Perros

Abundan más entre las personas los mostruos que entre los perros los ejemplares asesinos; hay más probabilidades de toparnos con un violador que con un can mortí­fero.

08 octubre 2001

Estoy harta del aluvión de noticias truculentas que estamos sufriendo últimamente. Estoy desesperada al ver que el tema se ha convertido en un tópico periodí­stico, en una noticia morbosa con la que despertar miedos irracionales y casi mágicos en las personas: "¿Pero qué les está pasando a los perros? ¿Hay una conjura, una maldición, es una señal apocalí­ptica, se están rebelando?"

No, no se están rebelando: siempre hubo algún accidente de este tipo, desde que el mundo es mundo. Lo que pasa es que antes la noticia no llegaba a los periódicos, y si lo hací­a, no era tratada con el vicioso mimo y la relevancia que ahora le aplicamos. Un perro puede atacar; puede defenderse violentamente si es hostigado, y puede equivocarse a la hora de dirigir su rabia y su venganza. Por otra parte, un perro puede volverse loco, como se vuelven locas las personas. Pero si tomamos en cuenta la masa de población canina, los incidentes son mí­nimos. Como es obvio, hay un porcentaje mucho mayor de humanos criminales. Y me estoy refiriendo tan sólo a los delincuentes declarados, a los que matan, a los que violan, a los terroristas. Abundan mucho más entre las personas los monstruos de ese tipo que entre los perros los ejemplares asesinos; o sea, hay más probabilidades de toparnos con un violador que con un can mortí­fero.

Y estoy poniendo tan sólo ejemplos muy extremos; porque si hablamos de la brutalidad común, de la maldad feroz de andar por casa, entonces las personas sobrepasamos a la población canina de manera infinita. Hombres que pegan a sus mujeres, mujeres que maltratan a sus hijos, hombres y mujeres que abandonan a sus viejos. Por no mencionar la terrible, aceptada violencia contra los animales: las alegres fiestas patrias en las que se defenestran cabras, se apalean burros, se acuchillan terneros, se arrancan cabezas de patos a tirones. ¿Y por qué no hablar de los perros? Abandonados, golpeados, muertos de hambre, utilizados para peleas y para experimentos muchas veces inútiles. No, no se han rebelado, aunque hubieran debido hacerlo. Pero los pobres chuchos son demasiado leales, demasiado dóciles.

Por otra parte, es posible que en los últimos tiempos haya aumentado el número absoluto de accidentes violentos protagonizados por perros. Primero porque ahora hay muchos más ejemplares domésticos: se han puesto de moda como mascota. Pero sobre todo porque esa moda no ha traí­do una mayor conciencia social sobre los derechos de los animales. Muchos compran un cachorro a sus malditos niños como si se tratara de un juguete, y luego lo arrojan a la calle pocos meses más tarde, sorprendidos de ver que el bicho crece y come y mea y les lame y demanda cariño, en vez de comportarse decentemente como un perro de trapo. Esos cachorros despojados, olvidados, maltratados y traicionados pueden, sin duda, desequilibrarse, y tal vez llegar a morder cuando no deben; pero más desequilibrados aún están todos esos perros que fueron comprados no ya como un juguete, sino como un arma. Me refiero a la creciente paranoia urbana, y a los flamantes propietarios de los no menos flamantes chalés adosados. Muchos de ellos desprecian o temen a los animales y no tienen ningún interés en intimar con ellos; pero se compran un perro para que les defienda las propiedades, y lo mandan educar para el ataque (un adiestramiento a menudo feroz que les desquicia), y lo mantienen todo el dí­a en el exterior del maldito chalé atado por el gaznate a una cuerda muy corta, sin mirarle, sin pasearle, sin acariciarle, sin hablarle. Como quien entierra una mina explosiva en el jardí­n: y el animal se puede convertir así­, en efecto, en una máquina de matar. El perro es un ser social y para poder vivir necesita estar con su manada: esto es con otros ejemplares de su especie, o si no con esos perros sustitutos que somos los amos. El animal que es mantenido atado a una caseta, separado de todos, aislado de cariño y de contacto, está siendo sometido a un suplicio psicológico para él insufrible. ¿Que hay perros que atacan y que matan? No me extraña: les estamos torturando y volviendo locos.

España es un paí­s especialmente brutal en el trato con los animales. Al escribir esto, en el barrio del Pilar de Madrid hay instalado un tiovivo con caballitos enanos de verdad. Están atados en parejas a unas barras, con las cabezas fuertemente sujetas a los hierros para que no puedan volverse y asustar a los niños que les cabalgan. Así­, con el cuerpo totalmente inmovilizado, rodeados de luces cegadoras y de un estruendo horrendo, con calor y sin agua, los caballitos dan vueltas y vueltas durante todo el dí­a. Y una multitud de padres felices montan a sus hijitos en los lomos, sin darse cuenta de que les están enseñando a divertirse siendo crueles. En una sociedad como la nuestra, tan salvaje e inconsciente con los animales, sólo nos faltaba una campaña periodí­stica como la de los perros asesinos. Porque esas noticias infunden miedo a los ignorantes, y el miedo siempre genera violencia defensiva. O sea, aún más violencia contra los perros. Seguimos perpetuando la barbarie.

Rosa Montero
Publicado originalmente en El Paí­s, 2001

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