La ganadería industrial enferma al planeta y a quienes la habitan

La peste porcina africana y la gripe aviar han vuelto a poner en jaque a España: 900 explotaciones afectadas en la Comunitat Valenciana, exportaciones bloqueadas en 40 países y un sector que facturó más de 8.500 millones de euros en 2024. Pero detrás de las cifras económicas hay millones de animales que lo pagan con sus vidas. ¿Hasta cuándo seguiremos llamando "crisis" a lo que es, en realidad, el resultado inevitable de un modelo roto?

20 febrero 2026
Valencia, España.

Más de treinta años habían transcurrido desde el último brote de peste porcina africana en España cuando el virus regresó para recordarnos que algunos problemas no se resuelven: solo se posponen. En cuestión de semanas, el patógeno —altamente contagioso y capaz de eliminar a todos los animales de una granja en pocos días— ha bloqueado las exportaciones de carne de cerdo hacia 40 países y ha sacudido a las 900 explotaciones porcinas que operan en la Comunitat Valenciana. Un sector que el año pasado facturó más de 8.500 millones de euros a escala estatal se tambalea. La alarma económica ha copado los titulares. El sufrimiento de quienes la padecen en primera persona —los propios cerdos— ha quedado, una vez más, fuera de foco.

No es la primera emergencia de este tipo, ni será la última. En apenas doce meses, España ha encadenado focos potentes de gripe aviar, dermatosis nodular y ahora la devastadora peste porcina africana. El programa Zoom | Malalties bestials, emitido por À Punt, ha radiografiado el impacto económico y laboral de esta nueva crisis. Pero la pregunta que pocas veces se formula en los informativos es la que debería abrir cada debate: ¿por qué seguimos sorprendiéndonos?

«La peste porcina no es una crisis sanitaria, es la consecuencia lógica de un sistema fallido», afirma Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis en España. «Esto irá cada vez a peor», añade, con una claridad que contrasta con el lenguaje técnico y eufemístico con el que las instituciones suelen envolver estos episodios.

Los investigadores del Institut de Recerca i Tecnologia Agroalimentàries (IRTA) ya lo habían advertido hace tiempo: el modelo de ganadería industrial es una fábrica de epidemias, ecológica y económicamente insostenible. Cuando los propios científicos financiados en parte por el sector se atreven a decirlo en voz alta, algo fundamental ha fallado.

Millones de animales, una sola lógica: la del beneficio

Para entender por qué las epidemias se repiten conviene observar las condiciones en las que viven los animales en las granjas industriales. Millones de cerdos y aves criados en confinamiento extremo, medicados de forma sistemática —lo que genera resistencia bacteriana— en instalaciones diseñadas no para su bienestar sino para maximizar el rendimiento económico. Es, como describe Gascón, «el ambiente perfecto para crear epidemias de todo tipo».

El sector porcino representa entre el 1% y el 3% del PIB catalán, según datos del Institut per al Desenvolupament i la Recerca Agroalimentària (IDRA). A escala estatal, el peso económico es aún mayor. Y sin embargo, ese músculo financiero se sostiene, en buena parte, sobre subvenciones públicas: la Unión Europea financia masivamente el sector y, cuando llegan las crisis —ya sean inundaciones, epidemias o catástrofes climáticas—, son los contribuyentes quienes compensan las pérdidas empresariales. Los ganaderos y ganaderas trabajadores, en cambio, son los primeros despedidos cuando el negocio flaquea.

Mientras tanto, los animales en estas granjas no tienen ninguna garantía. La pest porcina africana no distingue entre explotaciones grandes o pequeñas: cuando entra, arrasa. Y la respuesta institucional es siempre la misma: contener, indemnizar y continuar con el modelo que generó el problema.

Existe también otra víctima sistemática en este relato: la fauna salvaje. Los jabalíes han sido señalados como vector del virus y, con ello, convertidos en el chivo expiatorio perfecto. Pero como recuerda Gascón, «la peste porcina africana se originó en África y se extendió a causa del movimiento de la ganadería, de unos cerdos que se llevaron hacia Europa». Criminalizar a los jabalíes no solo es científicamente cuestionable; es, sobre todo, una distracción conveniente que permite no cuestionar el gran negocio.

La presencia de fauna salvaje en espacios periurbanos como el parque de Collserola, en Barcelona, responde a décadas de invasión humana de sus hábitats. Cuando los animales no humanos pierden territorio, se acercan a los nuestros. Y cuando las enfermedades que circulan entre ellos entran en contacto con los millones de individuos hacinados en las granjas industriales, el resultado es previsible. «Cada vez la fauna salvaje tiene menos espacio para vivir y es más fácil que las enfermedades salten a los seres humanos», señala Gascón.

Reducir, transformar, reparar

El problema tiene nombre y apellidos. Y también tiene soluciones, aunque ninguna sea cómoda para los intereses consolidados del sector. La directora de AnimaNaturalis lo plantea con precisión: «Hay que reducir drásticamente la cabaña ganadera porque en términos medioambientales es un desastre». Catalunya, por ejemplo, genera una cantidad de purines que supera con creces la capacidad de absorción de su territorio, mientras que la mitad de la producción porcina se exporta al exterior. La contaminación —de acuíferos, suelos y aire— se queda aquí. Los beneficios, se van fuera.

La alternativa no es binaria. No se trata de elegir entre la ganadería industrial tal como existe hoy o la desaparición repentina del sector. Se trata de una transición planificada, progresiva y justa hacia modelos radicalmente distintos: explotaciones más pequeñas, ganadería extensiva, eliminación de las macrogranjas y reducción simultánea de la producción y el consumo. Dos vías que, como subraya Gascón, «deben ir acompañadas de la mano».

En lo que respecta a la fauna salvaje, la respuesta tampoco es la matanza indiscriminada de jabalíes. Los cazadores llevan décadas disparando y la población no disminuye; al contrario, la caza descontrolada ha generado desequilibrios que aceleran la reproducción de las especies. La alternativa pasa por confiar en personas expertas en gestión de fauna salvaje —biólogas, ecólogas, especialistas en biodiversidad— y por abordar la raíz del problema: la destrucción de hábitats y la presión que ejerce el modelo agroindustrial sobre los ecosistemas.

Cada especie cumple una función vital en el equilibrio de los ecosistemas. Los jabalíes, como los lobos antes de su exterminio en amplias zonas de España, forman parte de una cadena ecológica compleja. Eliminar una pieza de esa cadena no resuelve el problema; lo desplaza y lo amplifica. Ya lo hemos visto con las plagas de conejos y corzos que han proliferado en ausencia de depredadores naturales.

Hay, además, un precedente que no conviene ignorar: la pandemia de Covid-19 y su posible relación con el avance humano sobre los hábitats de la fauna salvaje. El patrón se repite: cuando los animales no humanos pierden espacio, los virus encuentran nuevas vías. La respuesta no puede ser seguir expandiéndose y esperando que la próxima pandemia nos pille con una vacuna preparada.

Este sistema no cambiará solo

Las epidemias que protagonizan los informativos no son accidentes. Son avisos. Y cada vez que las instituciones gestionan una "crisis" con compensaciones económicas al sector y silencio sobre el modelo que la provocó, el siguiente brote está un paso más cerca. Como individuos, tenemos la capacidad —y la responsabilidad— de no mirar hacia otro lado.

Reducir o eliminar el consumo de carne y productos de origen animal es el acto individual con mayor impacto directo sobre este sistema. Cada elección en el plato es un voto sobre qué modelo alimentario queremos sostener. Si aún no sabes por dónde empezar, AnimaNaturalis ofrece recursos, guías y apoyo para quienes quieran dar ese paso.

Más allá de las decisiones personales, el cambio estructural exige presión colectiva. Firma las peticiones que exigen una transición justa hacia una ganadería reducida y sostenible. Comparte esta información con tu entorno. Exige a tus representantes políticos que dejen de subvencionar un modelo que nos enferma —a los seres humanos, a los animales no humanos y al planeta— y que inviertan en alternativas reales.

Y si quieres ir más lejos: hazte socia o socio de AnimaNaturalis. Con tu apoyo, podemos seguir investigando, denunciando y construyendo el mundo más justo y compasivo que estos animales —y todos nosotros— merecemos. Porque la próxima epidemia no nos preguntará si estamos listos. Pero sí podemos decidir, hoy, que no seremos cómplices del sistema que la está gestando.