La llegada de las celebraciones navideñas trae consigo una tradición que para muchos es sinónimo de alegría, pero que para millones de animales representa una experiencia traumática: la pirotecnia. Mientras los humanos disfrutan de los destellos y explosiones, perros, gatos, aves domésticas y fauna silvestre sufren episodios de terror que pueden derivar en lesiones graves, enfermedades e incluso la muerte.
El problema no es menor ni anecdótico. Se estima que aproximadamente la mitad de los perros urbanos sufre síntomas relacionados con las explosiones de petardos, mientras que la quinta parte de las desapariciones de animales de compañía se debe a sonidos muy fuertes, principalmente fuegos artificiales y tormentas. Detrás de cada celebración con pirotecnia se esconde una realidad invisible: el sufrimiento masivo de seres que no pueden comprender ni escapar del estruendo.
Un oído tres veces más sensible
Para entender la magnitud del problema es fundamental considerar las diferencias biológicas. Los perros pueden oír hasta 60.000 hercios, mientras que los humanos no perciben nada más allá de 20.000 hercios, apenas un tercio de la capacidad canina. Esta agudeza auditiva superior convierte lo que para nosotros puede ser un ruido molesto en una experiencia extremadamente dolorosa para ellos.
Los fuegos artificiales pueden emitir sonidos de hasta 190 decibelios, muy por encima del umbral de dolor humano que se sitúa entre 75 y 80 decibelios. Para ponerlo en perspectiva, la pirotecnia genera un nivel de ruido más alto que el de los disparos de armas de fuego, que alcanzan 140 decibelios, y que el de algunos aviones de reacción, que llegan a 100 decibelios. Este nivel sonoro no solo resulta aterrador para los animales, sino que puede causarles daños físicos permanentes en su aparato auditivo, incluyendo pérdida de audición y tinnitus.
El pánico que desencadena tragedias
Las reacciones de los animales frente a la pirotecnia van mucho más allá de un simple susto momentáneo. Los perros muestran señales inequívocas de pánico extremo: parálisis o congelamiento, intentos desesperados de escape, temblores incontrolables, jadeo excesivo, salivación abundante y taquicardia. En muchos casos se observan también vocalizaciones intensas, pérdida del control de esfínteres, destrucción de objetos y mobiliario, y trastornos gastrointestinales.
"Estos cuadros de estrés pueden evolucionar a taquicardias severas, enfermedades nerviosas e infartos. Hemos documentado casos de animales que literalmente mueren de miedo", explica Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis en España. "A veces huyen desesperados, y en esa huida pueden ser atropellados en una carretera. La desorientación y el pánico los lleva a exponerse a peligros que normalmente evitarían".
Los estudios científicos respaldan estas observaciones. Las investigaciones han demostrado que los perros experimentan durante los episodios de pirotecnia un aumento significativo de cortisol, la hormona del estrés, y un marcado desequilibrio del sistema nervioso con predominio del sistema simpático. Neuropsicólogos especializados en comportamiento canino señalan que la respuesta de estos animales es similar al estrés postraumático en humanos, con la diferencia de que los perros no tienen capacidad de racionalizar su ansiedad, lo que significa que experimentan una forma más profunda e intensa de terror.
La estadística es demoledora: organismos como la American Society for the Prevention of Cruelty to Animals indican que los petardos y las tormentas provocan cerca del 20 por ciento de los casos de animales extraviados. Durante las celebraciones con pirotecnia, los refugios y organizaciones de protección animal se ven desbordados por avisos de animales perdidos, muchos de los cuales presentan lesiones por intentar atravesar ventanas, saltar vallados o escapar de cualquier forma del origen del ruido.
Gatos: víctimas silenciosas
Los efectos de la pirotecnia en los gatos son menos evidentes para los observadores externos, pero no por ello menos graves. Estos animales tienden a ocultarse o intentar escapar, respuestas que pueden parecer menos dramáticas que las de los perros pero que indican un nivel similar de angustia. Su naturaleza más reservada hace que su sufrimiento pase más desapercibido.
Un peligro adicional para los gatos es su curiosidad natural. Muchos de los que se encuentran cerca de zonas donde se detona pirotecnia terminan ingiriendo restos de petardos, lo que puede provocar intoxicaciones graves. Los petardos contienen sustancias químicas altamente tóxicas, y su explosión libera partículas nocivas como el polvo fino respirable. En algunos casos documentados, gatos han perdido la vista o sufrido lesiones graves por explosiones cercanas.
Las aves: del hogar al cielo, todas vulnerables
Las aves domésticas, aunque a menudo olvidadas en este debate, sufren consecuencias particularmente severas. El ruido de los petardos puede causarles taquicardia e incluso la muerte súbita. Estas criaturas, con sus delicados sistemas cardiovasculares y respiratorios, son extremadamente sensibles a los sobresaltos intensos.
En el ámbito de la fauna silvestre, los efectos son igualmente devastadores. Las respuestas de desorientación y pánico frente a los fuegos artificiales provocan que las aves vuelen erráticamente, estrellándose contra edificios, ventanas o cables eléctricos. Las especies coloniales que anidan en altas densidades, como las gaviotas, corren un riesgo especialmente elevado: cuando huyen del ruido, muchas madres no logran encontrar su nido al regresar, lo que condena a las crías al abandono y la muerte.
Investigaciones científicas han documentado que las aves afectadas por ruidos explosivos reducen significativamente su tiempo de alimentación. Para compensar esta pérdida, intentan alimentarse durante la noche, lo que acorta sus períodos de descanso y sueño, reduciendo gradualmente sus tasas de supervivencia. En casos extremos, el pánico causado por la pirotecnia ha provocado abandonos masivos y temporales de áreas enteras.
El impacto oculto
El sufrimiento no se limita a los animales de compañía. Los caballos, animales extremadamente sensibles cuyas reacciones de pánico pueden ser dramáticas y peligrosas, han protagonizado numerosos incidentes. Se calcula que un 79 por ciento de los caballos experimenta ansiedad por los petardos, y un 26 por ciento sufre lesiones directamente relacionadas con ellos. Existen casos documentados de caballos que han saltado puertas de establos o vallados, huyendo hacia carreteras donde fueron atropellados.
En animales de granja, las consecuencias también son significativas. Las gallinas ponedoras muestran una producción de huevos extremadamente baja el día posterior a explosiones de fuegos artificiales, y los huevos producidos frecuentemente presentan malformaciones. En hembras preñadas de diversas especies, el estrés severo puede provocar abortos espontáneos o reabsorciones embrionarias.
Los zoológicos proporcionan evidencia adicional del impacto de la pirotecnia. Estudios realizados en estos centros han comprobado que el ruido pone en estado muy nervioso a animales como rinocerontes y guepardos, afecta visiblemente a elefantes, y mantiene a roedores corriendo durante minutos después de que los ruidos hayan cesado.
El peligro de la intoxicación
Más allá del trauma auditivo y psicológico, la pirotecnia representa un peligro químico. Los petardos son venenosos, y su explosión libera partículas nocivas. El denso humo está compuesto principalmente de polvo fino respirable y tóxico que puede empeorar enfermedades existentes y desencadenar otras nuevas. Los productos químicos liberados son especialmente peligrosos para gatos y perros, que pueden ingerir restos de petardos por curiosidad.
Los animales que se encuentran demasiado cerca de las detonaciones sufren quemaduras significativas, daños oculares y lesiones auditivas que pueden ser permanentes. Estudios realizados sobre perros de caza sometidos frecuentemente al ruido de disparos próximos han confirmado pérdidas de audición irreversibles, un fenómeno que se extrapola a la exposición a pirotecnia.
El contexto humano
El impacto de la pirotecnia trasciende el mundo animal. Las personas con trastorno del espectro autista experimentan las explosiones como una verdadera catástrofe sensorial. Su necesidad de orden y regularidad hace que los ruidos imprevisibles y estridentes les perturben en extremo, incrementando sus niveles de cortisol y generando conductas estereotipadas, repetitivas y en ocasiones agresivas.
Las personas mayores, los bebés, quienes padecen migrañas, individuos con estrés postraumático y pacientes con epilepsia también se ven severamente afectados. Los veteranos de guerra pueden experimentar episodios traumáticos al asociar el sonido con experiencias de combate. Las personas epilépticas pueden sufrir convulsiones tras exhibiciones pirotécnicas, y quienes padecen tinnitus ven agravada su condición.
Un cambio progresivo pero urgente
"Este debate está en la calle pero aún no llega suficientemente a la Administración pública, sobre todo a los ayuntamientos que año tras año gastan miles de euros en castillos de fuegos artificiales", señala Gascón. "Es algo muy cultural, así que el cambio tendrá que ser progresivo, pero eso no significa que debamos resignarnos a la inacción".
Desde AnimaNaturalis se considera fundamental que las administraciones hagan cumplir de manera estricta las normativas que ya prohíben el uso de pirotecnia por parte de particulares en la mayoría de los municipios españoles. Sin embargo, la realidad muestra que estas ordenanzas apenas se respetan. La policía local suele priorizar otros asuntos, y el uso indiscriminado continúa, especialmente durante las festividades navideñas y celebraciones locales.
"Necesitamos una legislación más robusta que no solo prohíba, sino que establezca sanciones reales y efectivas", defiende la directora de AnimaNaturalis en España. "Pero sobre todo necesitamos un cambio cultural. Que la sociedad comprenda que nuestro derecho al entretenimiento no puede estar por encima del bienestar de millones de seres sintientes que sufren sin poder defenderse".
Alternativas que ya funcionan
Afortunadamente, existen alternativas viables que permiten celebrar sin causar sufrimiento. Los espectáculos de luces LED con drones han revolucionado las celebraciones masivas, ofreciendo figuras espectaculares en el cielo sin ruido ni contaminación. Los fuegos artificiales silenciosos, ya implementados en ciudades como Collechio en Italia, demuestran que es posible disfrutar del elemento visual de la pirotecnia sin provocar el pánico entre los animales.
Los espectáculos de luz láser, las proyecciones audiovisuales y las instalaciones lumínicas interactivas representan opciones modernas, espectaculares y respetuosas. Estas alternativas no solo protegen a los animales, sino que también resultan más seguras para las personas, más sostenibles ambientalmente y, a medio plazo, más económicas para las administraciones públicas.
Ciudades pioneras como Barcelona, Madrid y Zaragoza ya han comenzado a implementar restricciones en sus celebraciones públicas, apostando por alternativas menos ruidosas. Este cambio responde a una creciente concienciación social sobre el impacto negativo de la pirotecnia tradicional no solo en animales, sino también en personas vulnerables.
Protección inmediata: lo que podemos hacer hoy
Mientras se consigue un cambio legislativo y cultural más amplio, existen medidas que los responsables de animales pueden implementar para reducir el impacto de la pirotecnia. Lo más importante es crear un entorno seguro: cerrar herméticamente puertas y ventanas para amortiguar el sonido, preparar un espacio interior donde el animal pueda refugiarse, y sobre todo, permanecer junto a él para transmitirle calma.
Los paseos deben realizarse antes del inicio de los eventos festivos, manteniendo siempre la correa bien sujeta para prevenir escapes repentinos. El uso de música relajante o televisión a volumen moderado puede ayudar a enmascarar parcialmente el sonido de las explosiones. Los protectores auditivos específicos para animales, aunque no eliminan completamente el problema, pueden reducir la intensidad del estímulo.
En casos de ansiedad severa, los veterinarios pueden recomendar productos específicos como feromonas tranquilizantes o prendas de compresión que generan un efecto calmante. La medicación ansiolítica debe ser siempre la última alternativa y bajo estricta supervisión profesional, individualizada según el historial clínico de cada animal.
Un llamado a la empatía
"Lo que pedimos no es algo excepcional ni radical", concluye Gascón. "Simplemente solicitamos que se respete el derecho de los animales a no sufrir innecesariamente. Que se entienda que celebrar no debe significar dañar. Existen alternativas hermosas y efectivas que permiten mantener la magia de las celebraciones sin el coste del sufrimiento ajeno".
La pirotecnia ruidosa es una tradición prescindible. No aporta nada esencial a nuestras celebraciones que no pueda conseguirse por otros medios más seguros y respetuosos. La pregunta no es si podemos cambiar, sino cuándo decidiremos hacerlo. Mientras tanto, cada explosión seguirá causando terror a millones de seres que no tienen voz para protestar ni capacidad para escapar.
La solución está en nuestras manos, en las decisiones de nuestros ayuntamientos y en la presión que como ciudadanos podemos ejercer. Prohibir el acceso de particulares a estos artefactos, sustituir los espectáculos pirotécnicos tradicionales por alternativas silenciosas, y sancionar efectivamente el incumplimiento de las ordenanzas son pasos concretos y realizables. No se trata de eliminar la alegría de las celebraciones, sino de transformarla en una alegría que no se construya sobre el dolor de otros.
El cambio cultural es posible cuando la información circula y la empatía se expande. Cada vez más personas comprenden que su momentáneo disfrute con petardos y cohetes tiene un coste real y mensurable en sufrimiento animal. Esa conciencia creciente es la base sobre la que se construirá, progresivamente pero con determinación, un modelo de celebración más civilizado, más compasivo y verdaderamente festivo para todos los seres sintientes que comparten nuestro entorno.

