¿Por qué les hacemos esto a los animales?

¿Por qué? ¿Por qué les hacemos esto a los animales?

¿Por qué les hacemos esto a los animales?

¿Por qué? ¿Por qué les hacemos esto a los animales?

¿Cómo pueden aplaudir, reír, emocionarse, mientras un toro abatido, cansado, aterrorizado, se desploma tras recibir la estocada del torero? ¿Cómo pueden seguir argumentando que no sienten dolor? Yo puedo verlo, lo estoy viendo delante de mis ojos, puedo olerlo. Su mirada lo transmite todo, su mirada te sobrecoge el corazón.

Se trata de una muerte lenta, triste. Nadie querría algo así; nadie merece algo así.

¿Qué nos hace ver dos realidades tan distintas? ¿Cómo pueden esas personas, esa afición sedienta de sangre, no ver lo mismo que estoy viendo yo?

Yo estoy rota, tiemblo, me cuesta respirar, sollozo entre lágrimas, me tapo la boca para no despertar tantas sospechas. Ellos aplauden la faena del torero, mientras el toro aún vive, mientras intentan que muera de una vez pero él se resiste. Porque, si algo he aprendido con esta dolorosa experiencia, es que el toro no muere con el estoque, el toro no va a recibir una muerte rápida, el toro va a agonizar en el suelo. Ni siquiera en el suelo, con el puntillazo. El toro agoniza, el toro no quiere morir.

El toro no lucha contra el torero, solamente huye del dolor. Qué tristeza, qué dolor verle sufrir de esa manera, entre los silbidos y aplausos de la afición. Debería ser tan espectacular admirar su belleza en vida, y no festejar su tortura.

Qué dolor ver a dos animales como el toro y el caballo, obligados a enfrentarse, obligados a ponerse en peligro el uno al otro. Es uno de los momentos más horribles de la lidia.

¿Qué debe de sentir mi amado toro? Ese animal tan noble, bellísimo, fuerte, elegante, de mirada pura. ¿Qué debe de sentir al ver que intentan hacerle daño, al oler la sangre de sus anteriores compañeros que han muerto minutos antes que él en esa misma arena? Oirá aplausos, risas, música, gritos, intentará quitarse las banderillas, retrocederá unos pasos en un intento de alejarse de su torturador, pero la capa sigue llamando su atención, y él embiste, sin fuerza, sin ganas, sin maldad, simplemente por instinto. Cada vez más debilitado, cada vez más acalorado, cansado, abatido, recibirá la estocada.

Me rompo al pensar en cómo abre su boca, como se doblan sus patas delanteras. Todo en contra de su deseo de salir de esa situación, de su deseo de vivir.

Como si de la época romana se tratase, pasearán el cuerpo sin vida del toro por toda la plaza. Y la afición aplaudirá, como si solamente nosotras viéramos la realidad: que un animal inocente acaba de ser torturado y asesinado cruelmente en contra de su voluntad, sin haber hecho daño a nadie, únicamente para que una minoría sacie su sed de violencia y sangre. 

Bromearán sobre su indulto, se burlarán de él, el torero danzará a su alrededor, le cortarán las orejas.

Tengo 33 años, y nunca había visto una corrida de toros entera ni en televisión. Las imágenes que he ido viendo, lo mucho que he leído y aprendido sobre esta crueldad, me habían dado una idea clarísima, pensaba yo, de lo que era la tauromaquia.

Me equivocaba. La tauromaquia es algo mucho más cruel, salvaje y sangrienta de lo que pensaba. Hay sangre, mucha sangre, algunas veces tanta que les cuesta preparar la plaza para el siguiente toro que correrá la misma suerte que su anterior compañero.

Fueron 8 toros. El primero rompió tanto mi alma que pensé que iba a vomitar, me faltaba el aire, temblaba. Estaba a unos pocos metros, sentada, rodeada de aplausos, y él, el toro, ese animal que ha motivado mi lucha por los derechos de los animales desde que soy una niña, aquello que más amo, ha caído al suelo porque sus patas le han fallado, su propia sangre le está ahogando, su visión se ha nublado, pero su muerte no es rápida; su matador no acierta tan rápido y él sigue luchando por su vida. Porque él desea vivir, porque él debería tener el mismo derecho a la vida que tengo yo, pero no es así. Y al final su cabeza también cae al suelo, queda tumbado, sus patas aún tiemblan, pero por fin, todo acaba para él.

¿Qué sentido tiene? No lo comprendo. El toro está tan cansado, tan pacífico. Babea tanto, jadea tanto, su respiración es tan intensa. Nadie debería morir entre risas, gritos, música burlona y aplausos. ¿Por qué no es tan evidente para aquellos que están aplaudiendo a mi alrededor? ¿Por qué no quieren saltar al ruedo como yo y abrazar al toro, decirle que todo irá bien, que todo ha acabado?

Han pasado 3 días, y no consigo dejar de llorar cuando recuerdo lo que hemos visto en la plaza. La mirada de un animal tan inocente, tan aturdido. Y los aplausos. ¿Por qué aplauden la muerte de un animal? La muerte suele ser algo triste y doloroso; la tortura suele ser algo insoportable, inaceptable. Pero siguen aplaudiendo, siguen riendo, siguen haciendo fotos orgullosos, siguen admirando la figura de unas personas que se dedican a torturar y acabar con la vida de aquello a lo que amo, de aquello por lo que yo lucho.

A partir del segundo toro, ya me sumerjo en una nube de inconsciencia e incredulidad. Estoy cansada, triste, destrozada. Ya no lloro, ya no tiemblo. Ya solo me dedico a intentar sacar buenas imágenes. Miro a mi alrededor con curiosidad, intento entender sus aplausos, sus sonrisas, su falta de empatía por ese animal.

Tengo suerte, suerte de haber sido educada en el respeto hacia todos los seres de este planeta.

Cuando todo acaba, me siento en un bar con Yasmina. Nos miramos a los ojos y brindamos por la abolición. Porque sabemos que lo vamos a conseguir. 

 

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