Reseña de Rain Without Thunder (parte I)

Reseña del libro de Gary Francione Lluvia sin truenos: la ideología del movimiento por los derechos animales.

Reseña de Rain Without Thunder (parte I)

(Rain Without Thunder: The Ideology of the Animal Rights Movement, Temple University Press, Philadelphia, 1996).

Este libro es uno de los libros más completos de entre aquellos que han sido escritos hasta el momento sobre las estrategias del movimiento por los derechos animales. La mayoría de los libros que tratan la llamada “cuestión animal” (el tema de la consideración de los animales no humanos y nuestra relación con ellos), se han centrado en explicar los argumentos de cara a tener en cuenta a estos. El trabajo de Francione tiene un objetivo distinto. Lo que Francione investiga es cuál es el mejor modo en el que puede llevarse a cabo la lucha para conseguir que efectivamente los animales no humanos sean respetados. Es uno de los libros de contenido práctico más relevante sobre esta temática tras la publicación de Liberación Animal, obra a la que se opone en distintos puntos. Sin embargo, aunque ha sido ampliamente leído por activistas de diferentes países, sus contribuciones, muy importantes, no han recibido hasta el momento toda la atención que merecen. Por otra parte, tanto el propio Francione como otros que han reflexionado sobre la cuestión han llegado en la actualidad a conclusiones que superan las posiciones defendidas en él, y plantean perspectivas en ciertos sentidos distinta a la hora de oponerse a la utilización de los animales como recursos (si bien igualmente opuestas a las de Singer).

El libro comienza con un texto de apertura titulado “Introducción: derechos animales y bienestar animal (“Introduction: Animal Rights and Animal Welfare”), en el que Francione presenta las cuestiones que serán desarrolladas a lo largo del libro. En esta introducción, así como en el primer capítulo “Derechos animales: el rechazo del instrumentalismo” (“Animal Rights: The Rejection of Instrumentalism”), Francione explica las diferencias entre la perspectivas de los derechos animales y la del bienestar animal. La primera defiende que los animales no humanos, al igual que los humanos, deberían ser tratados como poseedores de derechos, lo que implica que no deberían ser considerados propiedades, ni, en consecuencia, ser usados como recursos para la satisfacción de los intereses de otros. La perspectiva del bienestar animal o bienestarismo, en contraste, acepta que los animales no humanos sean usados por los humanos, pero intenta que tal uso sea llevado a cabo de tal modo que implique un daño lo menor posible a sus víctimas. (Por esta razón, debe decirse que la denominación “bienestar animal” resulta confusa, dado que no constituye un movimiento que intente mejorar como tal el bienestar de los animales no humanos utilizados por los humanos, puesto que esto implicaría defender sus vidas y su libertad, todo lo cual es incompatible con su uso).

Haré aquí un apunte terminológico. En realidad, cabe apuntar también que es posible oponerse al uso de animales no humanos aun sin aceptar una posición pro derechos animales. Por otra parte, dado en contexto actual, en el que los seres humanos son protegidos con derechos legales, resulta especista defender esto último y no que los animales no humanos no los posean. Ahora bien, sería también posible oponerse a tal discriminación, aceptando que los animales no humanos posean derechos, y aun así no asumir plenamente un posicionamiento antiespecista. Por este motivo, la terminología más adecuada para nombrar la posición que de raíz se opone a toda discriminación de los animales no humanos es la del rechazo del especismo.

En cualquier caso, utilizando los términos que prefiere Francione, resulta claro que la perspectiva de los derechos animales no puede ser identificada con la del bienestar animal: sus objetivos son claramente diferentes. El movimiento por el bienestar animal traza una diferencia clara entre el trato que humanos y no humanos deben recibir, de un modo que hay que rechazar como especista.  Ciertamente, se puede indicar que hay quienes combinan tales posiciones, como pueden ser quienes estén a favor de ciertos usos de los animales no humanos y en contra de otros. Pero, en cualquier caso, la distinción entre uso y no uso, entre daño y no daño resulta clara, al margen de particularidades.
Una vez explicado esto, en el segundo capítulo “Los neobienestaristas” (“The New Welfarists”), Francione trata una de las estrategias que han sido llevadas a cabo con el objeto último de impedir que los animales no humanos sean utilizados a manos humanas. Esta consiste en intentar introducir regulaciones en el modo en el que los animales no humanos son usados, que puedan mejorar la situación en la que se encuentran.

Esta estrategia, que podemos llamar “regulacionismo” viene a ser la misma que los bienestaristas pondrían en práctica de cara a conseguir sus objetivos. Este es el motivo por el que Francione llama a esta perspectiva “neobienestarismo”. Hay motivos, sin embargo, para considerar objetable esta denominación, pues lleva a confundir un movimiento (el bienestarismo) con una estrategia (el regulacionismo). De hecho, esta es una estrategia muy representativa del bienestarismo, pero no la única (el bienestarismo puede también echar mano de la concienciación pública, por ejemplo). El uso del término “regulacionismo” evita este problema.

En el siguiente capítulo “Los orígenes filosóficos e históricos del neobienestarismo” (“The Philosophical and Historical Origins of New Welfarism”), Francione apunta que estos radicarían, respectivamente, en la influencia dentro del movimiento de la obra de Peter Singer (que no se opondría a cualquier uso de los animales no humanos –aunque sí a la mayoría, incluyendo su consumo como comida) y en la opción por esta estrategia por parte de agentes clave en el movimiento estadounidense, como Henry Spira o PETA. Se puede objetar a su análisis en lo referente al plano filosófico indicando que la opción por una determinada estrategia no tiene por qué ir ligada a unos determinados objetivos. Por otra parte, en lo que refiere a la práctica, en el plano histórico su análisis parece correcto en el caso de Estados Unidos, pero deja de lado lo que ha ocurrido en otras partes del mundo. (En el norte de Europa, por ejemplo, han tenido un gran impacto determinadas estrategias centradas en cuestionar la oferta del uso de animales no humanos que comenzaron a seguirse en el Reino Unido −estrategias cuestionables, por cierto, al dejar de lado el elemento crucial, que es la demanda de tal uso. Mientras, en el mundo de habla hispana el cuestionamiento del especismo quizás ha tenido algo más de peso).

El siguiente capítulo lleva por título “Los resultados del neobienestarismo: el movimiento de la ‘confusión sobre los animales’ ” (“The Results of New Welfarism: The “Animal Confusion” Movement”). En este se refiere Francione a la idea de que no es problemático que entre quienes buscan el fin del uso de los animales no humanos haya quien asuma una estrategia regulacionista, dado que la diversidad enriquece al movimiento. A la luz de lo que ocurre en el mundo real, esta afirmación no se sostiene, apunta Francione. Indica que lo que ha sucedido en la práctica es que los objetivos del movimiento son confundidos, y la opinión pública a menudo no los comprende (asumiéndose así, no pocas veces, que el objetivo buscado no es el fin del uso de animales, sino su regulación). En realidad, si una estrategia es contraproducente, no parece tener mucho sentido seguirla para tener una mayor diversidad dentro del movimiento. Junto a esto, muestra Francione que los discursos de quienes siguen campañas regulacionistas y el de aquellos favorables al uso de los animales acaba siendo prácticamente idéntico, dado que estos últimos también aceptan (incluso aunque sólo sea en su retórica) que el daño que se ocasiona a los animales no humanos al ser utilizados debe ser minimizado. Esto sugiere que tal discurso no puede ser el acertado de cara a cuestionar tal uso, a no ser que dudemos seriamente de las capacidades publicitarias de las industrias dedicadas a satisfacer la demanda del uso de animales no humanos, lo que no parece realmente razonable.

Lo dicho arriba se pone de manifiesto de forma más notable en el capítulo que sigue: “Los defectos empíricos y estructurales de la teoría del bienestar animal” (“The Empirical and Structural Defects of Animal Welfare Theory”). Francione apunta que, tras casi doscientos años de campañas bienestaristas, la grave situación de los animales no humanos no ha mejorado. Lo que es más, a lo largo del último siglo ha empeorado significativamente. El número de animales no humanos utilizados para la prodección de productos culinarios (o, si se prefiere, alimenticios), así como ropa, o para la realización de experimentos o el entretenimiento ha alcanzado cantidades difícilmente imaginables a principios del siglo XX. El movimiento bienestarista no ha impedido esto. Esta afirmación es cierta, si bien probablemente demasiado rigurosa. Incluso aunque en lugar del bienestarismo hubiese existido un movimiento pro-derechos animales como el que el propio Francione defiende, y que siguiese las estrategias más adecuadas, es muy posible que este sólo habría podido parar de forma limitada el enorme desarrollo del uso de animales no humanos. Ahora bien, podría apuntarse que tal movimiento podría haber conseguido, con todo, sentar una base para que tal explotación encontrase un freno más significativo en el futuro. Y en el caso del bienestarismo resulta francamente cuestionable que algo así haya ocurrido en absoluto. (La oposición actual al uso de animales no humanos ha surgido, más bien, del desarrollo de las posiciones contrarias a este durante la década de los setenta).

A pesar del título de este capítulo, la intención de Francione al llevar a cabo este análisis no es tanto evaluar al bienestarismo como tal, sino cuestionar la utilización de la estrategia regulacionista para combatir el uso de animales no humanos. Sobre la base de la evidencia empírica arriba apuntada, Francione muestra que debemos rechazar, por incorrecta, la idea de que la consecución de regulaciones lleva finalmente a aboliciones. En realidad, si hablamos en términos lógicos aplicados a la dinámica de la aprobación de legislaciones esto es así: una suma de regulaciones no lleva necesariamente a ninguna abolición. Ahora bien, lo relevante aquí es si puede hacerlo de manera indirecta, propiciando las condiciones para que esta se de. Acerca de esto, Francione sostiene que el regulacionismo supone un freno a los esfuerzos destinados a difundir un modo de vida libre del consumo de animales no humanos. Apunta que la idea que el público se hace ante las campañas regulacionistas es que el uso de animales no humanos no es cuestionable, y que las únicas objeciones que pueden surgir al respecto son las relativas al modo en el que este es llevado a cabo. Esto sucede, por ejemplo, cuando se promueve el consumo de carne de animales que no han sido criados en granjas industriales, lo que da a la opinión pública la impresión, completamente errónea, de que el abandono de productos cárnicos no es necesario para respetar verdaderamente los intereses de los animales no humanos. Este argumento ha sido cuestionado por quienes defienden esta estrategia, que apuntan que el regulacionismo crea una conciencia favorable a los animales no humanos. En realidad, ambas reacciones se dan. Hay testimonios de lo uno y de lo otro. Pero de aquí no se sigue una posición neutra. Lo que se parece derivar, más bien, es que hemos de preferir otras estrategias que resulten válidas y que no tengan efectos negativos como los que se pueden achacar a esta.

Dr. Óscar Horta