El reciente galardón del Festival de San Sebastián al documental Tardes de soledad, de Albert Serra, reavivó un debate que muchos preferían enterrado. Ahora, con el Goya a mejor documental de 2025, ese debate regresa con una urgencia que ya no admite dilaciones. La Academia de Cine Español ha decidido premiar una obra construida sobre la agonía filmada de seres vivos, envuelta en encuadres bellísimos y una puesta en escena impecable. Y eso nos dice mucho sobre el estado moral de nuestra cultura.
Albert Serra, aficionado declarado a los toros, ha insistido en que su mirada es "neutral". Pero la neutralidad es una impostura cuando la cámara se sitúa a centímetros de un toro moribundo, cuando el sonido —descrito por los propios críticos como "apabullante"— reproduce con fidelidad milimétrica cada gemido, cada golpe, cada boqueada. No hay neutralidad posible cuando se estetiza el sufrimiento. Solo hay complicidad.
Un matadero con iluminación de autor
El crítico Ezequiel Boetti, de EscribiendoCine, lo expresó con una claridad que debería avergonzar a los miembros del jurado del Goya: "Albert Serra lleva esa premisa hasta el extremo: su lupa transforma el ritual taurino en una experiencia monstruosa, aberrante y profundamente incómoda. El trabajo de sonido es apabullante y refuerza la sensación de estar ante un matadero esteticista." Un matadero esteticista. Eso es exactamente lo que acaba de ganar el Goya a mejor documental.
La periodista y escritora Pilar Eyre fue aún más directa en su columna recogida en La Vanguardia: "No voy a ver Tardes de soledad. Por supuesto que no. No quiero que nadie me diga nada de esta película y si algún amigo va a verla, dejaré de hablarle y le pondré una cruz." Su rechazo visceral no es irracionalidad: es la respuesta honesta de quien no está dispuesta a convertir el sufrimiento animal en experiencia estética de tarde de domingo.
El crítico Enrique Constans, en su reseña publicada en Enriqueconstans.com, apuntó algo que el entusiasmo de los premiadores prefiere ignorar: "Me parece cuestionable. Se deja ver la postura que toma su director... Se niega a aceptar que hay retazos de folclore rancio, facherío y masculinidad tóxica que la cámara parece acariciar en lugar de diseccionar." La cámara acaricia en lugar de diseccionar. Ahí reside el problema moral de fondo: Tardes de soledad no analiza la tauromaquia, la contempla con devoción.
El dolor como espectáculo
Desde la prensa internacional, las reseñas no han sido más tranquilizadoras para los conciencias sensibles. Luis Martínez, cronista de El Mundo desde el Festival de San Sebastián, describió la experiencia así: "Es una película que duele físicamente. La cámara se sitúa tan cerca de la agonía que el espectador se convierte en cómplice de un acto de crueldad extrema, despojado de cualquier épica romántica." Cómplice. Esa es la palabra que el Goya ha convertido en oficial: quien vea esta película —y quien la premie— se convierte en cómplice.
En Variety, el crítico Guy Lodge escribió que Serra "no flaquea en su presentación del abuso y el sufrimiento animal" y que la mirada de la película es "tan burlona como deslumbrada", con el culto al torero Andrés Roca Rey funcionando como una fuente tácita de comedia. Es decir: la película ridiculiza al torero al tiempo que glorifica el ritual de muerte. Una contradicción que solo puede sostenerse si el toro —el único que paga con su vida— no importa.
El Los Angeles Times, en reseña de julio de 2025, describió la obra como un "elegante entrelazamiento de meditación y obscenidad" que da a la tauromaquia "la oportunidad de escandalizar", y añadió que "es inhumana". Qué frase tan reveladora: admitir la inhumanidad de algo y aplaudirlo de todas formas. Ese es el ejercicio moral que el cine de autor nos propone, y que la Academia española ha refrendado con su galardón.
La publicación InReviewOnline fue aún más explícita en su análisis ético: "El resultado es un retrato alarmantemente claro... Serra desnuda el toreo hasta sus componentes estéticos y rituales, pero no huye de lo que obviamente lo ha convertido en uno de los eventos europeos más controvertidos... Más de la mitad de la duración de la película presenta toros sangrantes que morirán en pantalla." Más de la mitad de la película. Toros sangrantes que mueren en pantalla. Y esto tiene un Goya.
Incluso David Katz, en The Film Stage, reconoció que esta "no es la película más intelectualmente interesante de Serra", lo que la convierte en "menos satisfactoria que sus otras obras", limitándose a "una claridad retórica más directa". Traducido: hay poco pensamiento detrás de la cámara. Solo imágenes de muerte bien encuadradas.
Tedio, repetición y onanismo audiovisual
Hay otra dimensión de esta película que sus admiradores prefieren obviar: su naturaleza profundamente tediosa para quien no comparte la fascinación por el espectáculo taurino. Numerosas reseñas la han descrito como un suplicio monótono, una experiencia que roza lo insoportable no solo por su violencia, sino por su estructura repetitiva y vacía. La misma faena, el mismo ritual, los mismos primeros planos de vísceras y sangre, una y otra vez. Un ejercicio de onanismo audiovisual que utiliza la estética para ocultar la ausencia de narrativa, de argumento, de cualquier intención que no sea la contemplación extática del sufrimiento.
Las escenas de agonía animal no son metáforas ni recursos dramáticos: son documentación de la realidad. Y esa realidad genera, en los espectadores que conservan intacta su empatía hacia los animales, algo que va más allá del rechazo intelectual: arcadas. Horror físico. La película ha sido descrita como una experiencia traumática, un relato de terror sin contexto que solo ofrece violencia sin redención. No hay épica. No hay catarsis. Solo un toro que muere mientras la cámara lo registra con delectación técnica.
Los números detrás de la belleza
Mientras la crítica debate sobre encuadres y sonido, los datos permanecen inamovibles. Según cifras del Ministerio de Cultura, más de 10.000 toros y vaquillas son sacrificados anualmente en eventos taurinos en España. Estos animales —que la ciencia ha demostrado sin lugar a dudas que poseen sistemas nerviosos capaces de experimentar dolor, miedo y angustia— son sometidos a un espectáculo que glorifica su muerte lenta. Cada corrida que se filma, cada documental que se premia, es una nueva legitimación de esa industria del sufrimiento.
Algunos defensores de la tauromaquia, como señaló en su momento el crítico Diego Battle, ven en películas como Tardes de soledad una defensa de la "españolidad" frente a lo que llaman una "dictadura de la corrección política". Es un argumento que ignora deliberadamente que la "corrección" en cuestión no es ideológica, sino moral: no queremos que se haga sufrir a los animales. Eso no es corrección política. Es civilización.
La supresión del Premio Nacional de Tauromaquia por parte del Ministerio de Cultura en 2023 fue una señal inequívoca de hacia dónde camina la sociedad española. El Goya a Tardes de soledad es una señal en la dirección contraria: hacia atrás, hacia una estética que no ha resuelto —ni quiere resolver— su deuda con la ética.
¿Arte o documento del crimen?
El documental retrata al torero Andrés Roca Rey como un personaje taciturno, casi autómata, rodeado de un séquito que lo venera con halagos rayanos en lo absurdo. En una secuencia, un ayudante lo levanta y sacude para ayudarle a ponerse sus ajustados pantalones de matador —una imagen que lo reduce a maniquí adornado para el sacrificio. Serra ridiculiza la fanfarronería masculina del universo taurino. Pero mientras lo hace, los toros siguen muriendo. Y la cámara sigue grabando.
Esa es la contradicción irresoluble de Tardes de soledad: puede ironizar sobre el machismo del toreo, puede despojar al torero de su épica, puede presentar la ceremonia como algo próximo a lo grotesco. Pero no puede cambiar el hecho de que, al final de cada faena, un animal ha sido torturado hasta la muerte. Y que esa tortura está en pantalla, filmada con gracia, premiada con estatuillas.
Cuando el documental se presentó en el Festival de Cine de Nueva York, muchos esperaban ver la reacción de una sociedad donde la tauromaquia es percibida como un residuo de la Edad Media. La reacción fue de perplejidad e incomodidad. En España, en cambio, le hemos dado el Goya.
La crueldad no la redime la estética
La pregunta que Tardes de soledad nos plantea —¿puede una obra ser considerada arte si está fundamentada en el sufrimiento de seres vivos?— no es una pregunta retórica. Es la pregunta más urgente que puede hacerse nuestra cultura en este momento. Y la respuesta, para quienes creemos que la ética y la estética son inseparables, es clara: no. Una obra técnicamente exquisita puede ser moralmente abominable. Y premiarla no la redime: nos condena a nosotros.
La crueldad, por más que la ilumines con maestría, por más que la encuadres con sensibilidad, por más que la acompañes de una banda sonora que gane premios, no deja de ser crueldad. Y nosotros, quienes trabajamos cada día para que los animales dejen de ser tratados como objetos de entretenimiento, seguiremos diciéndolo aunque cueste votos, amistades o premios.
El Goya a Tardes de soledad es una afrenta a cada uno de los diez mil toros que mueren cada año en las plazas españolas. Una afrenta filmada con gracia. Premiada con aplausos. E ignorada con la misma comodidad de siempre.

