poblaciones humanas encuentran inconvenientes. Si estuviésemos hablando en términos de derechos humanos, el que ciertas comunidades buscasen que otras comunidades fuesen sometidas a controles de natalidad sería condenado tajantemente.

Por supuesto, esto no quiere decir que los humanos, como especie en conjunto, no deberíamos controlar nuestro tamaño. Deberíamos hacerlo. Debemos trabajar en ello, en lugar de hacer tanto para controlar a otras especies.

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