El vídeo dura apenas unos segundos, pero basta para ver lo esencial: un grupo de personas rodea en la orilla a una cría de delfín que, momentos antes, nadaba cerca de la playa. Alguien la golpea en la cabeza con un palo. El animal, ya gravemente herido, es devuelto después al mar, pero para entonces ha dejado de moverse.
El mismo día se difundieron otras imágenes, esta vez en la zona del Pantano: un hombre carga una oca con las patas atadas mientras otro ciudadano trata de impedirlo hasta que llega la Guardia Civil. El agresor huye sin ser identificado. Son dos episodios distintos, pero comparten un mismo desenlace: un animal sufre, y ese sufrimiento queda grabado, verificado, expuesto.
Estos hechos son deleznables y deben señalarse, denunciarse y perseguirse con toda la fuerza de la ley, sin excepción. Pero exigir justicia para esos animales no es lo mismo que convertir su sufrimiento en munición para alimentar el discurso de quienes buscan motivos para señalar a las personas migrantes o reforzar prejuicios contra la comunidad musulmana. Ambas cosas —la exigencia de justicia y el rechazo a instrumentalizar el dolor animal contra un colectivo entero— tienen que sostenerse a la vez, sin que una debilite a la otra.
"El sufrimiento de un animal no cambia según la nacionalidad o la religión de quien lo provoca, y tampoco cambia lo que exigimos: que se investigue y se persiga hasta el final. Lo que no vamos a permitir es que el dolor de este delfín se use como excusa para odiar a un colectivo entero. Eso no protege a ningún animal: solo alimenta el odio hacia las personas", sostiene Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis en España.
No miraron hacia otro lado
Hay un gesto, en medio de estas imágenes, que merece tanta atención como la propia agresión: el de quienes no se quedaron de brazos cruzados. En El Trampolín, un trabajador de limpieza que presenció la escena intentó frenarla y advirtió de que lo correcto era avisar a un servicio ambiental, no manipular al animal. En el Pantano, un ciudadano se interpuso ante el hombre que maltrataba a la oca y lo retuvo hasta que llegó la Guardia Civil.
No grabaron con el móvil desde la distancia: dieron un paso adelante. Y ese gesto, tan sencillo como incómodo, es quizá la lección más grande que nos dejan estos hechos. Los animales no pueden pedir ayuda, no pueden denunciar, no pueden defenderse ante quien decide hacerles daño. Solo cuentan con que alguien, en el momento justo, decida que ese sufrimiento le importa lo suficiente como para intervenir. Para ellos, esa persona no es un detalle anecdótico: es la diferencia entre la vida y la muerte.
Entre realidad y ficción
Junto a estas imágenes verificadas ha circulado, en paralelo, otra historia muy distinta: la de supuestos migrantes cazando y comiéndose gatos, gaviotas o palomas en Ceuta. A diferencia del delfín y la oca, esta segunda historia no tiene sustento. El medio de verificación Newtral ha comprobado que no existen registros oficiales ni imágenes verificables que la respalden, y que ni siquiera las organizaciones que trabajan sobre el terreno atendiendo a las personas migrantes tienen constancia de un solo caso real. Algunas de las fotografías que ilustran estos mensajes, según ese mismo análisis, están generadas con inteligencia artificial.
Distinguir entre ambos hechos no es un matiz menor: es nuestra manera de trabajar. AnimaNaturalis va a seguir de cerca cualquier caso de maltrato animal que se produzca, venga de quien venga, y va a exigir consecuencias cuando esté verificado. Pero con la misma seriedad con la que denunciamos el maltrato, nos negamos a dar por buena una imagen o un vídeo solo porque encaje con lo que ya queríamos creer. Separar el hecho real del bulo no es un gesto de corrección política: es la única forma honesta de defender a los animales sin convertirse, de paso, en altavoz de un odio que no tiene nada que ver con ellos.
El animal que no cabe en un titular
Hay algo más que este episodio deja al descubierto, y que rara vez nos atrevemos a mirar de frente. Un delfín agonizando en una playa nos remueve por completo: es salvaje, es vulnerable, su imagen nos recuerda instintivamente a la de un ser que sufre como nosotros sufriríamos. Una oca con las patas atadas nos indigna del mismo modo. Y sin embargo, esa misma capacidad de sufrir la tienen también los animales que llegan cada día, sin cámaras ni testigos, a nuestros platos.
No se trata de restar gravedad a lo ocurrido en Ceuta. Se trata de preguntarnos, con honestidad, por qué un animal nos parece digno de indignación colectiva y otro nos resulta invisible, cuando ambos sienten dolor, miedo y la misma urgencia de seguir vivos. La diferencia no está en el animal: está en la costumbre que hemos normalizado hasta dejar de verla.
Tanbién cabe preguntarnos porqué en España hemos normalizado hacer un espectáculo de la tortura y matanza de más de diez mil toros, cada año.
Estas preguntas no exige culpar a nadie. Exige, simplemente, mirar hacia dentro: hacia lo que comemos, hacia lo que decidimos no ver porque no llega en forma de vídeo viral, sino en el envoltorio de un supermercado, o integrado en nuestras fiestas y tradiciones. Ahí es donde AnimaNaturalis cree que está la reflexión más honesta que puede dejar este episodio.
"No importa si la víctima es una oca, un perro de caza, una cría de jabalí, un delfín, un pollo, una vaquilla o un cerdo. No importa la bandera ni el color de piel de quien causa el daño. El sufrimiento es sufrimiento, y ahí es donde va a estar siempre nuestra mirada, y nuestra acción", concluye Gascón. El delfín de El Trampolín ya no puede ser salvado. Pero la pregunta que deja abierta —a quién decidimos ver, a quién decidimos no ver— todavía depende de nosotros.
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